Los días grises

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Los días grises no son todos iguales.

No es el gris un solo color en la paleta del calendario. 

Hay cielos grises con su toque de azafrán por el horizonte.

Hay grises con vainilla y grises de albayalde,

que anuncian el regalo de una mañana brillante;

hay grises lluvia y grises tormenta; así como grises viento,

en los que las partículas del aire pueden hasta vislumbrarse.

Hay grises pizarra, que reflectan un plata podrido,

y grises aleación de mercurio: el sol los mece en su palma.

 

Existen grises violetas y grises perdidos en lontananza.

No es el mismo el gris del mediodía,

que el perezoso y anciano gris del ocaso.

No es igual el gris del cielo mesetario,

que el gris perla de la costa mediterránea,

ni el gris friolero y azulado del Atlántico.

 

Diferente resulta el gris piqueta de alta montaña

-donde reinan las aves rapaces- que el gris de los valles.

También existe un gris agrietado, por el que se cuela

el sol en su vana reconquista del aire.

En las transiciones se forma un gris de espera,

que no se sabe si será gris plomo o gris alambre.

 

De pronto, una puñalada de sol fulmina el reino de los grises,

y el cielo se torna nácar incandescente, espejo de plata brillante,

con sus rayos tan cegadores como irreparables.

¡Qué corridas de toros juega el sol con nuestras pupilas!

Lancea, abanderilla y pica con luz de acero,

sobre los globos solarizados de nuestra vista.

¿Será grisácea la ceguera, en vez de negra?

 

 

Foto: Gabriel Faba

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