Los de entonces

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A pesar del 2008, tener dieciséis años, comenzar el bachillerato, despegar la crisis financiera. A pesar de Mediterráneo en el cine club del instituto y el deseo horaciano de abandonar el mundanal ruido en una pequeña isla griega. A pesar de no saber todavía qué es hacerse la vida bajo profecías apocalípticas. A pesar de todo. A pesar de aquella mañana a primera hora cuando todavía era de noche. A pesar de la voz rapsoda de un profesor: «Desea que el camino sea largo». A pesar de la suspensión de los sentidos. «Que sean muchas las mañanas de verano / en las que con qué regocijo, con qué gozo, / llegues a puertos vistos por primera vez». A pesar de la belleza súbita del bosque de pinos a través de la ventana del aula en los instantes del amanecer.

A pesar de esquivar el futuro viviendo el amor y el desamor para escribir versos verdes de absenta como los de Baudelaire, amarillos después de la lluvia fina como los de Keats, azul de mar en una mañana luminosa como los de Cavafis. A pesar de la entrega de bandas aquella bella noche de junio y a pesar de que no se pensaba tanto en la incertidumbre del futuro, como en la imitación beoda y superflua de los sufrimientos amorosos de aquel triste joven llamado Werther. A pesar de: «Verrà la morte e avrà i tuoi occhi»; los primeros versos de un poema de Cesare Pavese que un profesor regaló a sus alumnos en la lección de despedida, cuando acabó diciendo: «Seréis la primera generación después de la Guerra Civil que viva peor que sus padres».

A pesar del 2010 y septiembre. A pesar de que todo aquel renacimiento comenzara a barroquizarse: la sensación de que la vida universitaria era tan hiperreal como un sueño. A pesar de que en la facultad se citó Sobre la libertad. A pesar de A sangre fría, Anatomía de un instante, La noche de los tiempos. A pesar del paso veloz e imparable de los cursos, como así parecía que se anunciaba el mañana: orquestal, cambiante, instantáneo. Siempre sin tiempo. A pesar de los primeros titulares escritos con la palabra «crisis» o «en estos tiempos de crisis» para un periódico local. A pesar de la gente que acampaba en la Glorieta, en la Plaza de la Universidad. A pesar de no poder asir jamás la historia in statu nascendi como quien pretende tocar las estrellas en la poza del río.

A pesar de las manchas en el suelo de la facultad de cuando antaño se fumaba en las clases. A pesar de Las ninfas, de Mortal y rosa, de La noche que llegué al café Gijón y la siembra de Madrid en las siestas blancas de la Biblioteca Regional. A pesar de las tardes mustias de noviembre, bajo las luces tenues y amarillas de un viejo latbus, donde se leía la frase en penumbras del Pascual Duarte: «El destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera». A pesar de aquella hermosa mañana de mayo de jazmín y azahar, cuando alguien dijo en una conferencia: «Los buenos tiempos del periodismo eran antes. Por supuesto, no volverán».

A pesar del mes de abril a las diez de la mañana y ese profesor de pie, sonriente y callado que dejaba que la ardentía de Grândola, vila morena, del portugués José Afonso, que sonaba desde YouTube, erizara los recovecos más fríos del aula dormida, y las grietas de las arterias y los pliegues de los intestinos. A pesar de aquella profesora que no hace mucho que vivía, y que contaba la historia de amor de un soldado de la División Azul y una republicana criada en Rusia, y quienes se conocieron en los gulags al oír ella, de pronto, una voz metálica y quejumbrosa como de manojo de llaves del idioma español. A pesar de otra profesora que trajo un artículo de Transición de la revista Triunfo, ¿Estamos preparados para el cambio? A pesar de las nieblas del futuro y las claridades resueltas del ayer.

A pesar de que los planes de vida para un estudiante de periodismo no eran más que un vórtice que amasaba un bolo alimenticio. A pesar de que el sentido común establecía que la primera salida era sencillamente la cola del paro y oníricamente la pesadilla pictórica del polaco Zdzisław Beksiński: una boca abierta que se atraganta de legiones y legiones de cuerpos cadavéricos. A pesar de todo. A pesar de la película Noche en la tierra, a pesar del ensayo de Rafael Mainar El arte del periodista de 1906. A pesar del libro Periodismo literario de Rodríguez y Angulo. A pesar de una frase de un obituario de 2005: «El verso te obliga a la síntesis».

A pesar de las madrugadas en vela y del bochorno en el final de la primavera. A pesar de la mesa y de la cómoda bajo el hule de papelorios en el piso de la calle General Yagüe, mientras se invocaba el espíritu de un periodista «de apellido tan raro» para un trabajo final de carrera. A pesar de esa mañana de nubes en un desayuno informativo con Antonio Muñoz Molina, y a pesar de su firma en El invierno en Lisboa: «Tantos años después, un Lisboa, y en Murcia». A pesar de que un fotógrafo dijera que un periodista gastronómico muy querido en la ciudad daba consejos a los becarios en las convocatorias de prensa de media tarde: «El periodismo no da para comer, pero sí para cenar». A pesar de aquel mismo periodista gastronómico una tarde de manzanilla en el Café del Arco: «No será fácil. Yo tuve tantos empleos como hijos iba teniendo». A pesar de que tuvo siete. A pesar de las ‘tres des’ del periodismo de Manu Leguineche.

A pesar de las prácticas en un diario regional y el viento en la cara de camino a la redacción en la moto del fotógrafo, sorteando a toda velocidad los coches que casi se rozaban en los atascos de la autovía. A pesar de El guardián entre el centeno la noche antes de la fiesta de graduación. A pesar del salón de actos repleto de familiares que sacaban fotos con mano temblorosa. A pesar de que mientras se repasaban cuatro años de estudios se ultimaban los preparativos allá en Madrid para la coronación del nuevo Rey de España. A pesar del autobús de vuelta a la ciudad desde aquel restaurante perdido en un descampado. A pesar del llanto amargo que corría el rímel como una lágrima negra. A pesar de todo. A pesar de que el viento de levante volara por las calles las páginas de los periódicos que descubrían frescos frutos maduros y rosados en las cajas de rejilla de los mercaderes, que levantaban sus puestos en la Avenida de la Fama a las seis de la mañana de aquel jueves 19 de junio de 2014.

A pesar de los árboles vistos por primera vez. Aquellos cedros del Líbano en octubre en el Paseo de Juan XXIII. A pesar de la paideia en Filosofía de la cultura y Cómo hacer cosas con palabras de Austin en Epistemología de la comunicación. A pesar de los despistes en la compra de los primeros billetes de metro en Metropolitano, que ahora se llama Vicente Aleixandre. A pesar de pasar todos los días por aquella casa blanca y desconchada de Velintonia 3, en soledad y llena de aire puro, sin saber todavía qué poeta premio Nobel la habitó. A pesar de todo. A pesar de que —en esa clase para veinte, en esa facultad, en ese recinto que ya no existe allí— un profesor leyera un fragmento de un reportaje de la periodista argentina Leila Guerriero, moldeando las palabras con la mano como una batuta de director de orquesta: «—Los huesos de mujer son gráciles. Y es verdad, los huesos de mujer son gráciles». A pesar de que en ese momento los agapornis cantaron con ímpetu, la tarde relumbró con un vívido destello naranja a través de los ramales y de las copas humildes de aquellos cedros gigantes desde la ventana, y se encendió una hoguera de bojas en la garganta. A pesar de la mañana entera al día siguiente en Cuatro Caminos, en busca de Una historia sencilla. A pesar de las noticias, el recordatorio de la crisis, el desempleo juvenil, la prima de riesgo, la corrupción, y una amenaza frugal llamada ébola. A pesar de los largos paseos del otoño por una ciudad tan inabarcable y sentir con Ramón Gómez de la Serna que «Madrid es meterse las manos en los bolsillos como nadie en el mundo».

A pesar de El público de Lorca y los hombres-caballo en el Teatro Real. A pesar de aquel crítico que se perdía entre la niebla de Metropolitano un anochecer de marzo de 2015. A pesar de que lo habían despedido de su periódico. A pesar de la pregunta: ¿cómo se ataja la vida teniendo que dejar de escribir de lo que uno más ama después de treinta años sin interrupción? A pesar de su advertencia, pocos minutos antes en su clase de crítica de música clásica: «No será fácil, muchachos. No querrán saber de vuestras palabras». A pesar de todo. A pesar de la visita a Federico Delibes. A pesar de la revelación de esa carta de 1948 a su hermano Miguel desde Barcelona, con los pormenores inéditos del fallo del Premio Nadal aquella noche de Reyes en el Café Suizo. A pesar de la ilusión de ir leyendo una copia durante el viaje en metro y sentir el corazón en las manos como ascua palpitante. A pesar de la desilusión que se repartía por el cuerpo como migajas de ceniza cuando a nadie parecía arderle las entrañas.

A pesar de las prácticas en aquella redacción de dos mesas en un bajo de la calle Argumosa, que ya tampoco existe allí. A pesar de pensar: ¿qué será de aquel buen hombre llamado Manolo que era portero del edificio y deseaba jubilarse para volver a su pueblo de La Mancha con su hermana? A pesar de La Libre y las infusiones del alma. A pesar de la cercanía del tren de Atocha, y del verano y de ese rosal naciente que punchaba de nuevo con la duda existencial sobre el futuro. A pesar de reprimirla empleando una mañana de sábado en busca de Los adioses de Onetti en una estrecha librería de viejo y mesa camilla en Antón Martín. A pesar de la fotografía La pompa de jabón de Coburn en la Fundación Mapfre. A pesar de la caída de la tarde en el cine Princesa y los paseos de mutismo de vuelta a casa. A pesar de aquellas mañanas de soledad en el médico de la calle de Quintana con Pura alegría entre los informes del endocrino, y aquella clase de escritura en la cafetería de la calle Valverde. A pesar de la graduación en la rasa tarde de junio y la claudicación de un máster en un ventorrillo de Lavapiés con varios brindis de mistela.

A pesar de septiembre y la vuelta al sur. A pesar del tiempo amarillo en el archivo del Almudí, la calle mora de González Adalid, las páginas blanquinegras de periódicos de los años cuarenta y cincuenta en Din A-3, y el arranque de una tesis y de unos recuerdos de un par de años atrás: la vuelta circular a las noches de naranjos de Vistabella y aquel piso de la calle General Yagüe; los papelorios como alfombras por todos lados, como hojas caducas que exorcizaban definitivamente el espíritu de ese periodista literario, que era un «esclavo de la pluma». A pesar de volver al pueblo después de cinco años. A pesar de todo. A pesar de las luces mortecinas de las farolas de diciembre y de la enredadera política de 2016. A pesar de las ratas que corrían en la buhardilla de la casa vieja de la calle Botero.

A pesar de aquel cuento de Borges titulado Emma Zunz en Metodología de la Investigación. A pesar de los microfilms y las yemas de los dedos untadas de escarbar páginas viejas y polvorientas. A pesar de la nieve de enero, la noche lluviosa de Murcia y el reflejo del entramado eléctrico en los charcos de aluminio de la Plaza Belluga. A pesar del perezoso avance gris de esa mañana de 2017 en el salón de grados Jorge Guillén de la universidad y el radiador roto. A pesar del frío propicio de una defensa, como el de una sala de disecciones donde al fin se aportaban palabras antiguas, sinónimos, ironías, crónicas y «joyas del periodismo literario» de aquel periodista que escribió estos versos: «Dirán que es necesario repetir el análisis / Doctor, mejor me fuera repetirme la vida».

A pesar de los trabajos de paciencia y otros estudios de otras ramas de lo nunca pensado. A pesar de que en medio del pasadizo se encendían velas ambarinas de refugio y aliento: La utilidad de lo inútil y Clásicos para una vida de Nuccio Ordine. A pesar de todo. Y a pesar, en fin, de que llegara un nuevo junio y 2018 y un alborear rosicler, esa mañana tan esperada, entre la pelusilla blanquecina del albaricoque búlida, imborrable en el tacto de las manos, y el sudor frío en las espaldas de una ducha fugaz. A pesar de la pequeña oficina en aquella cuestecita de la calle de la Iglesia en la que no se tuvo que hacer cola, y a pesar del cartapacio bajo el brazo que pregonaba la síntesis de toda una historia, y a pesar de lo que ya todos sabían desde el principio que había que decir un día, lo que ya todos esperaban desde tiempos remotos que se dijera: «Vengo a darme de alta».

Y a pesar, y a pesar de todo.

Del devenir de las cosas, que regresan a su origen. Del mediodía lluvioso de abril de 2020 y el artículo en El País de Carmen Pérez-Lanzac, titulado La generación arrollada por dos crisis, donde cita las palabras del profesor Esteban Sánchez: «“[Esta generación] está atrapada por la crisis económica de una manera biográfica. (…) En el peor escenario, esta generación será la de las tres crisis: la gran recesión de 2008, la crisis del coronavirus y [si todo va mal] la recesión económica de la covid-19. Están marcados por la incertidumbre”».

Y a pesar de que era realmente cierto. El cierre de fronteras, la agonía de la globalización, la generación de la Expo del 92 y su fatum inexorable y paradójico de una vida peor que la de sus padres.

Y sin embargo, lo que más dolía de 2008 era el poema veinte de Pablo Neruda. Era la noche estrellada y eran los astros a lo lejos. Era el corto amor y era el largo olvido. Aunque ese fuera el último dolor.

A pesar de que ahora, «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

 

 

 

 

 

 

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