Los Hamptons

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East Hampton es un pueblo de granjeros asaltado por los turistas, transformado por los visitantes en una pequeña ciudad de mansiones, clubes y playas de acceso restringido. Montauk es un pueblo de pescadores a quienes les cantaba Billy Joel. Estos pueblos, además de Bridgehampton, Southampton, Sag Harbor, Amagansett y otros asentamientos más pequeños, es el área de veraneo de quienes hicieron el dinero en Manhattan y desean distraerse en el verano. Más del cincuenta por ciento de sus residencias no son primarias sino casas de descanso que sólo se ocupan en los días festivos y principalmente entre junio y agosto. Hay sol, hay olas, hay una tonelada de arena que separa la ruta 27 del Océano Atlántico, siete reservas naturales que distancian a las casas de sus bahías (Napeague y Gardiners) donde los habitantes todavía pueden sacar almejas del fondo de la bahía, pescar con una caña desde las puntas rocosas, remar parados sobre una tabla o sentados en un kayak, entre gansos, patos, cisnes y otras aves que pueblan los muchos espacios protegidos, la región no civilizada de los Hamptons.

 

La familia de mi esposa solía venir cada fin de semana, allá a principios de 1980, desde su suburbio de inmigrantes italianos,  con una camioneta sobre la que montaban una casa rodante. Acampaban en la arena del canal Shinnecock el sábado y regresaban a casa los domingos por la noche. En la punta de Long Island el espectáculo del océano por la noche se combina con la observación de los muchos faros que orientan a los pescadores, con la plácida vida salvaje que merodea por las arenas y los árboles: pavos, venados, tortugas. Hay alguna tierra ganada al agua. Hay molinos de viento sembrados en las entradas de los pueblos, como reliquia de la vida más apacible de los primeros asentamientos de europeos, allá por los años 1600.  

 

En algún momento fue paraíso de los balleneros, una industria que enriqueció  a los residentes, de quienes uno de sus vecinos,  escribió en Moby Dick. Los turistas llegaron con la extensión del tren. Ellos solían irse a Montauk, pasaban de largo toda el área para acomodarse en los moteles de verano sobre la arena del océano. Las granjas de East Hampton empezaron a lotizarse, cerca de Napeague y Gardiners, cerca del mar y mi suegro pensó en mudarse. No era tan descabellada la idea de abandonar el influjo de la ciudad, podía comprarse un pedazo de Hamptons y vivir allí. Lo hizo. Su hermano lo convenció de levantar su propia casa. Consiguieron las tablas y los fierros, diseñaron los espacios donde mudaría a su familia, una casa con garaje que serviría para su negocio de calefacción y aire acondicionado. Toda la tropa familiar venía a ayudarlo, bulliciosos italianos. Los fines de semana ya no se vivían sobre la arena, sino en este pedazo de tierra donde una casa comenzaba a aparecer.

 

Hoy, cada tarde, aparecen los venados en la casa. Es una madre y su cría. Se alimentan con los desperdicios orgánicos que mis suegros les dejan sobre el jardín. A la pequeña cría todavía le tiemblan las patas mientras devora una cáscara de sandía o restos de berenjenas. Las manadas de venados se mueven por las tardes. Caminan en grupos, pastando en los jardines de las residencias sobre las colinas frente a la bahía, mientras el sol se pone y los pinta de naranja. De vez en cuando, al borde de los caminos, aparecen las puntas de las orejas de los conejos salvajes, atentos entre la grama. Es común ver manadas de patos, de gansos en el cielo. A veces los cisnes se deslizan con lentitud sobre las aguas de la bahía.

 

Los turistas desordenan el verano. Aún más las celebridades, a quienes los residentes pretenden detestar. Los autos y los tablistas se aglomeran por las calles estrechas de Montauk, entre sus moteles de playa y las boutiques de Amagansett. Por allí encontramos hace unos días, con mi suegra encandilada, a Paul McCartney. Le di la mano porque parecía ser lo correcto en este tipo de encuentros. Vestía una camiseta, pantalones cortos y sayonaras. Me recordó aquellas fotos que vi de Los Beatles, muy jóvenes, chapoteando en una playa de East Hampton. Detrás del pequeño restaurante donde celebré mi boda, en Georgica Pond, se alojaron durante dos veranos –como huéspedes de Spielberg– Bill Clinton y su esposa. El juez que me casó, un venerable anciano a quien el invierno le había destrozado la piel de la nariz, me comentó que había oficiado en el ya destrozado matrimonio de Kim Basinger y Alec Baldwin, una de las celebridades locales, quien una vez se paró en la cola detras mío, con la barba crecida y con apariencia de recién levantado, mientras yo intentaba comprar una sopa y un emparedado de mozarella en Luigis.

 

Alguna vez vivieron aquí tribus indígenas. Los colonos ingleses les compraron la tierra por casi nada. El capitán Gardiner, cuyos descendientes llegarían a mezclarse con poderosas familias –una de ellas viviría en la Casa Blanca y casi lo pierde todo por defender a la esclavitud y a los confederados– adquirió una isla grande a cambio de un poco de pólvora y un buen perro. Desde la arena donde sacudo mis sandalias antes de meterme al agua fría de la bahía puedo ver los molinos blancos de aquel gigantesco brazo de tierra que aún sigue en propiedad de su familia: la isla Gardiner. Hay camposantos dedicados a masacres tribales, cuando se peleaban entre ellos disputándose lo poco que les quedaba. En algún rincón de Southampton una reserva indígena vende cigarrillos y licor a los turistas sin carga tributaria. Una escultura del primer Gardiner aún yace sobre la tumba en el cementerio de la ciudad.

 

La historia de esta zona pareciera estar adormecida por el sol y los baños de agua salada. Sin embargo Los Hamptons, como los Estados Unidos, están cambiando. La mano derecha de mi suegro es ecuatoriano. Los mejores desayunos con café se sirven en una casa roja entre los árboles atendida por colombianos. Además del delicioso pan relleno de queso, allí descubrí ese poderoso combinado de tocino, lechuga y tomate al que llaman BLT. Mi esposa me cuenta leyendas de familias mexicanas que han establecido imperios cortando el césped, esculpiendo los setos que rodean las mansiones y diseñando los jardines de flores de las millonarias. Buena parte de los pescadores que se paran sobre los muelles, rompeolas y embarcaderos de la península para probar su suerte al atardecer, son latinoamericanos. Ellos mantienen las casas, atienden los mercados y sus hijos llenan las escuelas. Cuando empiezan a irse a casa las familias blancas, aparecen en las playas los niños que se zambullen en el agua y las muchachas de piel canela que toman el sol hablando en español. Nuestra gente, igual que en Newyópolis, es la columna vertebral  en este negocio de servicios turísticos que es Los Hamptons.

 

Me atrae. No me cansa descansar aquí. Supongo que me ayuda estar acostumbrado a conducir, pues la playa que de niño estableció mi amor por el océano, queda a 7 horas de Lima. Así que cada verano, atraído por muchas de estas historias e imágenes que les he intentado resumir, manejo con frecuencia. Cruzo los puentes desde donde se ve el perfil de Manhattan y atravieso Long Island para llegar a este pequeño hogar, a un pedazo bien conservado de la naturaleza, acá en Los Hamptons.