Los comienzos literarios de Esther Tusquets y Almudena Grandes

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Los días posteriores al funeral de la escritora madrileña Almudena Grandes han sido días convulsos y extraños durante los cuales una turba de gente, fieles y antiguos lectores o jóvenes curiosos por tanto alboroto, han ido vaciando los estantes donde descansaba el corpus completo de la obra de la escritora. Aguanté unos cuantos días, no muchos, quizá dos, para luego unirme a la masa con una timidez amarga pero firme en mi propósito. Llegué demasiado tarde, por mi estúpido disgusto hacia el conformismo literario, culpa de las lecturas obligadas del colegio sin duda. Las edades de Lulú (1989), la primera novela de la Grandes que estaba buscando, parecía no quedar en ninguna de las librerías del centro, ni siquiera en el majestuoso y poderoso Amazon quedaban copias. Qué debe hacer una para vender…

Aunque en cuestión de unos pocos días las estanterías iban a estar nuevamente repletas para saciar el hambre ansiosa de los lectores, podía esperar. La editora, escritora y ensayista catalana Esther Tusquets no ha tenido la misma suerte. En 1978 la editorial Anagrama publicaba su primera novela bajo el título de El mismo mar de todos los veranos –que me hizo pensar en las canciones italianas de verano que solíamos cantar durante los interminables viajes en coche, con el perro husmeando el aire y la lengua afuera como a querer saborear la salobre brisa: “Tintarella di luna/ Tintarella color latte… A-Abbronzatissima io ti amo e tu lo sai…”. Y a pesar de un estilo culto y refinado, las poéticas imágenes y a la vez el fuerte erotismo que envuelve la obra como una manta aterciopelada de azul marino, sólo quedan copias de segunda mano, que irán formando parte de la que luego se publicó como la Trilogía del mar, también de segunda mano. ¿Qué debe hacer una para vender?

Los lectores de la Grandes pueden quedarse quietos: no hay ninguna batalla entre Madrid o Barcelona, ni una competencia literaria o estética dado que no solamente las dos mujeres representan a contextos sociales distintos, sino que las dos obras, primeras novelas y ambas de temática erótica, distan años luz una de otra. El erotismo de la Grandes roza la pornografía y la perversión, cuando no las asume como estandarte de las fantasías sodomitas de un hombre maduro y su joven esposa. El erotismo de la Tusquets, al contrario, guarda siempre en cada página una compostura altiva y a la vez poética que no solamente conmueve sino que deslumbra por la habilidad narrativa con la que el movimiento mismo del mar se reproduce infatigable hasta el final.

Lulú camina al borde del abismo porque quiere perderse en las entrañas del goce absoluto y olvidadizo; por su parte Elia queda irremediablemente atrapada detrás de una máscara, en un disfraz que después de tantos años le queda apretado como si de una segunda piel se tratara, y que ya no puede quitárselo sin que la verdadera piel empiece a sangrar. “[N]o está aquí Visconti ni hay un auténtico crepúsculo de los dioses, sino una decadencia interminable de un sueño que duró apenas un instante y que lleva más de un siglo desmoronándose–, el rito de una clase hecha de gentes chatas y mezquinas: todo es en nosotros pequeño y encogido, como frustrado antes de nacer” (El mismo mar…, página 117).

En ambas hay un sabor amargo que el lector no logra endulzar, en una por la fuerza desgarradora de las imágenes, en la otra por la irreversibilidad de sus elecciones. Aunque el amor y el sexo, la perversión y el deseo cambian radicalmente en las dos protagonistas. Lo que hace la Grandes es bajar los instintos humanos al nivel de lo irracional y animalesco que casi nunca logra llenarse de significado, debido a que la misma violencia erosiva cobra el espacio vacío de la interpretación. La Tusquets, al contrario, no solamente hace que el deseo físico se eleve a niveles de coparticipación hedonística superior, sino que los mismos cuerpos desnudos inmóviles a causa de la representación esculpida de pronto cobran vida. “El noble rostro helénico perdido en el más noble –o en el más bobo– de los ensueños, y el sexo definitivo e insolente, triunfal entre las piernas, aquí sigue, cuarenta años después, y le sonrío al pasar, y me responde con un gesto aquiescente, de amistosa complicidad, casi de afecto, aunque yo no soy, esto está claro hasta para un Mercurio de bronce, la mujer de risa divertida y desafiante, de ceño burlón, de hermosísimas manos, la bella dama marmórea y lejana, siempre vencedora, con la que estableció hace mucho un pacto entre estatuas o entre dioses, en cualquier caso no entre seres humanos” (El mismo mar…, página 18).

El verbo de Almudena Grande abruma sin piedad, casi desgarra al lector, como el orgasmo lacerante que divide en dos el cuerpo de Lulú: “Conocía bien las etapas del proceso, los poros erizados al principio, después el calor, una oleada que inundaba mi vientre para desparramarse luego en todas las direcciones, cosquillas inmotivadas, gratuitas, en las corvas, en la cara interior de los muslos, alrededor del ombligo, un hormigueo frenético que preludiaba el inminente estallido, hasta que un muelle inexistente pero de potencia fabulosa saltaba de pronto dentro de mí, me propulsaba con violencia hacia delante, y ése era el principio del fin, […] me limitaba a abrirme, a arquear el cuerpo hasta que notaba que me dolían los huesos, y mantenía la tensión mientras basculaba armoniosamente contra el agente desencadenante del fenómeno, cualquiera que fuera, tratando de procurarme la escisión” (Las edades…, página 235).

Sin embargo, la escritura de Esther Tusquets embriaga como si el lector estuviera en un barco navegando un río lejano y exótico con una copa de champán en la mano: “aquel Hänsel que parecía destinado a una de esas mujeres de boca demasiado grande, mirada tristísima y profunda, paso elástico, que disertan en tono grave sobre la soledad y la muerte en las películas de Bergman, que parecen hablar cara a cara con la muerte y jugar con el desamor una peligrosa partida de ajedrez, esas mujeres que traslucen haber comprendido algo que los demás no vemos, haber establecido –siempre a la deriva– por encima de nuestras cabezas achatadas un pacto cómplice con lo desconocido” (El mismo mar…, página 46).

La prosa de la Tusquets es lírica, nada que ver con la novela de Lulú. Se parece mucho más al relato de esa niña de quince años y un sombrero de hombre demasiado grande que Marguerite Duras deja que se acueste con el joven empresario vestido de tusor blanco, en una elegante casa colonial a la orilla del río Mekong. “La piel es de una suntuosa dulzura. El cuerpo. El cuerpo es delgado, sin fuerza, sin músculos, podría haber estado enfermo, estar convaleciente, es imberbe, sin otra virilidad que la del sexo, está muy débil, diríase estar a merced de un insulto, dolido. Ella no lo mira a la cara. No lo mira. Lo toca. Toca la dulzura del sexo, de la piel, acaricia el color dorado, la novedad desconocida” (El amante, Tusquets Editorial, página 46).

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