Los bichos

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Abrí la tapa de fierro del desagüe, una que decía ESAL (Empresa de Saneamiento de Agua de Lima) y observé por unos segundos las paredes de aquél agujero-vertedero en el patio trasero de mi casa, cubiertas de bichos de color rojo oscuro intenso, casi negro: las cucarachas. Cogí el frasco negro con tapa roja de ácido muriático con el cráneo y los huesos cruzados pintados en blanco, y arrojé un chorro. Corrí hacia la cocina y cerré la puerta para observarlas. Eran cientos, tal vez miles, corriendo desesperadas fuera de aquel agujero. Una pesadilla que yo sólo había visto en la película Creepshow.

 

Cuando vivía en el Bronx, en mi diminuto pero agradable cuarto de la calle Villa, vi algunos de aquellos bichos en las paredes del baño. Eran pequeños, ridículos si los comparaba con las monstruosidades bien alimentadas de los desagües limeños . Catalogué a las cucarachitas en el rango de «inofensivas» y las ignoré. Mi casera me contó que había utilizado todo tipo de desinfectante para mantenerlas lejos, pero que aquellos monstruos se incubaban entre las paredes de los edificios viejos de Nueva York y aparecían en los departamentos cuando se les daba la gana. A veces –si las veía en el lavatorio– les echaba agua caliente y las veía morir en el torbellino descendiendo hacia las profundidades de los tubos del alcantarillado neoyorquino. (Tal vez ni morían: entraban en trance por unos segundos y volvían a la vida allá en las profundidades).

 

Lo bueno era que ninguna de aquellas alimañas encajaba en la aterradora imagen que mi abuela había grabado en mi memoria, de muy pequeño: ella me dijo que estaba sacando un abrigo de su viejo ropero cuando una cucaracha negra y voladora salió de uno de sus abrigos y se estrelló contra su cara. Siempre me viene un gesto de asco cuando la imagino, peleando con el monstruo alado.

 

Sin embargo, mi abuela se divertía matándo cucarachas. Tenía un pequeño patio trasero regado con insecticida y parte de la rutina era deshacerse de ellas por las mañanas, arrastrándolos con el escobillón hasta el recogedor.

 

Las ratas son monstruos distintos. Son gordas, con un pelo color blanco sucio y los ojos inyectados en un color como si fuera pasta de tomate fosforescente. Si bien se asustan y huyen, cuando uno se les acerca, siempre parecen dispuestas a morder. Las detesto. Supongo que también tengo temor a encontrármelas entre mi ropa, a pisarles el rabo por casualidad, a sorprenderlas una madrugada al encender la luz del comedor, comiendo de mi plato servido sobre la mesa y mirándome retadoras. Además, porque están asociadas con la vida en las alcantarillas, las ratas cargan siempre la amenaza de las plagas, la violencia de la posible peste.

 

Pericotes: En mi departamento de Brooklyn había unos que iban del baño hacia la cocina. Algunas veces, al encender la luz, creía ver el final de sus colas metiéndose detras de la refrigeradora o la cocina, hacia el refugio de sus agujeros. Por unas cuantas semanas llenábamos las habitaciones de trampas con goma, de insecticida mezclado con comida. De vez en cuando, uno que otro, aparecía por la mañana, pegado a las trampas. Los pericotes a veces modificaban su rutina, se iban por otros departamentos; y tarde o temprano volvían.

 

Newyópolis es de los bichos. ¿Cómo vencerlos?

 

En los suburbios no tenemos ni cucarachas ni ratas. Nuestros enemigos son las hormigas. También los venados, que infestan el patio con la amenaza de las garrapatas y que, de vez en cuando, incomodan por las exigencias de la temporada de jardinería: tenemos que pensar en las plantas que no les gusta comer a los venados; y en el tamaño apropiado del cerco para mantenerlos a distancia de los rosales, los tulipanes y los gladiolos.

 

Los mosquitos, las abejas y las avispas son otro tipo de bichos. Están asociados con el problema de la convivencia: los seres humanos rodeamos nuestras casas de plantas y flores y quisiéramos que los bichos supieran respetar los límites de nuestra propiedad; que se mantuvieran a distancia; que entendieran que no pueden pasar más allá de la valla que limita nuestro acre y medio de tierra, nuestro pedazo de planeta.

 

¿No seremos los humanos los más raros de todos los bichos raros?