Los acantilados de un teatro (Vallcorba)

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Jaume Vallcorba, editor de Acantilado y como los buenos editores desconocido hasta su muerte, aún ponía música en libros y libros en música la semana pasada (en mis anaqueles).

 

Días antes de que saltase a la primera plana la muerte del editor Jaume Vallcorba, de Acantilado, yo había comprado una sorpresa y un bocado que quería desde hacía tiempo.

 

La sorpresa, que se llama El valle de la alegría, de Stefan Chwin:

 

Eso, Alejandro. Ponte así, coge un libro, el que sea, léelo.

 

Me estaban haciendo fotos en la Librería Paradiso y agarré lo primero y lo abrí al azar por donde ponía: «Porque mire usted, comisario Kluge: yo, Erich Stamelmann, maquillador de la Ópera de Múnich, prófugo de la ley, niño expósito y modesto siervo de la belleza, odiaba el teatro […] La literalidad física del teatro siempre me había parecido repugnante y estremecedora, como cuando no tenemos más remedio que darle un apretón a alguien a quien le sudan las manos.»

 

Me entró un ataque de risa y empecé a leer ese pasaje en voz alta: cuando tienes muchas ganas de volver al teatro, lo amas con pulsión juvenil, y un Acantilado te da una buena bofetada en la cara. Tienes que comprarlo y enfrentarte a él, claro: ese libro ya ha empezado a hablarte a ti y solo a ti.

 

Acantilado me rescató del fango filológico, en las pomposas estanterías de la librería de la Universidad, con un librito de Stefan Zweig sobre Montaigne oportunamente recomendado por una profesora de Literatura Francesa que me voló la cabeza, que me permitió acceder a los tres señores tomos de erudición de otro tiempo como si los hubiera escrito un livianísimo bloguero de los tiempos de Twitter.

 

Acantilado hablaría años más tarde a Violetta Valéry, en plena Traviata también a través de Zweig cuando asumí 24 horas en la vida de una mujer para entender a la cortesana; Acantilado le hizo el boca a boca a Julián Ayesta y lo entronizó como autor de cabecera y referencia para cualquier proyecto de escritura, creación o simple observación mediante la recuperación del inexplicablemente olvidado en su tierra Helena o el mar del verano.

 

Acantilados

 

Bajo el libro de Chwin que tenía que fingir que leía reposaba el Viaje musical por Francia e Italia en el s. XVIII de Charles Burney, que desde tres siglos de distancia vuelve a abofetearte, a interpelarte: «Acaso el hombre grave y sabio puede observar la música como un arte liviano, y hasta frívolo, pero Montesquieu dijo que se trataba de «la única de las artes que no corrompe el espíritu». De igual suerte que la electricidad ha sido considerada simplemente como una materia de especulación para el filósofo y un pasatiempo para el curioso, así también es de lamentar que un principio tan universal no haya encontrado una aplicación verdaderamente práctica.»

 

Siempre con una tipografía especial y una «erudición hedonista», como se ha escrito en algún obituario por Vallcorba, que de algún modo ha terminado por encajar en nuestras vidas y por ensanchar nuestra propia erudición, la vaga, la de los temerosos de la Academia y alérgicos al método, la de quienes disfrutamos más con el latigazo inmediato que con la serenidad reposada. Los libros de Acantilado son de lo más enriquecedor, citable, extractable y fotografiable, amén del soporte perfecto para cualquier otra de las artes.

 

Cuando decidimos entrar con determinado pie en el teatro, con un pie atípico y esperemos que original, la inyección de la vida que se produce fuera es un paso esencial. La tarea de tender un puente entre lo que ya sabemos y lo que estamos por descubrir es con frecuencia complicada pero siempre apasionante, y de resultados de lo más satisfactorio: saber que Zweig puede hablar con Verdi; que Ayesta puede hacerlo con Massenet; o que Burney puede alumbrar el barroco más abstruso constituye toda una revelación, un hito, un lujo. Un gustazo.

 

Los acantilados, y por tanto la tarea de Vallcorba (quizás inconscientemente) eran libros de esos. Libros-puerta, libros-puente. Como la antesala de algo prometedor y dulce que comienza, como un sinfín de comienzos que alientan los propios. Y, luego, al llegar a la última página, la constatación de su propio valor, de su sentido más hondo. Libros de esos que no empiezan y acaban, sino que apuntan en una dirección: de los que abren, suscitan, más que cierran o sentencian.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.