Los libros del mormón

0
477

Unos 14 millones de personas profesan la fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuya influencia social, política y económica excede la de otras religiones más numerosas. Mitt Romney, mormón devoto, opta a la presidencia de Estados Unidos 

 

Ocurrió en 1968, mientras el mundo se agitaba. Ted Lyon, profesor de literatura en la Universidad de Oklahoma e incombustible misionero mormón, estaba entrevistando a Jorge Luis Borges en su despacho de la Biblioteca Nacional de Argentina. Al saber que el visitante profesaba la religión de José Smith, Borges se levantó y extrajo un volumen de su estantería: una copia de El Libro del Mormón que unos misioneros le habían regalado años atrás. Sólo había leído fragmentos, dijo, pero fue capaz de citar varios pasajes y de conversar durante varios minutos sobre la historia de los primeros mormones. Pese a que la única fuente de la anécdota es el propio Lyon, debemos considerarla aproximadamente verdadera, pues el escritor aceptó en 1972 su invitación para visitar Salt Lake City. No es de extrañar que Borges, erudito incorregible y gran saboreador de mitos y epopeyas, sintiese curiosidad por una religión que, a pesar de su origen contemporáneo, está envuelta en una espesa nube de tópicos y leyendas.

 

Unos catorce millones de personas profesan la fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuya influencia social, política y económica excede la de otras religiones más numerosas. Dentro de pocos días, Mitt Romney, mormón devoto, antiguo misionero y obispo de su Iglesia, tiene posibilidades de convertirse en presidente de Estados Unidos. Pocos son los que no se han tropezado alguna vez con los misioneros mormones, veinteañeros encorbatados que predican su fe en un país lejano durante una suerte de Erasmus religioso de dos años. Más allá de este conocimiento epidérmico y de un reducido abanico de mitos, desde la poligamia hasta el café, el español medio sabe muy poco sobre la religión mayoritaria en Utah. Todo aquel que quiera adentrarse en la historia y los modos de vida de los mormones y sienta pereza ante la lectura de sus textos sagrados puede recurrir a algunos de los mejores novelistas de los dos últimos siglos.

 

La nómina de obras literarias sobre el mormonismo es corta, pero jugosa. Mark Twain fue el primer genio que se interesó por los mormones. En 1865, once años después de la muerte de José Smith, el creador de Tom Sawyer viajó hasta Nevada en busca de oro. Sus apuntes de viaje son la base de Roughing it, una novela que se ha traducido al español como Pasando fatigas o como Una vida dura. Con su afilada habilidad satírica, Twain agarra el principal texto sagrado de los mormones, lo resume y lo destripa. “Cloroformo en forma de libro”, dispara. “La Biblia Mormona es más bien estúpida y aburrida de leer, pero no hay nada de vicioso en sus enseñanzas. Su código moral es irreprochable”. Sin embargo, hablar de “Biblia mormona” resulta bastante inexacto. Las páginas sagradas de los mormones se dividen en cuatro libros canónicos. El primero es la propia Biblia, pues los Santos de los Últimos Días nunca han renunciado al cristianismo. Los otros tres son obra de su profeta. El Libro del Mormón, publicado por primera vez en 1830, es el más conocido. Según los creyentes, el texto narra la historia de las dos grandes civilizaciones que poblaron América, nefitas y lamamitas, así como la visita del propio Jesucristo al continente. El libro combina el estilo veterotestamentario con pasajes que parecen extraídos de una novela de aventuras. ‘Doctrina y Convenios’ y ‘La perla de gran precio’, mezcla de revelaciones recibidas por José Smith y pretendidas traducciones de papiros egipcios, completan el canon y son leídos y estudiados por los fieles.

 

La moral fue el aspecto de la IJSUD que más sorprendió a Charles Dickens, escritor más popular de la Inglaterra victoriana. En The Uncommercial Traveller, una colección de peripecias de viaje que se ha traducido al español como El viajero sin propósito, describe brevemente la convivencia de ochocientos mormones en un barco con destino a Nueva York. “Nadie está de mal humor, nadie está borracho, nadie maldice o utiliza palabras groseras, nadie parece estar deprimido, nadie llora”. Ciertamente, las normas morales de la Iglesia no prohíben el llanto, aunque sí el consumo de alcohol, vetado de un modo expreso en ‘Doctrina y Convenios’. Tampoco está permitido fumar ni consumir té o café. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, primer y segundo escalafón de la jerarquía eclesial, han ido definiendo aspectos morales concretos a lo largo de las décadas. “No pretendo saber”, concluye el viajero de Dickens, “qué deparará el futuro a esta pobre gente a orillas del Gran Lago Salado…”.

 

Habiendo recorrido las profundidades de la Tierra y la superficie de la Luna, Julio Verne no podía dejar de visitar Utah. Lo hizo, en concreto, en La vuelta al mundo en ochenta días. El encargado de presentar la religión a Passepartout será el honorable elder William Hitch, que ofrece en el tren “una conferencia sobre el mormonismo para quienes quieran instruirse en los misterios de la religión de los Santos de los Últimos Días”. El señor Fogg, su criado y la señorita Auda pasan sólo una hora en las calles de Salt Lake City. Los datos de Verne sobre los mormones de su tiempo son veraces y se exponen con prosa limpia, elegante y algo irónica. Como es obvio, uno de los aspectos que atraen la atención de los viajeros es la poligamia. “No hay que creer, sin embargo, que todos los mormones sean polígamos”, aclara el narrador. “Cada cual es libre de hacer sobre este particular lo que guste, pero conviene observar que son las ciudadanas del estado de Utah las que tienen especial empeño en casarse, ya que, según la religión del país, el cielo mormón no admite a las solteras al disfrute de su bienaventuranza”. La realidad descrita en la novela era cierta en 1872, año en el que transcurre la acción. En 1890, ante la persecución gubernamental, el presidente Wilfrod Woodruff abolió el llamado, eufemísticamente, “matrimonio plural”. En la actualidad, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días condena públicamente la poligamia, que sólo persiste en pequeñas comunidades fundamentalistas alejadas de la disciplina jerárquica. 

 

Pocos años después del paso de Phileas Fogg, la Jerusalén mormona ocupó la mente de otro personaje igualmente ilustre y británico: el mismísimo Sherlock Holmes. Aunque el inmortal detective no llegó a pisar la ciudad, Sir Arthur Conan Doyle nos trasladó a Utah en Estudio en escarlata, 1888, la primera entrega de las aventura de Holmes. En el escenario norteamericano se desarrolla la parte central de la novela. Según destacan los críticos, la principal rareza de este pasaje estriba en su narrador: prescindiendo de Watson, Conan Doyle opta por una tercera persona omnisciente. Los mormones no salen muy bien parados en el libro: el autor los pinta, en general, como fanáticos, violentos y despiadados. El escritor Mario R. Montani lo achaca al hecho de que la principal fuente de Doyle fueron “los diarios norteamericanos del Este, en los que se libraba una verdadera guerra ideológica presionando al gobierno a intervenir en la administración del semiautónomo estado de Utah”. El libro sí refleja con acierto la singular epopeya de los pioneros que, tras el linchamiento de Smith en Illinois, atravesaron las llanuras para establecerse a orillas del Lago. Los guiaba Brigham Young, que “demostró ser tan hábil administrador como jefe resuelto”. “Todo prosperaba en aquel extraño asentamiento”. Aquella ciudad recién nacida constituye un escenario excelente para la intriga, aunque el mormonismo no pasa de ser un mcguffin, un señuelo secundario en la trama detectivesca.

 

El lector habrá observado que ninguno de los escritores de esta galería es mormón: todos son observadores externos, guiados por la curiosidad. Como admitía el historiador William Mulder en 1955, “el mormonismo aún no ha producido lo que podría llamarse un clásico religioso, que al mismo tiempo sea representativo y original, por ejemplo, como la Divina Comedia de Dante lo fue del catolicismo medieval o el Libro de los mártires de Foxe lo fue de la Reforma protestante”. Esto no significa que no existan escritores mormones. Algunos de ellos son tan famosos y tan leídos como Anne Perry o Stephanie Meyer, la creadora de la exitosa saga de Crepúsculo. Pero estas autoras no han dedicado gran espacio en sus libros a cuestiones directamente relacionadas con la vida de su Iglesia, y  la “narrativa mormona”, confesional y proselitista, tiene un alcance muy reducido.

 

Volvamos a Borges. Entre 1974 y 1975, después de haber visitado por primera vez Salt Lake City, participó en una serie de diálogos con Ernesto Sabato que han sido empaquetados en un libro por Orlando Barone. En un momento de la conversación, Borges aborda un punto de gran densidad teológica: “Recuerdo algo de cuando estuve con los mormones en Utah. Uno de los teólogos que conversaba conmigo había llegado a la conclusión de que en el cielo uno seguía evolucionando y que posiblemente al cabo de siglos de siglos le fuera concedido el don de ser Dios y crear un mundo propio, con su zoología, botánica y sobre todo estética y ética. Y esa es la posibilidad última para los mormones”. Sabato, divertido, apunta: “Algo así como poner un negocio por su cuenta, ¿no?”. “Pero es una idea muy linda”, suspira el porteño. Más allá de sus valores religiosos, los mormones constituyen una suculenta golosina para la ficción literaria, que ha abordado su realidad desde la sátira, la intriga o el costumbrismo. A lo mejor el profeta José Smith, sin saberlo, fue un personaje de Borges antes de Borges.

 

 

 

Mario Crespo Ballesteros es licenciado en Derecho y escritor

Autor: Mario Crespo Ballesteros