Los hermanos Tsarnaev y las bombas de Boston

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No sé si es verdad esa máxima que dice que la historia se repite siempre dos veces: una primera vez como tragedia y la segunda como farsa, pero lo que sí parece claro es que lo acontecido la semana pasada en Boston, un episodio más en la larga historia del terrorismo, contiene su componente trágico (por los muertos y los muchos heridos), su drama (la investigación, la búsqueda, el tiroteo, la captura final) y su buena dosis de farsa en todo lo relativo al despliegue policial, a todas luces exagerado, histérico, pavorosamente garrafal.

 

Vayamos primero con los terroristas. No nos engañemos por la Jihad y demás zarandajas. Estos dos jóvenes tienen –tenían- el perfil inconfundible del nihilista ruso de las novelas de Dostoievsky. Podían quizá acudir a la mezquita, invocar a Alá y soñar con la guerra santa, pero en realidad el único motivo que les impulsó a actuar es el mismo resentimiento alienante que anidaba en el alma de Raskolnikov. Si éste mató a una vieja usurera ante la imposibilidad de ser Napoleón, es casi seguro que Tamerlan Tsarnaev se decidiera a despanzurrar vidas inocentes porque se le cerraron las puertas para ser el nuevo Klitschko, el campeón del mundo de los pesos pesados. En cuanto al hermano pequeño, ese todavía adolescente con cara de ángel que yace en una unidad de cuidados intensivos junto a varias de sus víctimas, podría ser el príncipe Mishkin convertido en cualquiera de los muchos endemoniados que pueblan el endemoniado universo del novelita ruso. En un periodo de tanto paro entre la juventud y de falta de horizontes habría que estar muy atento a este tipo de nihilismo destructivo tan bien visto por Dostoievsky o por Conrad en El agente secreto, otro de los clásicos sobre el terrorismo.

 

El presidente de los Estados Unidos se preguntaba, sin encontrar respuesta, del por qué de estas acciones, pero como nos recordaba James Wood, en un artículo extraordinario de 2005, la clave para entender el terrorismo que nos asola puede que se encuentre solo leyendo novelas, cosa que los políticos raramente hacen.

 

Claro que si los políticos leen pocas novelas, me temo que ven, en cambio, demasiadas películas catastrofistas, pues de otra manera no se entiende las medidas que se adoptaron la semana pasada en la ciudad de Boston. ¿Se imaginan paralizar la ciudad de Sevilla o de Bilbao durante 24 horas por echar el guante a un imberbe con un balazo en la pierna y sin cobertura de ningún tipo? De acuerdo que hubo un 11S (como también cayó un meteorito en Siberia que pudo devastar medio planeta), pero no por ello vamos a pensar que mañana se acaba el mundo o que todo demente con una bomba y un fusil automático puede acabar con una ciudad de cuatro millones de habitantes. Si el objetivo primero del terrorismo es causar inusitado terror, debemos decir que estos dos hermanos han alcanzado un éxito insospechado.

 

Algunos dirán que los americanos no están lo bastante endurecidos ante la violencia terrorista y se asustan por cualquier cosa, pero aquí otra vez entramos en los absurdos de la condición humana, pues no hay país occidental donde la gente guste más de las pistolas ni donde haya más asesinatos por arma de fuego. Leo en una rápida batida por la web que solo en 2010 murieron por disparos la friolera de 31.076 personas en los Estados Unidos. Por poner las cosas en perspectiva, en el conflicto de Vietnam, tan terrible para la psique americana, perecieron 58.000 soldados. Y el conflicto duró más de diez años. Comparativamente Boston es una ciudad pacífica y, con todo, conjeturo que los tiroteos cada noche doblarán o triplicarán a los que se oyen en toda España durante una semana.

 

Tampoco se piense que antes del 11S este país no conoció el flagelo del terrorismo y de ahí las reacciones desproporcionadas que se dan en cuanto explota una bomba. A lo largo de la historia de los Estados Unidos se han asesinado presidentes, líderes políticos y ha habido múltiples actos terroristas. El anarquismo más violento, ya que hablamos de él, se explayó en suelo americano durante décadas. Por poner un solo ejemplo en 1920 una bomba estalló en frente de Wall Street y mató a 38 personas e hirió a casi doscientas, con el agravante de que los culpables jamás fueron aprehendidos. No creo que la ciudad de Nueva York estuviera ni una sola hora bloqueada.

 

La historia que se repite no sé si deviene farsa, pero la farsa de lo acontecido en Boston ocurrió al final del toque de queda, cuando tras más de veinticuatro horas de tener a toda la población amedrentada y encerrada en sus casas, un buen ciudadano salió al patio, fue a quitar la lona que cubría su barcaza, ya pensando en el verano que se avecina, y se encontró allí acurrucado a un pobre diablo ensangrentado mientras cientos de helicópteros y miles y miles de policías, a pie y a caballo, patrullaban las elegantes calles de Boston. Parturient montes, nascetur ridiculus mus.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.