Los años grises

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“Bilbao tiene, para mí, connotaciones de muerte. Y eso que la ciudad, que relaciono con el dolor más oscuro y con la ausencia de risas, me recibió con sus mejores galas, recién inaugurado el museo Guggenheim, que aún hoy me fascina en el recuerdo, y con su fisonomía en plena transformación”

Tuve en Bilbao la casa más hermosa de mi vida. Grande, de techos altos, antigua y con cuatro chimeneas. Un hogar de pasillo kilométrico cuyo salón, pintado de amarillo, daba a una calle, y la zona de los dormitorios a la calle siguiente. Allí reuní muebles de casa de mi madre con los de los abuelos de mi marido y los que adquirimos nuevos más a nuestro gusto. Allí corrieron mis hijos pequeños y pintaron en las paredes. Sin embargo, tuve en Bilbao los años más difíciles de mi vida. No hubo perdón para mí. Desde el momento de mi llegada en agosto, un tanto perdida en una ciudad desconocida, nostálgica por la falta de mis grandes amigos, una llamada de teléfono arrojó la esperanza de mi nueva vida, recién casada, a un pozo profundo. Esa esperanza, la posible ilusión, sólo tuvo cortos e infructuosos intentos de salir al exterior en los diez años siguientes. Y terminó con mi huida de Bilbao, hacia una vida mejor.

 

Bilbao tiene, para mí, connotaciones de muerte. Y eso que la ciudad, que relaciono con el dolor más oscuro y con la ausencia de risas, me recibió con sus mejores galas, recién inaugurado el museo Guggenheim, que aún hoy me fascina en el recuerdo, y con su fisonomía en plena transformación hacia la modernidad. Bilbao se hacía hermoso y vanguardista mientras mi vitalidad se apagaba y dejaba de soñar el futuro, de inventar el presente. Bilbao se transformó en esos diez años como no he visto a ninguna ciudad hacerlo y yo también me convertí en otra que nunca había conocido ni imaginado, la mujer seria, la mujer adulta.

 

Fue una llamada de teléfono la que inició el largo periplo bilbaíno por la pesadumbre, que se instaló en mi personalidad y devoró a la mujer entusiasta que yo era. En esa llamada, justo el primer día que comenzaba a trabajar en mi nuevo destino vasco, mi hermano me comunicó desde Canarias que mi madre, de vacaciones allí con él, tenía un cáncer metastaseado (un verbo que acuñé entonces y que me sigue pareciendo concreto) que le concedía de cuatro a seis meses de vida. Desde Bilbao, donde comenzó a llover de día y de noche a primerísimos de septiembre y ya no paró hasta junio siguiente (quién haya visto llover en Bilbao ya sabe de lo que hablo; quien no lo haya hecho, no se lo imagina siquiera), trabajaba durante la semana para viajar a Madrid todos mis días de libranza, a cuidar a mi madre, a vivir con ella sus últimos momentos y a descargar a mis hermanas de la tarea de atenderla cotidianamente.

 

Bajo la lluvia de Bilbao se quedaban mi recién marido y mi hijo de poco más de un año, que durante seis meses sólo vio a su madre un rato por la mañana y otro por la noche. El tiempo máximo que le dio el cáncer a mi madre, seis meses. El resto de mi tiempo se lo llevaba el trabajo, con un trayecto siempre bajo paraguas, y los viajes a Madrid, en la ruta ya familiar del autobús de línea. La relación de pareja se situó en un lugar secundario, y así fueron pasando los días del deterioro pavoroso de mi madre, consumida por el cáncer y medio inconsciente por la morfina.

 

Mi matrimonio recibió del cáncer de mi madre y de su muerte el primer golpe. Luego vinieron otros y ni mi marido ni yo supimos hacer avanzar nuestra relación en esa década que acabó con el divorcio. Nuestra relación de pareja no tuvo oportunidad. Esa es otra de las muchas cosas que perdí en Bilbao, ahogada por la humedad y las malas noticias.

 

Una semana después que mi madre, murió mi abuela paterna. No lo sentí como debiera, anestesiada como estaba por el sufrimiento de haberme quedado sin madre. Intenté levantarme día tras día, haciéndome la ilusión de que mi madre seguía en Madrid, al otro lado de la línea telefónica; intenté recuperar el juego con mi hijo, las conversaciones con mi marido, pero el luto podía más que todo eso. Fueron días grises de ausencia, que me hicieron adaptarme mal a la ciudad y a mi nueva vida en pareja. 

 

Un año después que mi madre, el mismo mes de febrero, moría, también de cáncer, mi tío y padrino, el único hermano soltero de mi padre. Un mes antes de morir le acompañé en su visita a la clínica oncológica de Navarra, a modo de despedida, a modo de homenaje. Decir “tío” puede significar mucho apego o poco, incluso hasta desconocimiento total (como el tío de América que a algunos les hace ricos a su fallecimiento). En mi caso, la palabra estaba más cerca de padre. Y no sólo con él, sino con todos los hermanos y hermanas de mi padre. Mi relación con ellos ha sido y es estrechísima y emocionalmente están más cerca de ser unos segundos padres que unos simples tíos. Sé y siento, además, que ese sentimiento es recíproco, que yo no soy sólo su sobrina, sino casi una hija.

 

Lloré la muerte de mi tío como no había llorado la de mi madre, con una congoja que aún recuerdo. Su marcha concentró los abandonos anteriores, mi madre, mi abuela de Coruña, la voz de Enrique Urquijo y hasta la repentina muerte en una solitaria habitación de hotel de un compañero periodista con el que hacía años yo había mantenido una relación. Mi tío murió y volvieron a morir todos, y llovió de nuevo en Bilbao, dentro de mi alma y anegando mi vida. 

 

Un año de despedidas me parecía suficiente, pero a la vida no. Intenté comenzar con mi matrimonio suspendido en el aire de difuntos y mi marido y yo quisimos tener otro hijo. En noviembre de 2000 nació mi última hija, Eva. Pero antes, la muerte atacó otra vez mi vida en Bilbao, en esta ocasión desde mi trabajo. La tregua que la organización terrorista ETA había decretado se acabó y los asesinos sembraron ese año con una profusión de crímenes pocas veces vista antes. Atentados que llegaron hasta compañeros y conocidos, allegados y admirados, un año atroz de violencia sin sentido. 

 

Cuando mi hija cumplió un mes volé a Coruña con ella a ver a una tía mía, la mujer de un hermano de mi padre y de nuevo alguien asentado en mi corazón, postrada en la cama con un cáncer de colon que no quiso tratarse. Supongo que, como a ella, el pudor se ha llevado a muchas mujeres eliminadas por esta enfermedad en ese lugar concreto y oscuro del cuerpo. Moriría también en febrero, dos años después que mi madre.

 

Esos mismos dos años había resistido mi abuela materna, mi abuela del alma, mi abuela querida, el embate de la muerte de mi madre. Aunque lo hizo sólo en cuerpo, porque su mente se trastornó por completo el mismo día del entierro de mi madre, su hija, la tercera que sepultaba, tras un bebé de pocos meses y un niño de diez años en su juventud. Mi abuela bonita no pudo soportarlo y decidió llevar sus pensamientos a otro lugar, a uno mejor, donde no hubiera tanto dolor para ella y los que amaba. Así que desde dos años antes, esa persona a la que siempre he deseado tanto parecerme no me conocía cuando me veía y ante mi saludo de “hola abuela”, me contestaba: “Y tú, ¿cómo sabes que soy abuela?”, y yo le cogía la mano y le contaba que iba a tener un nuevo hijo, y volvía a sentarme en el suelo y a poner mi cabeza en su regazo, como siempre había hecho en mi vida, pero esos meses mi abuelita no me acariciaba el pelo ni se reía al tener a una mujer mayor acurrucada entre sus piernas, sino que permanecía impasible, en ese otro mundo donde se había marchado, mirando al tendido, sin tocarme. 

Cuando me tenía que marchar, regresar al Bilbao que me había alejado de casi todo lo que amaba, me daba: “recuerdos para tu madre”. Y yo le prometía dárselos mientras besaba su mejilla con miles de besos cortos y sonoros, los mismos que ella me daba de pequeña y que están grabados para siempre en mi mente y en mi alma.

 

Mi abuela murió en octubre, un mes antes de que naciera mi hija. Tampoco pude, pues, disfrutar de ese embarazo y de ese bebé. Ni compartir con mi marido el nacimiento, ni descargar la muerte de mi corazón. Mi marido tuvo paciencia conmigo, es cierto, pero yo necesitaba mucho más que eso. Y él, desde luego, una pareja sin la sombra de la muerte, una pareja con la que ilusionarse y soñar, no con la que encogerse y llorar.

 

Dos años de despedidas convirtieron a Bilbao en el ataúd de mi vida, desde donde se fueron aquellos más queridos, más cercanos. 

 

El divorcio remató los años grises de Bilbao. Cerré la casa grande y hermosa, de largos pasillos y chimeneas de mármol, la cerré sobre todo en mi corazón y regresé a la luz de mi Madrid, huyendo de la muerte, que había arrasado mi vida pasada llevándose a mis seres queridos, mi vida presente atacando a compañeros de profesión y mi vida futura acabando con mi matrimonio. Cerré mi casa del Casco Viejo, cálida y querida, y cerré Bilbao, que no tuvo la culpa de haberse transformado de mendiga en princesa sin que yo pudiera apreciarlo como se merece.

 

 

 

Marta Nieto es periodista

 

 


Autor: Marta Nieto