Los amos

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Pase el otro día por el Palacio de la Moncloa y sentí un escalofrío por su extraordinaria similitud con la abadía de Carfax, donde, en el manicomio vecino, no hay uno sino muchos locos que gritan entre las rejas: ¡Amo, el amo ya viene!...

 

Seguro que es porque no estoy bien informado. Será por el desinterés que me produce últimamente la política. Un desinterés que a veces pienso que es suicida y a veces no. Se suceden los despidos a mi alrededor. Sobre todo en la banca. Esa que hemos salvado entre todos. Los empleados bancarios que están siendo despedidos y que van a ser despedidos en los años siguientes por miles yo les veo un poco como a aquellos soldados que se dirigían en las barcazas a la playa de Omaha. Sólo que no lo sabían. La crisis permanece como un virus. El virus aparece y desaparece. Afecta aquí y allí sin acabar de irse. Ahora está activo, carcomiendo también a la Prensa, por ejemplo, en plena campaña electoral donde los candidatos sencillamente no están. A lo mejor por si tiran tomates como en Mugello. Rivera apareció en Venezuela el otro día, como si fuera un prófugo de la justicia. Un Paesa. Un Dioni. Un Roldán. Pero en heroico y bueno. Una campaña que comienza en el extranjero, como las pretemporadas del Madrid. Yo no sé nada de los otros tres. Tres/cuatro con Garzón, quien casi seguro no va a pasarse por Venezuela. Pablo Iglesias ya ha estado muchas veces. Debe de ser su verdadera patria (o lo fue por lo que le sirvió) aunque ya no lo diga. Sn ya perdió la «ch» y la «z» de su apellido de propaganda, y lo mismo a estas alturas también ha perdido la «n». Cuando llegue el 26J puede que ya no sea nada, un individuo sin nombre como el artista anteriormente conocido como Prince, si acaso una urna llevada bajo el brazo por Luena, quien últimamente comparece como si realmente ya la llevara. Los socialistas quieren un debate cara a cara de su líder con Rajoy. Yo me imagino a Pdr de viaje al día de las elecciones como a Drácula de viaje desde Transilvania hasta Londres, conservado en arena rumana y devorando tripulantes, que es casi lo mismo que está sucediendo con Mariano. El presidente en funciones, una función casi vitalicia, viaja en cajones y pretende seguir haciéndolo como si en vez de España le esperase Elizabetha, y mientras sus gitanos se encargan de toda la logística. Pase´el otro día por el Palacio de la Moncloa y sentí un escalofrío por su extraordinaria similitud con la abadía de Carfax, donde, en el manicomio vecino, no hay uno sino muchos locos que gritan entre las rejas: ¡Amo, el amo ya viene! Yo veo a todos esos políticos acercarse en sus carretas a finales de junio y me entran ganas de salir a caballo a cortarles el paso. Otros, en cambio, gritan desde sus celdas extasiados, enloquecidos. «El cambio, el cambio», dicen, como si lo que mayormente viniera no fuese otra clase (incluso peor, miren esa hemeroteca: ¡qué colmillos tienen algunos!) de vampiros.