Los de atrás

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Me puse lentes de contacto en el verano, antes de empezar cuarto de media, porque mi miopía llegó a ser muy avanzada. De pronto las imágenes de mi mundo pasaron de ser impresionistas, como Renoir y Pissarro, a ser un salpicón, a lo Jackson Pollock.

Saldaña, el famoso oftalmólogo peruano que anunciaba en la tele con un niño anteojudo que gritaba: «¡Deja la zanahoria, ven a Saldaña!», dijo que tenía que recetarme unas gafas del grosor del poto de una botella. Me desarmé. Creo que lloré y eso emocionó a mi madre. La otra opción –dijo Saldaña– eran los lentes de contacto. Había los duros, los semipermanentes y los blandos. 

Solo recuerdo que los duros eran para cojudos misios y los blandos costaban un ojo de la cara. Mi madre hizo magia con el presupuesto que venía del salario de mi padre en el banco, y yo salí del edificio Saldaña en la Avenida Javier Prado con la receta de los semipermanentes.

Gracias a ellos fui feliz los dos últimos años del cole: cuarto y quinto de media. Antes, la ceguera me había obligado a ocupar las primeras carpetas frente a la pizarra. Recuerdo mi algarabía el primer día de clases en cuarto de media, cuando entré al salón y escogí un asiento muy atrás. Delante mío, en esa carpeta que yo podía alcanzar con la punta de mis zapatos negros Bata (o mis zapatillas Sin Fin si era día de educación física), se sentó Giovanna.

Ella tenía novio y yo intentaba no pensar demasiado en lo que su presencia me generaba. Algunas veces, conversábamos. Tonterías, un poco de todo. Me sentía un hombre nuevo con los lentes de contacto. Me atreví a contarle algún chiste y ella se rio. Ella también se copiaba de mí en los exámenes y eso me hacía feliz.

Cuando yo hablaba con Giovanna, los de atrás me envidiaban. Lo sé porque algunos de ellos formaban parte de mi pequeño grupo de amigos: el gordo Mario Cabrera, el pelucón Michael Yong, el flaco Jean Pierre Mora y el chato José Carlos Gutiérrez. Ellos fueron mis cómplices más cercanos en esa imágenes borrosas de los dos últimos años del colegio

Mora era alto, delgado, y tenía un reloj japonés muy sofisticado donde él decía que llevaba la cuenta anual de sus «pajazos». Eso, para mí –que pensaba que la paja había que mantenerla al margen de la vida pública– fue una revelación. Mora tenía la voz ronca y cuando se reía se le transformaba toda la cara. Mora era new wave. El gordo Cabrera y el pelucón Yong siempre se burlaban de Mora porque ellos eran metaleros.

El gordo Cabrera se sentaba detrás mío. Pasaba las clases dibujando en su cuaderno la mascota cadavérica de los discos de Iron Maiden. A veces me daba su cuaderno para que yo le diera el visto bueno. Cabrera hablaba todo el tiempo, a veces yo ponía la cabeza hacia atrás del asiento y él apoyaba su cara en la carpeta para susurrarme algo. Le gustaba contar chistes de doble sentido. Eran tontísimos, pero yo me reía.

A diferencia de Cabrera, Yong hablaba muy poco. Mucho menos desde que en quinto de media los curas lo obligaron a cortarse la melena. Su pelo largo, de algún modo, los ofendía. Pobre Yong, si no se metía con nadie. Además Yong tenía muy buenas notas y no le importaba pasarnos las respuestas durante los exámenes. También hacía dibujos de Iron Maiden pero casi nunca me los mostraba. 

Yong, Mora y Cabrera decían Cómo te va a gustar Soda Stereo y se burlaban de mí. Mora me prestó un casete compilado de Depeche Mode y New Order que me pareció bacán, pero que no alcanzó para que me volviera wave. Supongo que como sólo escuchaba música de radio, para esos tres yo era un huevón.

Mora también rajaba de todos los compañeros. Su punto principal era Miguel Ángel Chang, que  tenía un problema en la lengua. Ahora que lo pienso, es posible que tuviera algún tipo de retardo o algún grado de autismo. No ayudaba que siempre se pusiera encima la misma chompa gris descolorida. Los comentarios de Mora nos hacían doblar en carcajadas. Chang nos miraba desde lejos sin demostrar ninguna emoción, como si nosotros fuéramos moscas. Hasta que una vez se descomputó.

Fue a mediados de junio, ya en quinto. Yong, Mora, Gutiérrez y yo estábamos sentados en la banca al final del pasillo, a la hora del refrigerio. El gordo estaba parado contándonos algún chiste. De pronto, detrás de Cabrera, lo vimos venir a Chang a toda velocidad. Ya casi llegando, levantó la pata, directo contra nosotros. Por unos segundos parecía Bruce Lee. Mora, Yong, Gutiérrez y yo nos hicimos a un lado y el pie de Chang golpeó la pared. ¡Pum!. Se cayó al piso, se paró y se fue. 

No es que nos asustara. Hasta se le veía un poco ridículo saltando como karateca. Pero después de ese día se nos fueron las ganas de burlarnos de Chang.

Mi otro amigo del pequeño grupo era Gutiérrez. Más solitario que el llanero, se sentaba al final de la fila, contra la pared. Su guerra era contra el acné: tenía la cara destrozada por los granos. A algunos se les veía con su punto de pus.

Una tarde, no recuerdo bien por qué, Gutiérrez me invitó a su casa. Creo que porque a los dos nos gustaba Soda Stéreo y yo le había prestado mis discos. Más que una casa, era un pequeño departamento, sobre la avenida Petit Thouars. Ese día supe que su papá era carnicero, que la carnicería estaba en el primer piso, debajo del depa donde vivía la familia. Su padre era idéntico a Gutiérrez, pero sin los granos. Lo recuerdo bien porque me hizo pensar en Manolito y su papá, el dueño de la bodega de Mafalda.

Esa tarde, en su casa, recuerdo que Gutiérrez me pidió un consejo: que le diga qué tenía que hacer para hablar con las chicas. Dijo que él me veía conversar –y reirme– con Giovanna y que me envidiaba. Que él jamás se atrevería. Casi le suelto el rollo de mis lentes de contacto pero pensé que mejor no. Creí que lo mío era una mierda comparado con lo que padecía mi amigo. Con esos granos en la cara todo tenía que ser mucho más difícil. 

No recuerdo muy bien qué le dije. Sé que le mentí.

Sospecho que podría enterarme de la vida de mis antiguos amigos si, la próxima vez en Lima, me pongo a buscarlos. Sin embargo, nunca lo he intentado.  Tal vez porque aquellas historias que compartíamos no nos unieron lo suficiente. Quizás porque nos separaron. 

A veces, como hoy, me da por pensar que sus vidas habrán transcurrido parecidas a la mía. Y que estas memorias, tal vez, servirán para recordarnos aquellos años del colegio en que juntos, los de atrás llegamos a alcanzar cierta idea de lo que podía llegar a ser la felicidad.

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