Los fontaneros del poder

Donde se reconoce fascinación por los hombres grises, tan sórdidos como literarios, de nuestros grandes personajes políticos

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No hay que ser Shakespeare, tampoco Aaron Sorkin, para fascinarse con las luchas de autoridad. Hay algo trágico, de obra barroca, en ángeles caídos que se derriten como figuras de cera al tocar ese fuego abrasador que es el poder. La reciente pugna del PP, la anterior de Podemos o la ya olvidada del PSOE nos traen decenas de arquetipos, de Césares, esperando a sus particulares Brutos con esa puñalada que esconde tanto la ambición como el ego desmedido.

Un escritor, lo hemos visto, es su tono y querría yo tener ese estilo intempestivo, de tenor dramático, de alguno de mis columnistas favoritos. El problema es que el vestido es menor al sastre y más que necesitar un gran dramaturgo todas las pugnas de los partidos españoles son más propias del tebeo Iznogud escrito por René Goscinny y dibujado por Jean Tabary. Todos, así, quieren ser “el califa en lugar del califa” y viven su vida de conspiración en conspiración en un sendero sinuoso a un seguro triunfo (o, más bien, a un fracaso estrepitoso).

Desde luego, cómo somos los periodistas

Me encantaría, ya digo, hacer una de esas piezas que glosaban los periódicos en los 90, firmaban casi siempre Pedro Jota o Jesús Cacho, pero mi naturaleza tiende a fijarse en los personajes mediocrones, los enanos; aquellos que suben en el escudo al nuevo líder de la tribu (¡y esa es otra mención a mi idolatrado Goscinny!). Tengo pasión, así, de investigar al pelota mezquino, al miserable con antiparras, al que busca cortar con un serrucho al suelo al viejo líder como método de promoción para llegar a la planta de caballeros del partido. ¡Es tan incómodo seguir en la de fontaneros! No se sale en los periódicos, las chicas topolino no se suben en tu Vespa y solo queda la palmadita en la espalda de cualquier abigotado líder superior.

«Busca solteros en tu zona…»

Los subalternos, estos sempiternos Jack Lemmon que alquilan apartamentos para la canita al aire de un representante de cementos Portland en la Bulgaria postcomunista, son una de mis inveteradas pasiones. Criaturas sórdidas con demasiado que contar, sueño con una entrevista a Carromero en un billar al lado del Bernabéu donde me diga el número de Fantas que Pablo Casado pagó en su colegio mayor, también ideo en mi cabeza un gran encuentro  con Ramón Espinar donde narre con más pelos que señales (¡jaja!) todas las amantes de Pablo Iglesias en el Lavapiés profundo y, por supuesto, vendería mi alma al diablo porque José Luis Ábalos me contara sus fiestas socialdemócratas en algún chalé perdido de Zahara de los Atunes con las tres p: putas, paella y ponche.

«No hay nada más ridículo que un hombre en celo» Yukio Mishima

Pero, ay, no lo harán: porque los fontaneros arreglan tuberías de los poderosos en silencio y su único valor es el de ejercer de petimetres de esos grandes artistas que son los políticos. Podrán comprarles la caja de pinceles, ofrecerles un gran lienzo e incluso decir cómo dibujar una mano. Pero una vez el César, solo él, les baje el pulgar su suerte acabará.

«Algún día seré como ella…y me pondré pelo turco»

Solo así descubrirán la suerte fatal de su existencia: ser devorados por otros leones más fieros que ellos. Perdón, leonas…

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