Los ayeres

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Abro la mañana con una clarividencia glacial de un sábado de invierno. Vamos al campo y habrá que prender lumbre. El otro día no había periódicos para quemar, así que me llevo de los que vengo acumulando tiempo atrás. ¿Con qué preterido interés los atesoré? Montones de papel salmón, diarios como flores de un día que embriagan el trastero con su perfume de piedra húmeda de tronante catedral. Cojo uno al azar, del 25 de noviembre de 2012, y lo hojeo por última vez, como si revistara panteones de estraza. Llego al obituario de Tony Leblanc (he aquí el posible motivo de la compra de este periódico). Paso páginas. La recesión, Cataluña, Gaza. ¡Cuánto ocurre en el transcurso de un periódico! ¿Qué buscaba yo en aquellas flamantes noticias? Aunque mejor: ¿dónde estaba yo cuándo las leía? Acaso en un Latbus, solitario y enamoradizo, camino de la Facultad; o de pie, de vuelta a casa en noches de cielos glaucos, en un tranvía verdiblanco que me internaba en las entrañas de la ciudad con su sonido de atracción de feria en las curvas cerradas. Cojo otro periódico: 23 de junio de 2013. Ya no están Martín Prieto, ni Gay de Liébana, ni aquel castellano Premio Cervantes apellidado Jiménez Lozano. ¡Cuánto ocurre en el transcurso de una década! Sigo pasando páginas. Jesús Hermida, Martín Ferrand. Ha dicho Javier Marías en una entrevista hace unos días que cuando alguien muere en estos tiempos de velocidad, deja de ser leído. Luego están los que no han muerto pero han desaparecido incluso de forma mucho más severa y obtusa que los difuntos. “¿Pero ese no había muerto?”. No hay peor olvido, no hay peor despecho. Ni presente, ni posteridad, yermos de nada y de nadie. En fin. De la fricción con los pliegos al pasar las páginas, las yemas de los dedos como que se me adormecen y todavía se me tintan. ¿Por qué razón o por qué sueño quise salvaguardar ejemplares de lejanías, si ahora me voy al campo a sacrificarlos en piras de ceniza? No más preguntas hoy. El día está raso, lustral, espléndido, lujoso para pasear la comida por el verdín de las trochas del campo con un sol vitamínico y edénico. Los perros ladrarán a lo lejos. El cielo se descompondrá en pigmentos rosados. Se verán subir en espirales, cuando baje el sol y regresemos, las bocanadas de humo de la chimenea, pequeños tornados del revés sin voz ni violencia. Mientras los ayeres del periódico se desprenden de su cuerpo de madera molida y van regresando poco a poco a su eternidad.

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