Los deseos incumplidos (Opus argentino 2)

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Un alto en el campo, pintura de Prilidiano Pueyrredón (1861). Colección Museo de Bellas Artes de Buenos Aires.

¿Y yo qué hago acá?

Así como cuando se despierta la China Iron (Josephine Star Iron) en la carreta de Liz, enmedio de la pampa, huyendo de Fierro, de la pobreza.

Qué hago acá, pienso yo.

Ya nos toca, me dijo ayer un amigo, que ha sufrido también esto de empezarlo todo de nuevo, de la distancia. Hay un rastro de aventura, es verdad. No todo es desgracia ni llanto. Qué va. Ahora toca detenernos. Disfrutarlo.

Hoy recordé el calor intenso que me envolvía cuando dictaba una clase. Los nervios, el sudor, la palpitación. No sé cómo se fue. Hoy puedo pararme y hablar sin transpirar. Y seguir hablando. Un vaso de agua me permite no perder la voz de tanto usarla.

La novela de Cabezón Cámara recrea el mundo de Martín Fierro desde la mirada de su mujer, una niña de 14 años que escapa de él, de la miseria, de la pampa.

Un juez, el que tomó mi juramento –a mí y a otros tantos– en una oficina despintada de Long Island, dijo que este país se iba a la mierda sin los inmigrantes. Derecho a la mierda (o algo así), dijo él. En lenguaje jurídico, claro. Que su padre le enseñó eso y él nos lo decía a nosotros. Para que nos sintamos parte del proyecto. Proyecto USA.

Desde entonces he pensado un tanto en la pertenencia, en las raíces. En lo que me repetía mi madre: nacemos solos y nos morimos solos. Desaparecemos: como todo lo que pasa por este camino. Dos nacionalidades y dos lenguas no te van a salvar.

Gabo Ferro cantaba: Yo soy todo lo que recuerdo. Y ese canto se me ha quedado grabado.

Tal vez por eso algunas noches, me levanto y garabateo los sueños. Para no perderlos. Esos sueños que a Dolores Reyes, según dice, le dictaron toda la novela Cometierra.

Qué sé yo si Ferro sabría algo de eso cuando escribió la canción, antes de que se lo llevara el cáncer. Qué sé yo si Reyes escuchó a Scorsese hablando de la invención del cine, de la importancia de haber preservado Vértigo, de la luz y la magia de George Meliés y de Hitchcock, en una conferencia que dictó luego de filmar Hugo (Que trata de todos esos temas. Y más)

Qué sé yo.

Esta mañana leí la novela de Cabezón Cámara y pensaba en lo importante que resultó meterme en esa sala de Bellas Artes en Buenos Aires y encontrarme de golpe con las obras de Pueyrredón y Cándido López. Algunas de las pinturas con el pasto, el ganado, la guerra de la pampa, me parecía que conversaban con la película Apocalyspe Now.

Fue también trascendental una mañana de verano con sol, en Long Island, cuando leí Martín Fierro mirando el mar, de un tirón, descolocado.

Pensaba en eso también mientras leía anoche Los románticos eléctricos. Dice Vera:

El mundo/lo que es/ y no lo que debería de ser,/se muere/ lentamente como nosotros.

Hay días en que todo eso me resbala, no me toca. Otros en que se me mete en la cabeza y ahí retumba. Como si no fuera parte solo de este proyecto colectivo, sino también de una novela y un poemario lleno de gauchos, de universos nuevos y deseos incumplidos.

Este es uno de los poemarios más notables escritos desde la experiencia del inmigrante en los Estados Unidos. Los románticos eléctricos (Nueva York, 2020) es una joya.
Invernada del ejército oriental, 5 de abril de 1866 (1887-1902). Pintura de Cándido López. Colección del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires.

 

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