Los cimientos de una nación

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Ciudadanía y nación, dos caras de una misma monedad. Una cuestión de Estado

 

Jamás ha existido ciudadanía fuera de un contexto nacional. El único fortalecimiento posible de la ciudadanía es a través de una mejora de lo nacional, o sea, de la depuración de sus elementos menos compasivos. Una depuración de las formas más crueles del etnocentrismo. De la naturaleza no brota ciudadanía. Y tampoco del seno del Estado despótico social, teocrático o étnico. Los contextos históricos del llamado socialismo real y del Estado socialista proletario han consistido en la eliminación pura y simple del ciudadano. Ciudadanía únicamente ha emergido en el seno de Estados nacionales. Conviene saber por qué esto es así.

 

La nación

El líder socialista y presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, sostuvo que la nación era “una noción discutida y discutible”. Lo dijo para justificar su apoyo al proyecto de nuevo Estatuto para Cataluña, donde se la proclamaba nación. Lo dijo porque él no considera de valor nada que atañe a la nación.

       En su último Congreso de Valencia, el Partido Popular adoptó una ponencia donde aseguraba que “la nación española es un proyecto histórico que tiene su origen en una historia común de siglos que culmina en la Constitución de 1812 –origen de nuestra Modernidad política– y en la Constitución de 1978”. Una enmienda calificó a la nación de “proyecto sugestivo de vida común”.

       1.- Para ningún jefe de Estado que no sea Rodríguez Zapatero es algo discutible su propia nación.

       2.- Pero la nación no es proyecto. Ni histórico siquiera. Los proyectos son planes humanos de todo tipo: físicos, astronómicos, lingüísticos, morales, deportivos, económicos, políticos, zoológicos, matrimoniales, etc. Y casi todos los proyectos son sugestivos cuando se proyectan. De lo contrario, no se proyectarían.

       Los proyectos históricos los suelen emprender los historiadores en medio de documentos y archivos en sus gabinetes de estudio, mediante la configuración de hechos reales del pasado o bien de hechos ficticios endilgados al pasado -expertos en esto último son todos los nacionalistas del mundo, pues siempre comenzaron a serlo disfrazados de historiadores-. La Historia no hace proyectos, sino que es una proyección imaginativa del pasado más o menos fiable que hacen los expertos. Comenzaron a hacerlo a partir de la Modernidad –un tiempo comienza a ser moderno precisamente cuando se mira el pasado, valorando como negativos ciertos hechos que se piensa debieron de haber sido evitados por la acción humana. Ésta, la acción humana transformadora, se configura entonces como un presente de horizonte ilusionador-.

       3.- La nación española no es un proyecto que pase vicisitudes históricas comunes que culminan en 1812. La nación española no culmina, sino que aparece, en 1812. Tampoco culmina en 1978, sino que renace en esa fecha. Porque la nación así como aparece puede desaparecer. Nada histórico culmina. Ni en 1812 ni en 1978. Ni tan siquiera una historia española común de siglos atrás. Creerse eso es suponer alguna providencia o destino que teje proyectos para que los desarrollen los españoles y los culminen esplendorosamente (Eso supusieron Hegel y Marx, romanticismo puro y duro. Duro sobre todo por sus consecuencias humanas nefastas: ante lo impostergable de las tareas históricas (léase el terror de Estado) creer que “la historia absolverá”).

       4.- La nación no es “una comunidad estable de personas que…” (Herder, Stalin, R. Emerson) ni “un cuerpo de asociados viviendo bajo una ley común…” (Siéyès, Robespierre,) ni tampoco es “una gran solidaridad o deseo de una vida en común” (Renan) ni “el alma de un pueblo” (Schlegel, Fichte), ni “una raza cuyo destino…” (Sabino Arana, Hitler) ni “el vínculo psicológico de la comunidad de personas…” (W.Connor, F. Vallespín), etc.

       El hecho nacional no es lo social ni lo anímico-emocional de nadie. Pertenece más bien al ámbito simbólico. Sirve y funciona para lo social y para lo individual pero no es lo social ni lo psicológico. Es del mismo orden simbólico que los derechos humanos, el bautismo o el matrimonio.

       5.- La nación, toda nación, es una construcción mental, simbólica, inventada pero pública y ampliamente compartida. Su naturaleza es conceptual, forjada culturalmente por un trasiego de símbolos, metáforas y relatos que, debido a circunstancias contingentes pero muy percutientes, van difundiéndose desde el círculo de sus inventores hasta el amplio público, que los comparte.

       6.- El referente o materia de tales construcciones imaginativas es el pasado, el presente y el futuro. Se trata de numerosas imágenes, relatos, interpretaciones y configuraciones del pasado de determinada gente que dan sentido a su presente social, volcándolo hacia el futuro y unificándoles bajo el concepto de pueblo. La gente siempre y en todas partes ha sido diversa, singular, trivial, pero empeñosa persiguiendo intereses propios. La nación la hace solidaria, semejante, admirable, apropiada y con intereses comunes, la vuelve comunidad.

       7.- A manera de un tupido manojo o red de símbolos y relatos, la nación tiene una doble función: explicativa y conativa. Explicativa porque es símbolo de la realidad social. Del mismo modo que un plano del funcionamiento de una central nuclear explica cómo por fisión del átomo se extrae energía, así la nación explica cómo funciona la sociedad, sobre qué base humana, jurídica, política y moral funciona el pueblo. Conativa porque es símbolo para transformar la realidad social. Del mismo modo que un plano para construir una central nuclear sirve para edificarla, así la nación impele los miembros de una sociedad hacia la vida en común, la ayuda mutua, la comunicación enfática y la defensa: gobierno elegible, plan de carreteras, servicio militar obligatorio, servicio unificado de correo, prensa unificadora de lectores, etc.

       El simbolismo nacional es sumamente moderno, pues hace posible imaginar otra realidad que la tradicional -explica lo viejo y diseña lo nuevo- y mueve a los humanos a ponerla en práctica -proyecto ilusionador-. La realidad de la nación siempre se vive de nuevas, con nuevas o renovadas emociones. Y hasta las más insólitas emociones suelen aparecer como normales (transformación del sentido común del súbdito al ser convertido en ciudadano; transformación del pacato ciudadano en ardoroso combatiente cuando se le declara la guerra al país vecino, etc.).

       8.- El nuevo mapa social y las nuevas motivaciones para actuar que confiere el simbolismo nacional se plasman en instituciones de Estado con tales o cuales características de Gobierno de gestión de las cosas sociales. El núcleo del simbolismo nacional afecta, pues, a lo político: se empeña tras una política autónoma volviendo inaceptables las relaciones humanas heterónomas o mediatizadas por jerarquías, teocracias o cualquier otra supeditación a autoridad ajena a la emanada del pueblo.

       9.- Lo nacional ocurre en algún lugar y entre determinada gente entendiéndose en alguna lengua. Territorio y lengua, pasan de ser mero suelo e instrumento de adaptación a ser esenciales para el simbolismo nacional. Los propios hombres y mujeres, tan singulares como diversos, que han vivido en el territorio incluso como vecinos/enemigos, se cosifican en gente de costumbres compartidas, supuestamente nobles, invariables y ancestrales. Y hasta en destino común. Y así, territorio, lengua y costumbres pasan a engrosar la misma naturaleza ideal que tienen el pasado-presente-futuro.

       Lo nacional siempre y en todo lugar ha hecho esenciales suelo, lengua, orígenes y paso del tiempo con algún relato exaltador de la fuerza del pueblo (Historia nacional). Se trata de un relato sagrado en el que el actual Estado aparece in ovo como un territorio habitado por gentes que hablan la lengua nacional y están dispuestos a defenderlo contra amenazas extranjeras. Como una nave espacial avanzando a través del largo viaje de la vida, no siempre bien pilotada pero mejorando genialmente según pasan las generaciones, así es la historia nacional.

       El anacronismo es un vicio de la modernidad, puesto que se suele metamorfosear en historia nacional al atribuir a todos los ancestros la misma voluntad de tener nave propia, de dominarla y pilotarla que poseen los contemporáneos. De esta manera, cualquier acto que pueda cuestionar la legitimidad del actual Estado puede ser tenido como traición a los ancestros.

       10.- De tal modo todo lo relativo a nación funciona como una creencia tan fuerte, casi apodíctica, que resulta difícil ofrecer al creyente nacional razones que lo convenzan de lo contrario. Desde su nacimiento como mapa de una sociedad problemática y como matriz gestante de conciencia colectiva, lo nacional es el sistema ideológico de creencias por excelencia, pues logra disfrazar perfectamente sus motivos -que son políticos, en oposición al estado de teocrático-, logra perfectamente proyectar sus temores no reconocidos (a desintegrarse o desaparecer a manos de cualquier poder) y logra expresar las solidaridad intergrupal.

       Es el sistema más puro en sus formas simbólicas porque se desliga completamente de las religiosas y morales. Su fuerza es tal que puede desplazar no solamente a otras creencias sino incluso a sistemas de creencia compactos, como la religión y hasta el sentido común. Así, la nación americana funciona como una religión civil. Inicialmente, la francesa no sólo funcionó así sino que trató de desbancar a la religión. Los intentos de construir la nación musulmana y naciones musulmanas han fracasado porque el simbolismo religioso lo impide. La mayor parte de los países africanos han fracasado como construcción nacional por la fuerza de simbolismos ancestralistas.

 

La nación étnica y la nación de ciudadanos

1.- La emergencia de una imaginación nacional ha requerido un largo proceso de ruptura cultural en el ámbito de los valores. Ruptura con la lengua de la religión, que supuestamente daba acceso a la verdad, el latín. Ruptura con el la creencia de que la sociedad debía organizarse en torno a un soberano trascendente al resto de los hombres.

       Ruptura con la concepción del tiempo en la que lo humano formaba parte de lo cosmológico -así nació la noción de historia como lo específicamente humano-. Ruptura de la relación entre el carácter moral y la comunidad política. El marco teleológico de virtudes-bienes-instituciones es suplantado por la libertad individual, que elige su propio bien, y por las instituciones políticas, meras proveedoras del orden para la actividad individual.

       El libro y la prensa han sido el medio de esa ruptura cultural. El lector se contempla en un espacio con fecha donde los personajes desempeñan temporalmente su propio rol. El lector puede imaginarse el espacio mayor, enraizado en el pasado y en tensión hacia el futuro conservando la misma identidad: la nación. La prensa propicia imaginar una comunidad de lectores que se ven a sí mismos leyendo a la vez y teniendo los mismos pensamientos, una comunidad enraizada en algo tangible. Desde 1895, la radio ha desempeñado un rol importante en la difusión de una representación oral de la comunidad imaginaria.

       2.- La metamorfosis del súbdito concibiéndose a sí mismo como ciudadano libre e igual a cualquier otro ha ocurrido siempre dentro de un determinado estado de cosas político, económico y cultural: la contingencia de cada situación concreta es el terreno de operaciones de la construcción nacional. Así, lo nacional resulta ser siempre una construcción nacional, algo específico, fortuito, muy singular y de bastante colorido.

       Ha habido Estados absolutistas dentro de los cuales ha emergido con fuerza el simbolismo nacional y se han convertido en Estado nacional -Francia, Inglaterra, España, Portugal-. Y ha habido Estados absolutistas que se han fraccionado dando origen a Estados nacionales -Imperio austro-húngaro, Imperio otomano, URSS, Yugoslavia- o han capilarizado a otros de su alrededor transformándose -Prusia, Piamonte-.

 

 

       La violencia ha sido el modo general de la construcción del Estado nacional. Inglaterra, Norteamérica y Francia son casos de máximo enfrentamiento con el antiguo Estado, es lo que llamamos revolución por abajo. Alemania es el caso típico en que el enfrentamiento se resuelve por arriba, desde el Estado prusiano -tras guerra y violencia, naturalmente-. Las dos guerras mundiales han sido la causa del nacimiento de la mayor parte de Estados europeos. También se ha dado el caso raro del Estado nacional que, por consentimiento, se ha fragmetado en dos Estados nacionales -Suecia-Noruega en 1905, Chequia-Eslovaquia en 1993-.

       3.- Desde esa enorme variación de emergencia de lo nacional caben tipificarse idealmente dos géneros de nación, ambos exclusivos. La nación de ciudadanos buscando la igualdad del pueblo mediante la mitificación de la libertad y la fraternidad: “el lugar de vida y trabajo nos une a todos, todos somos de la misma nación”. Y la nación de originarios buscando la diferencia del pueblo mediante mitificación de la sangre y el origen ancestral común: “la sangre es más espesa que el agua. Ha llovido mucho pero seguimos siendo los mismos”. La nación de ciudadanos se configura como demos, como colección de individuos de distintas procedencias -de tal condado, de tal provincia o de aquella otra región-. La nación de originarios toma figura de etnos, de individuo colectivo como supervivencia y perennidad de la misma progenie.

       4.- La búsqueda de la autonomía personal es lo que impulsa a los partidarios de la nación a polarizarse hacia la tipología demótica. El demos de la nación lo genera el empuje de los intereses personales por liberarse de la constricción comunitaria. Resultan ser intereses por ser dueños de sí mismos para diseñar su propia vida, participar en la elaboración de las leyes y deliberar sobre las cuestiones políticas que les afectan. La nación es el pueblo, pero pueblo son también, uno a uno, todos y cada uno de los ciudadanos.

       5.- El demos se construye con ciudadanos iguales en dignidad, derechos y responsabilidad, sin supeditación a ningún poder ajeno a la voluntad popular. Alguna Constitución suele ser su acta. La ley se la dan los ciudadanos a si mismos tras deliberar entre varias alternativas. El etnos se constituye como colectivo englobante con derechos y obligaciones sobre sus individuos. Pueblo es el todo y no cada uno de los nacionales. La pureza étnica suele ser su acta y suele requerir procesos de limpieza.

       6.- Dos modelos extremos de imaginación nacional: A semejanza de Clístenes, por quien Atenas dejó de ser etnos y se convirtió en demos[a], el antiforalista alavés Foronda formuló en 1783 un proyecto sosteniendo la división de España “en 18 secciones cuadradas que se nombrarían nº1, nº2, etc. (Yo) quitaría los nombres de Vizcaya, Andalucía, etc. como origen de disputas crueles, pueriles y nefastas, pues los españoles debemos ser todos unos y así deben desaparecer las contiendas de qué provincia se haya distinguido más…”

       A semejanza de Sabino Arana y Goiri, que escribió “Pueblo y nación son vocablos que se refieren a la raza y no al derecho” y “Raza es lo mismo que nación, gente o pueblo; designa a una gran familia y expresa un objeto natural que existe independientemente de la voluntad de los hombres”, Hitler sostuvo: “Nosotros, en tanto que arios, somos capaces de imaginar un Estado que no sea sino el organismo vivo de la nación y que además de salvaguardar su conservación, la conduce hacia la máxima libertad educando sus capacidades espirituales e ideales”[b].

       7.- La diferencia esencial entre demos y etnos reside en la cualidad del mito sobre el que se construyen. El mito-demos[c] canta las bondades de unificar a gente diversa en derechos y libertades y, de hecho, impulsa cada cual a ser lo diferente que quiera respetando al vecino. Este mito es la raíz de la democracia. El mito-etnos canta las bondades de la pureza del grupo y, de hecho, impulsa a perseguir al vecino por diferente en defensa de unos elementos diferenciadores, como la lengua, la religión, la raza o lo que fuere. Esta es la raíz de la dictadura.

       El mito demótico da al individuo libertad de decisión sobre su propia vida. Por eso reclama la autonomía personal y garantiza los derechos del individuo. El mito étnico supedita la libertad personal a la integración en la idiosincrasia colectiva. Interpreta los derechos como derechos de la comunidad, que ésta extiende a los particulares según intereses globales, y se menoscaba la autonomía de la persona limitando sus derechos.

       8.- El mito demótico plasma ideas y voluntades en instituciones democráticas y el étnico, en instituciones de corte colectivista. Las instituciones democráticas son más realistas que las étnicas, al ser más beneficiosas para el individuo acoplándose a sus intereses y deseos, están constantemente sometidas a crítica y mejoramiento. Por eso el sistema democrático, aun siendo frágil, es más duradero que la dictadura totalitaria. Sale fortalecido del conflicto social porque se reforma integrando socialmente más y más gente marginada. Los colectivismos y teocracias que han tratado de destruir la nación de ciudadanos o impedir su eclosión han fracasado a la larga. Sólo han podido lidiar con el conflicto social y la crítica con la represión ciega.

       9. Según la imaginación étnica, a toda nación corresponde un Estado. La nación sin Estado es fruto de alguna opresión -eso pensaron los alemanes desde Fichte hasta Hitler pasando por Bismarck y eso mismo piensan desde el PNV hasta ETA pasando por CIU, ERC y BNG-. Según la imaginación demótica, la relación Nación-Estado radica en la necesidad de legitimar permanentemente el aparato del Estado por la ciudadanía. La razón de Estado debe estar controlada por las razones de la ciudadanía.

       10.- El Estado-Nación no ejerce el poder sólo desde la razón de Estado, sino también desde las razones de la Ciudadanía o nación. Cuando las razones de la ciudadanía se hallan presentes en la razón de Estado se garantiza la práctica generalizada de la inclusión social. Es decir, cuando todos los segmentos de ciudadanía participan en la razón de Estado.

       La prohibición de la esclavitud, la integración social de las clases trabajadoras, la inclusión en el voto de todos los nacionales, la de la mujer, de los discapacitados, de los homosexuales, de los inmigrantes, la protección de los animales, la salvaguarda del medio ambiente, etc. son hitos ostensibles de los razonables intereses ciudadanos primando sobre la razón de Estado. Sólo así se realiza el mito de la nación demótica. Pero siempre irán apareciendo capas de marginación social que sea preciso integrar, el paraíso en la tierra ni ha existido ni existirá.

 

Estado-nación y cultura

1. El Estado-nación es un hecho político. La nación es un hecho cultural ya que afecta al sentido de pertenencia comunitaria, que es siempre algo imaginado, fruto del trabajo simbólico.

       2. La identidad nacional, así como cualquier identidad personal o colectiva, es mítica. Su potencialidad es constructiva y altamente destructiva al mismo tiempo, porque siempre comporta aspectos etnocéntricos. En el período de construcción del Estado-nación apela a la existencia del enemigo que hay que combatir -la monarquía absoluta, el emperador, un Estado opresor, la Metrópoli-. Una vez cimentado, el Estado-nación también fomenta esa capacidad destructiva en los momentos de crisis, buscándose un enemigo exterior con aliados quintacolumnistas infiltrados en la propia nación.

       La identidad demótica también se justifica a sí misma mediante criterios étnicos a los que recurre en momentos de crisis -la guerra franco-prusiana, la prusiano-vienesa, las dos Guerras Mundiales, las guerras contra la independencia de las colonias fueron masacres humanas de Estados-nación o entre ellos e incluso entre ciudadanías nacionales enfrentadas por concepciones étnicas de pertenencia nacional-. A toda identidad nacional siempre le acechan el racismo y la xenofobia que son derivaciones de la formulación de enemigo.

       3.- El nacionalismo, en cuanto estado de cosas mental generado por la enardecida devoción a la nación, comporta una gran fuerza anímica y motivacional que aun al nacionalista menos intransigente le impulsa a condescender con cierta exclusión social. El nacionalismo impulsó a luchar violentamente contra el monarca soberano para construir la nación. O impulsó a combatir contra el Estado colonial para construir la nación. O impulsa a combatir contra la nación de ciudadanos para construir la nación-étnica. Pero también impulsa a combatir contra otras naciones supuestamente enemigas del Estado-nación, incluso mediante la guerra.

       4.- El núcleo democrático de nuestro mito nacional tiende a disolver la nación. El democratismo o demotismo imagina la posibilidad de una comunidad humana cada vez menos excluyente de las personas con diferencias culturales secundarias. Propugna que todas participen en la elaboración de las leyes, critiquen y controlen más a los Gobiernos y deliberen mejor sobre las posibles alternativas de la acción política. Su interés es fomentar el nacimiento y consolidación de una comunidad política no etnocéntrica, una comunidad que imagine cómo ir borrando la exclusión social.

       El éxito del democratismo es des-esencializar las formas territoriales de la comunidad nacional, las de lengua y las de destino histórico por cuanto dañan y producen humillación a las personas. Su éxito estriba en deconstruir la actual noción de pueblo por la de ciudadanía compasiva.

       5. La disolución de la nación puede efectuarse destripándola territorialmente mediante exacerbación del conflicto nacionalista y un despiece etnonacional, pero también sublimándola simbólicamente mediante una cultura compasiva no etnocéntrica. El objetivo de esta cultura es ir desmontando paulatinamente las huellas de exclusión social que siempre comporta el mito nacional (respecto del extranjero, de la lengua propia, etc.) y conduce a ir considerando ciudadanos a todos los residentes dispuestos a vivir en democracia (sea cual fuere su progenie, origen territorial, religión, lengua o formas culturales) y a no imponer obligación lingüística alguna.

       6.- Hoy por hoy, las formas democráticas de la vida ciudadana son plasmación de cierta cultura nacional y manifiestan la calidad simbólica de lo nacional a través de las interacciones públicas y privadas de los ciudadanos en paz y respeto del otro. Son interacciones que se ejercen en una mayor o menor tolerancia y razonabilidad pública y bajo un determinado sentido de justicia, equidad, y decencia civil. Hasta el pluralismo político se convierte en un rasgo de sentido común de la cultura ciudadana más acendrado en una nación que en otra.

La lengua, las costumbres, la comida, el vestido o la historia no son formas esenciales de esa cultura nacional (sí lo suelen ser en la cultura etno-nacional).

 

 

       7.- La cultura nacional cívica es un bien, aunque pueda comportar ciertos males. Siempre se es ciudadano de algún lugar, pues no existe todavía la ciudadanía del mundo. El ciudadano siempre ama y amará a su patria porque nos hace personas autónomas, nos garantiza los derechos y la igualdad de oportunidades, también nos proyecta a otros mundos como seres respetuosos con lo diferente. En ese sentido, ser ciudadano es también ser amante de tu nación, un patriota. Aunque ninguna cultura nacional es completamente cívica, porque excluye de la ciudadanía a los residentes extranjeros dañando sus intereses.

       Conocer la Historia nacional es un modo de ser agradecido con el propio país o el país de acogida. Pero el deber cívico es purificarla del anacronismo, del providencialismo y del maniqueísmo que la construyen como relato sagrado. Purificar cívicamente la historia nacional es una tarea para configurar el presente como originado no sólo por el valor de mucha gente sino también por la inmensa cantidad de injusticia, dolor, sufrimiento y humillación que infligieron las gentes que nos precedieron en nuestra nación.

       8.- La cultura nacional cívica es la única en el mundo que posibilita a un extranjero sentirse como en casa e interaccionar en paz en cualquier Estado-nación, le basta con aprender otro idioma, nada más. A veces ni eso. Esa cultura es también la que más faculta al ciudadano para andar por el ancho mundo con dignidad y respeto hacia los demás. Sólo la cultura de la nación de ciudadanos incentiva en cada cual la expansión de identidad, ayudando a que cada ciudadano sea todo lo diferente que quiera ser y se englobe bajo las pertenencias culturales que más desee de religión, solaz, sexo, gastronomía, origen, lengua, etc..

       La cultura etno-nacional no permite al individuo ser todo lo diferente que éste quiera. Tampoco favorece el cambio de identidad de la ciudadanía. La cultura étnica encorseta y busca el etiquetado de individuos, familias, paisajes y comidas.

 

       9.- La cultura nacional cívica no aconseja la génesis y fortalecimiento de identidades y pertenencias que rompan la nación y la mejor vía para impedirlas es el combate de ideas y el contraste cultural. La peor creencia del ciudadano es pensar que todas las ideas valen lo mismo o que haya que respetar todas las ideas -lo respetable son los individuos no sus ideas-.

       10.- La única cultura del mundo que ha aceptado la igualdad de trato de ciudadanos originarios de múltiples culturas es la demo-nacional. Pero no se exporta nuestra cultura nacional cívica presionando a las poblaciones bajo dictadura para que acepten nuestro modelo, menos todavía interfiriendo en sus asuntos políticos para derrocar al tirano. Exportar nuestra cultura es volverla apetitosa y deseable.

       11.- Interculturalidad, multiculturalidad y sus derivados son nociones vagas que ocultan el núcleo constitutivo de la cultura democrática, añoran las realizaciones comunitarias y banalizan el significado de cultura como molde público de símbolos que configuran cierta conducta compartida que predice las conductas de uno ante el mundo y ante la gente. Cultura no son grupos de gente, por muy raros y minoritarios sean. Cultura no son canciones, films o libros, ni montones de conocimiento. Son moldes configuradores de significado que impulsan a la acción.

       12.- Los humanos seremos siempre animales culturales y necesitaremos alguna identidad comunitaria. Necesitamos creer que formamos parte de algún colectivo que nos protege y al que debemos lealtad. Todo sistema político se estructura a partir de alguna identidad comunitaria donde se explicita el mito de soberanía. No todas las identidades son igual de respetables. No lo era la azteca, tampoco la nacionalsocialista ni la yihadista. La etno-nacionacional tampoco lo es.

       13.- La esencia del mito democrático es que no existe destino histórico. Únicamente existen personas con capacidad de sentir sufrimiento y humillación cuando no pueden proyectar autónomamente sus vidas, ni vivirlas en paz de acuerdo con las normas de la mayoría. Ese núcleo simbólico no esconde que realizarlo es una tarea contingente, muy frágil y sumamente exigente para con todos y cada uno de los ciudadanos.

       14.- Un ciudadano puede y debe luchar hoy contra el nacionalismo que siempre acecha a su propia identidad comunitaria. Debe también oponerse al comunitarismo diferencial y no compasivo que emerge en el seno de su sociedad. Cuánto de los actuales nacionalismos no deba tolerarse es una cuestión que no se ha planteado todavía en nuestra cultura democrática. Por consiguiente, no tenemos todavía clara qué es la tolerancia.

 

El Estado-nación y la integración social

1.- Tras la II Guerra Mundial, el descubrimiento del holocausto judío y del Gulag soviético marcó la linde intraspasable de lo nacional al plantear como inaplazable una  imaginación compasiva, la de los derechos humanos. A partir de ésta se va tomando conciencia de que los nacionalismos de raíz y aspiraciones étnicas no reportan más que sufrimiento y humillación. Y también de que el nacionalismo demótico debe ir lavando imperativamente su identidad nacional.

       2.- Desde finales del siglo XX, los derechos humanos marcan el límite de la razón de Estado. Pero los derechos sociales y políticos siguen señalando la consolidación o no del mito demótico de la nación.

       3.- La paradoja de los derechos humanos es que únicamente pueden hacerse respetar desde la fuerza jurídica y represiva del Estado-nación. Sólo el Estado-nación democrático puede, hoy por hoy, garantizar el cumplimiento de los derechos humanos.

       4.- Para ampliar la integración social y cívica, el Estado-nación requiere una renovación constante de su práctica política y jurídica a fin de colocar a los ciudadanos como individuos en la igualdad de hecho. La integración social no persigue integrar minorías, comunidades o colectivos sino integrar uno a uno a cada ciudadano para que entre o salga de las comunidades cuando desee.

       5.- Los inmigrantes no son minorías. Y menos aún minorías étnicas -los trabajadores españoles en Francia o Alemania no lo fuimos y tampoco los portugueses o argelinos-. Los intereses de los inmigrantes son individuales, como los de cualquier ciudadano. Y requieren el mismo tratamiento que el de cualquier ciudadano. Ellos constituyen hoy el nudo más frágil de la inclusión social en la razón de Estado. O sea, deben ser considerados como todos los demás en nuestra nación de ciudadanos.

       Los musulmanes en España no son más minoría cultural que los transportistas, los budistas, los jugadores de mus o los gallegos que viven en Madrid. Son ciudadanos con derechos de pensar libremente, asociarse y reunirse. Los musulmanes que en España desean la yihad sí son una minoría cultural y muy peligrosa por cuanto se han excluido de la ciudadanía. Practicando el odio al Estado de derecho propugnan destruirlo.

       6.- Se pueden construir minorías a partir de cualquier trazo físico, psicológico, cultural, profesional, deportivo, etc. La menor de todas minoría es la de uno consigo mismo. Y es la más real. La nunca ficticia ni imaginada. Aquella que puede ser humillada.

       7.- Los inmigrantes y extranjeros que no vienen de un horizonte cultural demótico deben asimilar los valores de la nación de ciudadanos -de la misma manera que nuestros hijos- para ser ciudadanos. Es deber del Estado-nación facilitárselo.

       8.- Los inmigrantes no necesitan derechos poliétnicos -esa abstrusa cosa de los manipuladores de inmigrantes-, ni unidades de autogobierno político y cultural en base a su pertenencia étnica. Simplemente exigen los mismos derechos sociales y políticos que el ciudadano. El que entre nosotros se reúnan en comunidades de rezo o de ocio prueba que tienen cierta libertad y usan sus derechos.

       El Estado-nación debería actualizar los derechos sociales y políticos de todos aquellos inmigrantes que aceptan respetar los derechos humanos, la igualdad entre hombre y mujer y el estado de cosas cívico de la nación en que se asientan. Solamente se vuelven respetables entre nosotros las formas de diversidad y pertenencia cultural que no atentan a la interacción ciudadana y a la dignidad de las personas.

       9.- El hecho de llegar a ser ciudadanos es para cada inmigrante una conquista, como lo es para nuestros hijos. Y debe merecerla con un acto de reconocimiento a nuestras instituciones.

 

España no es una gran nación

1.- Pero es todavía una nación de ciudadanos, pese a que su Constitución posea ciertos rasgos étnicos como la invocación a “los derechos históricos” y la vaga distinción entre nación y nacionalidades. Y sobre todo porque su configuración autonómica posibilita la generación del etnonacionalismo.

       2.- Los nacionalismos étnicos pueden romper la unidad de la nación demótica. La rompen ya negando los derechos individuales -a la vida de las personas- o condicionándolos -libertad de pensar y asociarse libremente- y negando derechos cívicos -a educarse en la lengua materna, a ser tratados por la administración independientemente de la identidad y sentido de pertenencia.

       No romperían la nación si únicamente enfrentasen sus creencias nacionalistas a las creencias de la ciudadanía española. Pero al aprovecharse de las instituciones autonómicas para gestionar la exclusión étnica mediante la negación de derechos individuales su opinión se vuelve altamente nociva al Estado de Derecho.

3.- Hoy, tras 30 años de Autonomía política, la opinión nacionalista vasca, catalana o gallega fortalecen la razón de Estado étnico y son profundamente injustas al cercenar la libertad ciudadana.

       4.- ETA y sus asociaciones de paisano deben ser excluidas in solidum de las instituciones del Estado-nación. Son una organización para construir la nación étnica (destruir la nación de la ciudadanía) mediante la utilización de todos los medios, incluida la violencia física, contra la ciudadanía no nacionalista. La nación de los ciudadanos exige memoria, justicia y verdad hacia cuantos el terrorismo ha hecho víctimas. Las víctimas de ETA han sufrido muerte, heridas, extorsión o humillación en nombre de la ciudadanía española.

       5.- Tan pronto como España deje de ser una nación, se romperán la cohesión social y las lealtades cívicas. Se irán extendiendo en el territorio la injusticia, la afrenta y la humillación, habrá de nuevo café para todos. Y leña, también mucha leña.

       6.- España también podría dejar de ser nación de otra manera más cívica y civilizada. Por ejemplo, suspendiéndose ahora mismo las Autonomías y probándose otros 30 años de Gobierno democrático centralizado, justo, libre, pero compasivo. Y al cabo de ellos, pasar todos a votar sobre si queremos ser sólo españoles o sólo catalanes, sólo euskalerríacos, sólo alaveses, sólo navarros, sólo gallegos, sólo manchegos, sólo alcarreños, sólo murciano-almerienses, etc.

       7.- Aunque no lo sepan, Zapatero gobierna todavía a los españoles desde la nación española de la ciudadanía, Montilla gobierna a los catalanes desde la nación española de la ciudadanía e Ibarretxe gobernó a los vascos desde la nación española de la ciudadanía.

       8.- No es aceptable decir desde la gestión de la nación española que la nación sea una noción discutida y discutible. Es lesa traición a todos los votantes.

       9.- Un síntoma de que España no es nación fuerte es que su ciudadanía no dispone de motivaciones éticas ni de incentivos culturales para identificar la génesis de etnicidad y hacerle frente.

       10.- Etnicidad es un proceso de construcción de identidad comunitarista en el seno de una sociedad civil democrática que vive bajo las garantías del derecho. Se recurre para ello a inventar una minoría o colectivo al que se le suponen intereses comunes -de sexo, de costumbres, de lengua, de religión, etc.- cuya satisfacción exige unos derechos de comunidad específica.

 


 

 

[a] A finales del s.VI a.C. Atenas dejó de pertenecer a las doce poderosas familias de ascendencia divina, casi siempre enfrentadas entre sí, para convertirse en 10 barrios sin ataduras de sangre (según invención del sistema decimal que desplazó al duodecimal tradicional que simbolizaba las12 tribus originarias de la ciudad). Sus habitantes se volvieron ciudadanos, semejantes entre sí e iguales en derechos y obligaciones (salvo los esclavos y foráneos). Cada barrio gestionaba por turno la política de toda la ciudad durante una prytania (10 pritanyas de 36 días cada una era la duración del año). Espacio urbano y tiempo fueron re-imaginados para llevar a cabo la reforma política democrática.

 

[b] El fundador del PNV lo escribió en Baserritarra, 11 julio 1897 (“Efectos de la invasión) y en La Patria, año III, 10 mayo 1903 (“Fe de Erratas de ´La Gaceta del Norte`”). Y Hitler lo hizo en Mein Kampf.

 

[c] En la Antropología cultural se designa mito al relato de origen y fuente trascendente de explicación con gran fuerza conativa (los conceptos de identidad, nación, bien/mal, derechos humanos son tan míticos como los de Dios, alma, cielo, nirvana, etc.).

La diferencia entre los diferentes mitos políticos es su capacidad de impulsar la construcción de sociedades guerreras o de sociedades compasivas, de sociedades jerárquicas o de democráticas, cerradas o abiertas, tolerantes o agresivas, de sociedades con personas heterónomas o con autónomas, etc. Un mito impulsa a ser como Clístenes o Foronda querrían y otro mito impulsa a ver las cosas como Sabino Arana o Hitler veían.

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Autor: Mikel Azurmendi

Fotografias: Ilustración Pedro Arjona