Los efectos adversos de las noticias

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La información de salud tiene dos grandes peligros que todo periodista especializado intenta (o debe intentar) evitar: generar expectativas falsas o exageradas y alarmar inútilmente a los lectores. Pero hay un tercer riesgo que no depende tanto del periodista sino del lector o espectador de la noticia. Se trata del efecto nocebo. Aunque este término no aparece en el diccionario de la Real Academia y su popularidad está eclipsada por la de su compañero el efecto placebo, no debería ser minusvalorado.

 

Se denomina efecto nocebo (termino latino que significa “te haré daño”) a la aparición o exacerbación de síntomas de una enfermedad por las expectativas que tiene el paciente de que un determinado tratamiento le va a provocar efectos negativos en su salud. Y en esas expectativas las informaciones previas que haya recibido de su médico pero también a través de los medios son fundamentales.

 

Un estudio alemán ha mostrado cómo las noticias sobre el supuesto efecto perjudicial de la radiación procedente de teléfonos móviles o redes wifi pueden llevar a algunas personas a desarrollar síntomas reales como dolor de cabeza, problemas de sueño o estrés. La investigación dividió a los voluntarios en dos grupos. En el primero los participantes vieron un documental de la BBC sobre los posibles peligros para la salud de las antenas de telefonía móvil y la tecnología wifi, mientras que el segundo leyó un informe sobre seguridad en Internet. A continuación, cada voluntario fue llevado a una habitación con “wifi amplificado”, aunque en realidad no estaban recibiendo ningún tipo de ondas. Sin embargo, la mayoría de los sujetos del primer grupo relató haber sufrido hormigueo en los pies y las manos, dolor de estómago y dificultad para concentrarse. No obstante, el estudio observó que los síntomas eran más frecuentes en personas con mayores niveles de ansiedad. Asimismo, en algunos sujetos se produjo un efecto de refuerzo negativo: estaban ya predispuestos a la aparición de esos posibles síntomas y por tanto más vigilantes ante cualquier cambio o sensación que sufrieran en su organismo, estuviese o no relacionado con las redes wifi.  

 

Es en este punto donde los periodistas que escribimos sobre temas relacionados con la salud tenemos que pararnos a reflexionar. Una información sustentada en datos contrastados pero que evite caer en el sensacionalismo y el alarmismo puede ser menos llamativa, pero cumplirá su principal objetivo, informar (y formar) al lector, oyente u espectador.  De lo contrario sólo conseguiremos confundir y asustar inútilmente a la población. Como intermediarios entre la sociedad y los médicos y científicos debemos contribuir a facilitar el entendimiento y a establecer una relación de confianza con el público. Y eso sólo lo conseguiremos con una información clara, comprensible y procedente de fuentes fiables y de prestigio. Por supuesto, eso no implica ocultar todos aquellos hechos o datos que puedan causar alarma, sino explicárselos a nuestros lectores sin caer en el amarillismo. Como siempre, en el equilibrio está la respuesta.