Los bocadillos del comisario Maigret

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La buena novela negra tiene aceptable acción, memorables personajes y sólida trama. Ahora bien, el género es tan generoso que incluso con una acción razonable, unos personajes de cierto empaque y una trama suficiente se puede conseguir un relato pasable. Si la acción es floja, los personajes de poco fuste pero presentables, y la trama inexistente, aun con estos mimbres se puede apañar un buen relato noir. Es parecido a cocinar lentejas: a poca gracia que se tenga, y aunque no se disponga de todos los condimentos, el apetito queda satisfecho.    

 

La buena novela negra tiene aceptable acción, memorables personajes y sólida trama. Ahora bien, el género es tan generoso que incluso con una acción razonable, unos personajes de cierto empaque y una trama suficiente se puede conseguir un relato pasable. Si la acción es floja, los personajes de poco fuste pero presentables, y la trama inexistente, aun con estos mimbres se puede apañar un buen relato noir. Es parecido a cocinar lentejas: a poca gracia que se tenga, y aunque no se disponga de todos los condimentos, el apetito queda satisfecho.   

 

El arte del gran escritor Georges Simenon (1903-1989) nos dejó una lección insoslayable: en el relato policial lo que cuenta de verdad es el personaje principal y el ambiente. Con un protagonista sólido y una atención especial a los lugares por donde pasa, tenemos, a poco que nos descuidemos, un clásico del género. Con este esquema han tirado para adelante guiones de series televisivas como, por ejemplo, Cases histories (2011), cuyo detective protagonista, Jackson Brodie, despierta simpatía, y cuyas ambientaciones escocesas, especialmente las de Edimburgo, son muy tenidas en cuenta por los guionistas y también por el espectador, que se anima a perdonar las increíbles casualidades que se van acumulando en la trama a medida que avanza la serie. Pasa igual con las novelas de Camilleri o las de Donna Leon: los pueblecitos de Sicilia o el misterioso callejero acuático de Venecia, con todo su color e idiosincrasia local, son argumentos suficientes para el lector occidental que sólo puede irse de vacaciones una o dos semanas al año. (Digamos de paso que algo tan obvio y tan efectivo como esto que comentamos no ha sido en general considerado por los autores de novela negra de nuestro país, tal vez porque no se ha asumido el paisaje propio como material de interés o acaso porque se han tenido en mente los paisajes y el paisanaje ajenos vistos en la pantalla).   

 

 

Quai des Orfevres (Policía Judicial), pipa en mano (y en bolsillo)

 

Pero lo que consigue Simenon con sus famosos casos del comisario Maigret (que es la veta de este autor que a mí me gusta) va más allá de la escenografía turística-criminal: lo que hace Simenon es recrear el ambiente concreto de un lugar (una pensión, un café, un bar, una trastienda en París) de manera que el lector la pise, la respire, esté en ella durante la lectura y para siempre jamás: arte difícil este de transportar a las personas de un lugar a otro con palabras, al alcance de muy poquitos escritores, y que hace de una buena novela negra una magistral obra literaria en la que el lector no aguarda tanto la rutinaria sorpresa final de la trama como el supremo momento cotidiano en el que Maigret manda traer unos bocadillos al despacho sumido en humo de pipa y de conjeturas del Quai des Orfèvres.

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.