Los chinos

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Los chinos desaparecen a cinco bajo cero, pienso a las nueve de la mañana a la altura de Cascorro, los chinos desaparecen bajo la nieve urbana; desaparecen ellos y sus automóviles de carga y descarga, y los otros, los de lujo, que circulan por el barrio.

 

Es un espejismo; simplemente se han apartado del viento que barre hojas y copos de nieve esmirriados, de ciudad. Los chinos están apostados tras la esquina de Juanelo y, desde allí, organizan hoy, día de diciembre, un trabajo sin fin. Uno de ellos, el único con barba, larga también en verano, dirige la operación. Las mujeres han abierto de par en par tiendas de ropa o de comestibles; los hombres -casi siempre jóvenes- descargan grandes cajas, sucias por el viaje y estampadas con ideogramas. En el interior, algunos niños -los que no están en el colegio- atienden al visitante.

 

Es Madrid en su barrio más castizo, fin de otoño y siglo XXI. Si yo fuera un antropólogo de Júpiter en mi primer viaje a la Tierra, distinguiría esta ciudad sólo por los edificios, por viejos letreros borrados donde antes se vendían verduras o muebles. Quizá en Pekín, pensaría, ocurre al contrario: los españoles cargan y descargan, esperan en las esquinas, fundan comercios con palabras castellanas que les suenan a chino: Panadería Chinchón, las Frutas de Chochín.

 

Pero no soy antropólogo, nací en Madrid. Ellos, los chinos, son mis conciudadanos. Primero, fui a sus restaurantes. Luego, cotidianamente, a sus tiendas salvadoras en busca de pan, vino y jabón. Ahora habitan y son parte del mismo barrio. Nos saludamos inclinando levemente la cabeza. No nos entendemos y apenas cruzamos nuestras vidas. La mayor parte, todavía, nació en China, y son tantos en estas calles como los que no nacimos en el Oriente. Sus comercios se extienden, por un lado, hacia la Plaza Mayor; por el otro, hacia Tirso de Molina. Curiosamente, ya cerca de la Plaza de Oriente desaparecen. Cerca de Alcalá, no es posible encontrarse con alguno. Son barrios donde hace demasiado frío para ellos. Son barrios que aparentan que los habitantes de Madrid no son chinos.

 

A menos que sea madrugada, haga un frío de cinco bajo cero y, en una esquina, un chico o una chica te ofrezca sonriendo un bocadillo y algo de beber que guarda en una bolsa de plástico abarrotada y, por cierto, fabricada en China.

Ernesto Pérez Zúñiga (1971) creció en Granada y nació en Madrid, ciudad donde vive actualmente. Como narrador es autor del conjunto de relatos Las botas de siete leguas y otras maneras de morir (2002) y de las novelas Santo Diablo (2004) , El segundo circulo (2007), Premio Internacional de Novela Luis Berenguer, y El juego del mono (2011) . Entre sus libros de poemas, destacan Ella cena de día (2000), Calles para un pez luna (2002), Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, y Cuadernos del hábito oscuro (2007).