Los fantasmas azules de Paula Farias, La tentación de hacerse invisible

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Para salir, para sacudirte la mirada del otro, para llegar adonde no eres, a veces, hay que ir por caminos sin GPS. O incluso se tiene que atravesar la larga noche de un secuestro, una convalecencia, un confinamiento solitario, o ser cubierta por un burka. Una vez allí, en tu “no ser, ¿qué ocurre?” Estamos ante una historia de un ser humano que transita en la frontera frágil que separa su liberación interior de su dilución. Esto último, con el estricto significado de “hacer que algo pierda importancia o intensidad hasta no poderse percibir”.

Tras una decepción amorosa, María, una periodista madrileña, acepta viajar como corresponsal a Afganistán, donde tras varios meses, desaparece. O eso parece. Para mimetizarse con el resto de mujeres del país, se ha cubierto con un burka azul. Ya es un fantasma más, en un país repleto de ellos, ellas. Pero allí, dentro del burka, sucede algo, una especie de liberación paradójica. Una historia que sólo se puede contar a través de la literatura.

Antes de todo estuvo Ulises, que vive en Madrid y no hace honor a su nombre. Es más bien la excusa para que otros viajen y salgan a descubrirse en esta segunda novela de Paula Farias, una médica que lleva la literatura en la sangre, publicada por AdN.

Ulises es casi nadie, pero le ha roto el corazón a María, lo que la lleva Afganistán. Y ahí entra la historia en un terreno conocido por Farias, el de los países en conflicto, o en crisis humanitarias. Y por supuesto el terreno implica salir de tu ciudad, con la posibilidad indecible de no regresar nunca. El “terreno” es un término que engloba todo y nada para un cooperante o una médica humanitaria. El terreno es el nombre de todos los países que se diluyen en esa palabra. Y es lo mismo que ocurre con los personajes de Farias. Se diluyen al salir del barrio conocido, al que algunos siempre quieren volver para tratar de contar sus hazañas. Pero ¿cómo, con qué lenguaje, traducir el olor a pólvora, el miedo, la adrenalina, presumir con los de siempre, en el bar del pueblo, hasta darse cuenta que se está hablando en un idioma para el que no hay traducción? Todas esas sensaciones que Farias cuenta en “Lechos de perejil”, una canción de su autoría.

Por ese mismo terreno (entonces eran Los Balcanes) transitaron los personajes de su anterior novela, Dejarse llover. Muchos aún recordarán la adaptación cinematográfica que hizo de esa historia Fernando León de Aranoa con la magnífica interpretación de Tim Robbins, Olga Kurylenko y Benicio del Toro, con el título de A perfect day.

En aquella novela, Farias nos narraba el proceso en que un grupo de individuos totalmente disímiles consiguen conformar un equipo humano para responder coordinadamente ante una tarea concreta, urgente, que no admite dilación. El engranaje es posible a base de renuncias y fricciones, y sobre todo gracias a un instinto humanitario común.

En esta nueva novela, sin embargo, varios personajes buscan a María por Afganistán, siguiendo motivaciones diferentes. Y ella se ha diluido bajo un burka que, más allá del símbolo opresivo que representa, le abre una oportunidad para ser invisible. Eso le otorga dos ventajas: poder observar un mundo vetado a la mirada del hombre, que narra con píldoras para su diario en Madrid, bajo el título “crónicas de la cebolla”; y volverse invisible.

Hasta entonces, la vida de María, en Madrid, había transcurrido totalmente condicionada por la mirada de los otros. Y todos sus actos, su cotidianeidad dependían tanto de ello, que había perdido la noción de su propia identidad. Ahora, al volverse invisible en un universo de fantasmas azules (en lo que parecen transformarse muchas mujeres cubiertas con burkas en medio de la sociedad tradicional afgana), paradójicamente se libera de la mirada del otro, y en palabras de la autora “se le va la mano”.

Ante un hecho disruptivo y brutal que descarga, a la fuerza, al personaje de la mirada ajena, puede aparecer la tentación de tomarle gusto a diluirse, a volverse invisible. Y una vez, logrado, adquirir ligereza, levedad. Un viaje interior arriesgado, si no se llevan algunas certezas.

Y aquí es donde está, creo, la virtud de esta novela: en el formato elegido para contar ese viaje a la levedad de la protagonista, en medio de un mundo de miradas pesadas. A base de capítulos breves, de pinceladas, la historia se desliza moldeada por el lenguaje lírico de la autora para ir de dentro hacia fuera de los personajes. Algo que también está enraizado en el otro oficio de esta escritora médica, o médica escritora: la aproximación a la barbarie desde la ligereza, sin dramatismo. Es lo que los humanitarios, que les encanta insertar términos anglosajones en sus discursos, llaman el approach. Algo que vale para corresponsales de guerra y que es la necesaria coraza, el distanciamiento ante hechos cuyas razones no caben en el corazón.

Paula Farias nos lleva a Afganistán, bajo la mirada de una mujer que se vuelve invisible junto con el resto de la población femenina de ese país, y bajo la de personajes que actúan por el peso de los prejuicios y estándares ajenos. Unos tratan de medrar; otros de justificar su propia historia. Todo se disuelve, hasta el Ulises que causó un corazón roto.

Se trata de una narración de viajes interiores de seres que se mueven entre “lo bárbaro y lo poético” como la misma Farias expresa. Diría San Juan de la Cruz, un patrón de invisibles, que “Para ir a donde no eres, has de ir por el camino de tu no ser” y que “para llegar allí, hay que ir por un camino donde no existe el éxtasis”.

Como se sugiere, se trata de un relato de profundis, que deja en el aire muchas incertidumbres. Hay personajes y diálogos que dan mucho juego y que podrían haberse extendido, a riesgo de perjudicar el formato y el estilo seguido a rajatabla por la autora. Quizá esa contención ha reducido la huella de fragmentos que destellan, como Mr. Marta, esa mujer que tuvo que recurrir a un tercer género para poder moverse en un mundo donde el poder está concentrado en los hombres. Un mundo donde existen los Bacha Posh, esa tradición afgana por la que las madres que sólo dan a luz hijas, deciden convertir a una de ellas, prácticamente, en hombre para poder sobrevivir. Las “crónicas de una cebolla” que escribe María para su diario dan también mucho juego como para haber incluido más piezas.

En la búsqueda de la levedad, la novela se nos acaba un poco pronto. No desvelaremos aún si María es encontrada. Más allá de ese pero, se agradece el lenguaje cuidado que en historias breves debe funcionar a la perfección. El padre de Paula, Juan Farias, que fue conocido en vida por sus obras de literatura infantil y juvenil, como Gallego a la orilla del mar, fue también un cuidador de palabras, un medidor de frases. Esa mirada paterna, que ya no es la del otro, se ha quedado también en la pupila de Paula, que escribe aún con el temor de no abrumar, con el mismo temor del expatriado que vuelve y no quiere caer en la tentación de contar batallitas. Pero lo suyo va por otro lado, “va por dentro”, como diría Juan Ramón.

Quizá haya más historias por contar de algunos de esos personajes de Los fantasmas azules. Su autora, que los ha vivido allí bajo un burka, nos las debe.

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