Los caminos de la violencia en Alagoas

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Desde hace una década, el estado de Alagoas, esta región de playas paradisíacas y exquisita gastronomía, se ubica cada año en los primeros puestos del ranking de estados más violentos de Brasil. La percepción de la población, tanto entre las clases medias como en la periferia, es de que la región es cada vez más violenta; así como en Bahia, se presiente que la criminalidad y el miedo se reducen en la región sureste -en Rio de Janeiro y, principalmente, en São Paulo-, mientras crece en el Nordeste. En el pequeño estado de Alagoas, en 2011 se registraron unos 2.300 asesinatos. El índice de homicidios por 100.000 habitantes, que se situaba en un 14% en 1980, alcanzó una media de 122% entre 1995 y 2008.

 

Veo en la periferia de Maceió, que no es tan distinta a la de São Paulo -tal vez porque, como le gusta repetir a David, favela é favela en qualquer lugar, o quizá porque la periferia paulistana está en gran medida conformada a partir de la inmigración nordestina-, hombres, jóvenes y no tan jóvenes, que evidencian en cada gesto, en la mirada perdida, cómo el alcohol ha destrozado su familia y su vida. Por aquí me lo confirman: el alcohol es, desde hace décadas, un problema en los barrios populares de Maceió; quizá, una de las mayores causas de la desestructuración familiar, y sin duda un factor multiplicador de la violencia.

 

Leo en el diario local O Jornal que la mayor parte de los homicidios dolosos en Alagoas, como en Brasil, se deben a motivos banales, como una pelea de bar. «Aquí se calientan muy rápido», me cuentan. Las noticias lo eviencian y las anécdotas que están en la calle, también. En el periódico aluden a un estudio de la ONG Viva Rio que, aunque datado en 2004, sigue de viva actualidad: el 70% de los asesinatos se desencadenan por un motivo banal. Que no sin motivo; como nos cuenta un lugareño en la calle, «nadie mata gratis». El problema -y el discurso de este hombre, de unos cincuenta y con un ostensible historial de violencia a sus espaldas, lo confirma- es que muchos creen que un insulto o una ofensa -del tipo intentar seducir a su mujer- merece la pena de muerte. El problema, el gravísimo problema, es que aquí la vida vale poco.

 

El reportero de O Jornal recurrió al profesor de Derecho Penal Bruno Lamenha en un intento de entender las causas de esta violencia en creciente ascenso. No cabe duda de que el aumento del tráfico y del consumo de drogas en la región está haciendo mucho daño -el crack destroza vidas mucho más rápido que el alcohol-, pero existen otros motivos para que se consolide esa banalización de la violencia: algunos parten del propio Estado. Como señala Lamenha, uno de los principales papeles del Estado, el propio origen fundamental de éste como institución, es mantener la violencia de una sociedad en niveles mínimos. Si el Estado no sólo es incapaz de poner freno al avance de la violencia, sino que lo incentiva, con una policía corrupta y no pocas veces asesina que humilla a la población de la periferia en cada abordaje, el descrédito del Estado y la rabia echan gasolina a los problemas sociales -la desigualdad económica, las adicciones, la desestructuración familiar, la deficiente educación- y torna habitual la violencia como modo de resolución de conflictos. «Cuando no confía en el estado, la gente comienza a resolver sus problemas por su cuenta», señala el profesor. Se suma en Brasil, además, una tradición de autoritarismo político y un presente de ‘coronelismo’, como llaman aquí al caciquismo político, sobre todo en provincias. El Estado contribuye al círculo de la violencia de otros modos: con su ausencia en la periferia, desabastecida de las más básicas infraestructuras; con una gruesa deficiencia en la investigación policial que, en la práctica, significa impunidad -la mayoría de los crímenes terminan sin un culpable en la cárcel-; y con la malversación de dinero público y la falta de punición de agentes públicos, que consolida la imagen de impunidad y omnipotencia de los agentes públicos.

 

Maceió es una de esas ciudades donde la desigualdad social salta a la vista en apenas una cuadra. Del cuidado malecón de Ponta Verde y Jatiuca, concebidos para albergar al turismo y las clases medias, a las casas humildes de los lugareños hay apenas una manzana o dos de distancia. Maceió, me cuenta Alisson, mi anfitrión alagoano, no sólo es campeón de la violencia, sino también del preconceito, el prejuicio. Prejuicio contra la raza, contra el sexo -el machismo se evidencia a cada paso, y no es prudente hablar, menos aún con acento: aprieta los dientes-, contra la pobreza. Cíclicamente se notician casos de exterminio de personas sin hogar, los moradores de rua, triste ejemplo de una sociedad que no quiere hacerse cargo de la marginalidad que produce, y en vez de tender la mano a los outsiders, echa más leña al fuego, para perpetuar sin fin la espiral de violencia. ¿Hasta cuándo?

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.