Los días perfectos (Jacobo Bergareche) y la infatigable aparición del óxido

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Es de un álbum suyo que se llama Rust Never Sleeps. El óxido nunca duerme. El tipo lo tomó prestado de un anuncio, era el eslogan de Rust-Oleum, un fabricante de productos químicos para proteger contra la voracidad de ese óxido insomne e infatigable a coches, barcos, todo tipo de vehículos metálicos. En el garaje verás que tengo decenas de aerosoles y lubricantes de esa marca, tienen pinturas hasta para tubos de escape que aguantan temperaturas infernales. Estaría bien haber descubierto a tiempo el potingue que había que echarle a lo nuestro para haberlo prevenido del óxido.

El proceso de corrosión de los metales, su oxidación, es un fenómeno termodinámicamente inexorable, que solo es posible retrasar. Es algo parecido al envejecimiento. Me gusta el eslogan El óxido nunca duerme porque nos da idea de que por muchas maneras que intentemos sujetar y retrasar su aparición, el óxido sigue ahí como un pelma ineludible, que insiste en visitarnos. Qué degradación y qué humillación para un metal brillante y bello verse convertido en virutillas débiles y miserables. La única causa noble que se me ocurre para los óxidos es la del óxido de hierro, que da el color característico al albero de plazas de toros y pistas de tenis.

Hay múltiples maneras de luchar contra la corrosión, desde proteger el metal con pintura hasta una conocida como el ánodo de sacrificio, en la que se coloca al lado del metal a proteger otro metal menos valioso y más propenso a oxidarse, de tal manera que el aire y el agua se van a por él, y este metal poco valioso se sacrifica. Este es el método con el que protegen los oleoductos enterrados o sumergidos

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