Los bárbaros

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Cae la nieve en la ciudad y un ciudadano aprieta el paso mientras deduce que su tiempo está ya dividido y que la casa ha sido tomada por los bárbaros: esos hispanohablantes que escriben desde la metrópoli, que no se sienten menos, ni subalternos ni oyentes, que siempre quieren decir algo en sus acentos combinados con mate, café o emoliente.

 

Te despiertas y la nieve flota sobre los árboles desnudos. Esos soplos desesperados de la estación que llega ¿Qué hay para hacer? Una larga lista de pendientes responde desde las esquinas inflamadas del cerebro, mientras los ojos se acostumbran al color del cielo.

 

Caminas con esa sensación de sordomudez voluntaria que imponen bufandas y gorros. Ves pasar al frente tuyo, con el viento en contra, una mujer compungida que cambiaría el reino de los cielos por haberse quedado esa mañana en casa ¿Cómo funciona esta ciudad? Entre sonidos de sirenas y el de los vagones del tren 1 que se arrastran sobre los durmientes y los hierros de Broadway ¿Qué tienes para leer? ¿Nada? ¿Cómo es posible que un viaje en bus se desarrolle sin ventanas abiertas a la literatura? Que en ese morral con que pasarás el día sólo se amontonen fotocopias de ensayos sobre Almodóvar, Guillermo del Toro, Pierre Bourdieu y Alfonso Reyes?

 

Somos los bárbaros. Hemos llegado. Nos han abierto las puertas y ahora regimos el universo de la literatura. Nos han dado el espacio y hemos colonizado cada posible esquina literaria con la ceguera de Borges, sus laberintos y su biblioteca. Estoy en un autobús repleto y mi sonrisa amable sólo me hace sentirme bien a mí. El paisaje son mujeres sosteniendo la música del día en una mano, comunicándose con espacios privados desde los asientos públicos. Bajo del bus y camino hacia el trabajo sorteando el frío. Tengo la suerte de cruzarme en la vereda con el profesor Blanco. Hace unos días, respondiendo a unos comentarios sobre Tucídides («me aprendí el discurso de Pericles de memoria y lo recité muchas veces desde el colegio») me di cuenta que lo poco que sé sobre los conflictos entre griegos lo aprendí en su traducción para la Norton. Pasamos frente al carro ambulante de las empanadas caribeñas y Walter ofrece invitarme una empanada «de queso». Ha traducido Las historias de Herodoto y La historia de la guerra del Peloponeso. «Mi griego está muy bueno, mi francés no tanto» me explica mientras compartimos anécdotas sobre Francia y le recomiendo una novela de Salter. Con manos en los bolsillos nos despedimos. La cordialidad de la ciudad en el invierno se llama calefacción del edificio.

 

Parece que ha pasado un siglo desde que vi en la madrugada, al levantarme, El laberinto del fauno. Así empezó el día. Suele ser problemático meterse en universos paralelos antes del desayuno ¿Por qué no volví a ver antes esta película? Guillermo del Toro, cuyo universo de criaturas fantásticas y de viciosos fascistas lo entiendo mejor después de haberme sumergido en la pesadilla de Cronos, aparece en la escena previa, para decirnos con sonrosado optimismo que hacer esa película casi lo ha matado (y le ha arrebatado 45 kilos) .

 

Hace una semana intenté ver Gravity y me di cuenta de que casi no me queda espacio en la semana para ese placer que significa pararse, sin apuro, frente a un cine en Manhattan, sintiendo frío y hacer la cola. Las separatas en el bolso me conminan a reducir el tiempo libre para «aprender». Cae la nieve, el viento se la lleva porque aún es demasiado pronto para vestirnos a mediodía de color blanco. Estos meses de Newyópolis sólo se pueden entender con sobretodo y botas negras, viendo como se nos cuartea la piel de los nudilllos y se nos reseca la piel del rostro. Llego a mi oficina y saludo a los oficiales que caminan los pasillos de esta gran unidad universitaria llamada Lehman College. Cojo una llave cifrada, abro la puerta y la cierro detrás mío. Es la hora de leer.