Los bárbaros

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Hordas
de gente pisándose y empujándose por los pasillos, manadas de
turistas mal vestidos pastoreados por guías estridentes que avanzan
a trompicones por las escaleras y las pasarelas y se amontonan
ansiosos por llegar a la sala, clubes de jubiladas de Bergen, parches
de paseantes paisas deseando volver a casa a contar dónde han estado
y chicanear de fotos y postales, pandillas de españoles vociferantes
vestidos, como Dios manda, de españoles, autobuses de chinos
sonrientes, clases enteras de adolescentes de Cincinnati esparcidas
por las escaleras más pendientes de los muros de facebook que de los
que toca ver hoy en ese grand tour de pacotilla que las trae
por Europa, alegres comadres de Tallinn o de donde diablos sean
comadreando alegres en sus lenguas, grupos unos y otros de gentes
diversas, y tan iguales, con todo, que en su vida han ido ni habrán
de ir al museo de su ciudad ni saben seguramente, ninguno, situar en
el tiempo al pintor cuya obra maestra se afanan en ver ni distinguir,
aún menos, a Brueghel de Schiele, a Masaccio de Tintoretto, a Piero
della Francesca de Modigliani, a Palladio de Le Corbusier o a Louise
Bourgeois de Paquita la del Barrio pero se empujan ahora y se
exasperan y gritan y se estresan por que acaben los pasillos y los
recovecos y puedan llegar por fin a la sala objeto de sus desvelos y,
unos y otras, adolescentes, comadres, turistas, paseantes y demás
ralea, amontonarse, apiñarse, empujarse, apelmazarse, escuchar al
vigilante de la sala gritar en italiano ¡Muévanse! y exigir
en italiano un ¡Silencio! que es él más que nadie quien
ayuda a romper para ver, ellos y yo, acurrucado y perplejo, una obra
maestra que a mí no va ya a emocionarme, cómo va emocionarme así,
como van a conmoverme profetas, sibilas, el Juicio Final si al final
lo que pasa es que han llegado los bárbaros y me rodean y yo ya sólo
quiero salir corriendo y no tener que volver nunca más a esa sala.

 

El
turismo arrecia como una plaga y el arte es el primer objetivo de los
turistas allí donde van. Hordas de gente se amontonan también en el
MOMA de Nueva York para ver la exposición que sea, Giacometti,
recuerdo cuando vivía allí, Gerhard Richter… ¿Qué hacen cada
día miles de personas de todas partes viendo una exposición de
Richter cuando no han oído siquiera hablar de él, ni de Duchamp,
Rothko, Jasper Johns, Serra, Bruce Nauman, Cindy Sherman… for
that matter
, ni irían a
ver una exposición de ninguno de ellos así fuera en el museo de su
barrio ni entienden de qué va la cosa siquiera por encima? Pero
resulta que si uno viaja a Nueva York hay que ir al MOMA, si es a
Madrid desfilar por el Prado, no digamos ya si el viaje -turístico-
es a Roma…

 

Eso
pasa sólo -sólo con tilde- con el arte. ¿Se imaginan que miles de
espontáneos que apenas saben quién es Guardiola se interpusieran
entre el campo y el público mientras cantan alegres melodías
populares en un
clásico o un partido de Champions e impidieran a los hinchas ver el gol de Messi o de Ronaldo?
¿Que cientos de senior citizens ocuparan las primeras filas
en un concierto de Animal Collective o de Amy Winehouse y quienes
llevan meses con su entrada comprada no alcanzaran a ver el
escenario? Es lo que me pasaba a mí cuando quería ver a Richter con
calma, disfrutar de la exposición de Giacometti, ver ahora en Roma
esa capilla que me encuentro invadida por los bárbaros.

 

 

 

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).

1 COMENTARIO


  1. Estimado

    Estimado José Antonio, sigo periódicamente tus opiniones y por lo general estoy conforme y agradecida por tu crítica, ejercicio que aquí donde vivo es prácticamente nulo. Sin embargo, y a pesar de entender tu desasosiego en las salas de exposiciones repletas de gente que imaginamos no ve lo que está mirando (o no mira lo que está viendo), no comparto tu crítica. ¿Qué más da que al principio no entendamos? ¿Qué más da que nos sintamos más cultos o intelectuales por hacer lo que creemos debemos hacer para ello? O que vayamos al museo del Prado para poder decir que hemos estado, o a la exposición de Ritcher en el Moma… Qué más da. Es mejor eso que hipotecarse para comprarse un coche de lujo. Lo importante es ir y empezar a captar una esencia que al principio se nos escapa pero que poco a poco va calando en nosotros. ¿No es el arte (las artes) el medio más pacífico a través del cual los miembros de una sociedad se van acercando? ¡Qué mejor mundo sería este si todos pudiéramos llorar emocionados frente al Panteón de Roma, o frente a un cuadro de David Hockney, o en un concierto de Verdi!

    Eso sí, apoyo la moción de poner en los museos horarios exclusivos para grupos. Abrazos desde Bogotá.

     

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