Los genios también lloran

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Hacía mucho que no aguantaba tanto tiempo frente al televisor. Ocurrió el pasado viernes por la noche, mientras la 2 de Televisión Española emitía dos hipnóticos documentales sobre los reveses de dos genios.

 

El primero, The Agony and the Ecstasy of Phil Spector, de Vikram Jayanti, una crónica a dos bandas sobre el proceso judicial del gran productor y compositor norteamericano, acusado –con muchas dudas–  de asesinato en 2003 y finalmente condenado en 2009 a diecinueve años de cárcel.

 

El segundo, quizás más tramposo pero igualmente perturbador, Lost in La Mancha, de Keith Fulton y Louis Pepe, el relato de las vicisitudes que frustraron en 2000 el rodaje de la entonces esperada película de Terry Gilliam sobre el Quijote, una suerte de como-no-se-hizo que vacía de todo glamour el proceso de hacer una película, convertido aquí en una patosa sucesión de contrasentidos gafes.

 

Desde planteamientos completamente distintos, ambas películas inciden en lo mismo: la fragilidad de los entramados -personales y logísticos- que rodean y soportan la creación artística. En la película de Jayanti e intercalados constantemente con las imágenes del juicio, los ojos húmedos e impasibles de Spector retan a un entrevistador que quiere ser complaciente y traducen, sin un sólo parpadeo, la mezcla de arrogancia, lucidez y amargura de un tipo al que han reverenciado las más rutilantes estrellas del rock, que se sabe un artista genial y distinto, pero que a sus setenta años no puede olvidar que su padre se voló los sesos cuando él era un niño y que probablemente está a punto de ir a la cárcel.  

Gilliam es un tipo completamente distinto a Spector. Nada de fragilidad chic, ni de excentricidad warholiana. El director inglés tiene aspecto de hooligan culto, sanguíneo y extrovertido, una locomotora brillante con fama de arrasar rodajes y presupuestos, pero con talento y energía a prueba de fracasos. Sin embargo, en el documental, Gilliam y su equipo son una caricatura, una patética comisión de festejos de pueblo intentando que el tiempo y el lumbago del alcalde no les joda la verbena. Hasta el glamouroso Johnny Depp parece un erasmus guiri que pasaba por allí. A lo largo del metraje, la actitud optimista y aguerrida del director, su adicción a los desafíos imposibles, se va diluyendo en una suerte de mosqueo terrenal ante la convicción de que el éxito no es sólo una de las muchas opciones, sino frecuentemente la menos habitual.

 

Como buen mitómano que soy, no me conformo con disfrutar y admirar la obra de mis ídolos. Necesito indagarles, bucear en sus vidas, sorprenderles recién levantados, hurgar sus cajones. Quiero saber cómo es el día a día de la gente cuyo trabajo he decidido adoptar como modelo. Hay quien teme hacer esto por miedo a descubrir sombras o vacíos, pero a mi es lo que me gusta. Me alegra saber que nadie es perfecto, que las mezquindades domésticas, los claroscuros cotidianos, la angustia de levantarse cada mañana, no impiden crear cosas memorables, que la genialidad no es un paraíso sino un edificio levantado sobre partes iguales de prodigio y vulgaridad.