Los delitos de cuello blanco también pueden ser crímenes contra la humanidad

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¿Hubiera sido necesaria una intervención militar en Libia si los bancos occidentales se hubiesen rehusado a trabajar con la plata de Gadafi? Esta oportuna pregunta se la hace la ONG británica Global Witness. Lo leo en Página 12, en el reportaje de Eduardo Febbro “La ruta del dinero”: cuenta que cada año entre 20.000 y 40.000 millones de dólares salen ilegalmente de los países en vías de desarrollo; en su mayor parte, se trata de dictadores como Mubarak, Gadafi, Omar Bongo o Jean-Claude Duvalier, que amasan sus fortuna robándole a su pueblo y las reciclan luego en los discretos bancos en la sombra (‘shadow banking’) europeos. Ahora, tal vez, las revueltas árabes podrían tener como inesperado efecto secundario dar un vuelco a estas oscuras rutas del dinero, porque, como ha dicho el presidente de Transparencia Internacional, “en tres semanas se ha recorrido más camino que a lo largo de quince años”. A Gadafi y a cinco miembros de su familia se les ha bloqueado 1.500 millones de dólares. Es sólo una décima parte de su riqueza, pero es un comienzo.

 

“El dinero no tiene olor. Salga de un prostíbulo, de un paquete de cocaína, de los circuitos encorbatados y sucios del sistema financiero internacional o de la sangre de los pueblos oprimidos por los déspotas del mundo, el dinero siempre llega limpio al mismo lugar: los bancos”, concluye Febbro. Falta por ver si, de una vez por todas, los países europeos, esos mismos que se apropian de la bandera de la ética y los derechos humanos, comienzan a poner coto a sus instituciones bancarias, comenzando por Suiza y Londres. Porque, como dice Febbro, sin su complicidad no podrían sostenerse estas dictaduras. No se han manchado las manos, sus delitos son de cuello blanco, pero estos banqueros han cometido crímenes de lesa humanidad.

 

Y si hablamos de casos antológicos de la hipocresía global, cómo no hablar de las agencias de calificación de riesgo. Leo en El País que los jefes de Moody´s han salido de la crisis que ellos mismos provocaron con sueldos récord. Su presidente, Raymond McDaniel, cobró en 2010 9,15 millones de dólares, un 69% más que el año anterior; otros cinco directivos se repartieron veinte millones de dólares, con aumentos que rondaron el 60%. Y eso que hasta el Congreso de Estados Unidos escogió a Moody’s como caso de estudio para ilustrar los “fallos abismales” de las agencias, sin los cuales la crisis financiera internacional simplemente no habría ocurrido. Que te paguen nueve millones de dólares anuales por provocar la mayor hecatombe de la economía mundial desde la Gran Depresión no deja de tener miga.

 

El colmo de los colmos. No es nada nuevo, que ya hace tiempo que se vienen sumando descaradas bofetadas a los ciudadanos de bien a escala planetaria. Pero, como nos dejamos hacer, ahí siguen, campando a sus anchas, y cada vez con más descaro. Lo que yo me pregunto es: si la Moody’s y la Standard & Poor’s dieron la máxima calificación a entidades que quebraron en 2008, si es un lugar común decir que la credibilidad de estas agencias está en entredicho, entonces, ¿por qué sigue siendo dramático para un país o una empresa que le rebajen su calificación? ¿Por qué la bajada de rating aumenta automáticamente el precio de refinanciación de la deuda? Y, si el mundo financiero está así de loco, tampoco entiendo a qué están esperando nuestros políticos para poner freno a tanta sinrazón, como pide en este artículo Javier Ayuso. Mientras Emilio Botín le pide a Zapatero (que también manda bemoles) que no hable de su sucesión, la Moody’s ha rebajado la calificación de buena parte de los bancos y cajas españolas, argumentando que el Estado español tendría ahora menos capacidad para un rescate masivo.

 

El emperador está desnudo. Hay que seguir recordándolo hasta que no puedan seguir haciéndose los sordos. Hay que gritarlo en la calle, en los bares, las facultades, en las radios y las redes sociales. La cuerda se tensó demasiado. Soplan vientos de cambio y las mujeres y hombres de mi generación comenzamos a entender que somos los principales responsables de promover y definir ese cambio. ¿Por qué no comenzar por aquí? ¿Hasta cuándo la gran estafa global de los paraísos fiscales y los banqueros sin escrúpulos?

 

Se me viene a la cabeza la sentencia acotada en la contraportada de Ricardito, una antología poética que encontramos en la interesantísima Casa Dadá en Córdoba, Argentina. Decía así: “Sería lindo, pero hay que hacerlo…”

 

¿Y si nos ponemos manos a la obra?

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.