Los males son universales y equiparables

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En su pretendido descargo de toda responsabilidad, los espectadores alegan que los males que consienten son universales y además equiparables entre sí. Que el mal sea universal puede entenderse como un corolario de aquella necesidad metafísica o teológica del mal arrigada en la doctrina del pecado original. Siempre habrá mal, nunca nos libraremos de él, allá donde creamos haberlo vencido reaparecerá bajo sus múltiples rostros. Se escuchan así discursos teñidos de «entreguismo» que representan una escapatoria de quien prefiere continuar en su pasivo papel al contemplar el daño público.

 

Serían como diversas variantes del nadie es perfecto. Una consiste en hacerse fuerte en la barata réplica del tu quoque, que aún conserva gran acogida en la dialéctica cotidiana: nadie ha de levantar la voz mientras pueda serle reprochado que él tiene asimismo algo que ocultar, que incurre (o incurrió) en parecido pecado. O bien salta el reflejo automático del y tú más, que vendría a ser una modalidad cuantitativa del anterior. Y recuérdese de cuántas maneras pueden ambos argumentos (¿) ponerse al servicio del espectador pasivo: o bien inhibiendo su capacidad de juicio o de denuncia, porque tampoco él está libre de culpa; o bien rechazando cualquier acusación de quien le solicite una respuesta más comprometida.

 

De aquella pregonada universalidad cabe inferir también la sesgada conclusión de que el daño particular con el que nos topamos es uno más junto a otros muchos que también ocurren. Y que, mientras no nos rebelemos contra los infinitos que asolan el mundo, se nos niega el derecho a arremeter ahora contra este nuestro. El mal propio sólo será denunciable cuando se haya pasado revista y denunciado a todos y cada uno de los males ajenos. Uno tiene que probar así previamente su voluntad impecable y ganarse  su derecho al reproche, que de otro modo le sería denegado. Como si existiera una indubitable jerarquía de males y hubiera que comenzar siempre por los peores  o los más lejanos. Como si el daño propio disminuyera por el hecho de venir precedido por (o enmarcado en) la enumeración y condena de todos los demás. Eso explica el silencio cómplice de quienes evitan juzgar cualquier horror, y del que Primo Levi escribe: “es el silencio de quienes, viéndose invitados o forzados a expresar un juicio, tratan por todos los medios de desviar la discusión y sacan a colación las armas nucleares, los bombardeos indiscriminados, los juicios de Nüremberg y los problemáticos campos de trabajo soviéticos; (…) argumentos del todo irrelevantes si se pretende dar con ellos una justificación moral de los delitos fascistas”.

 

Ocurre también como si, en busca de una improbable equidistancia, sirviera la excusa de no condenar un mal por no repudiar con la misma vehemencia un mal paralelo. A propósito del mensaje navideño de Pío XII en 1942 se sabe que, al serle comunicada la decepción del Presidente norteamericano, «el Papa declaró que le era imposible nombrar a los nazis sin hablar también de los comunistas» (…). El Papa era incapaz de resolver su dilema. Para él, criticar a un campo significaba que daba su aval al otro». Ante condenar a todos o a ninguno, se impone por lo común la opción del «ninguno»: se evitan más disgustos.

 

A esa mirada los males son asimismo equiparables. En cierto sentido, es un corolario de esa universalidad del mal, una de sus enseñanzas implícitas. Se trata de un argumento que suele nacer de la desvergüenza o del cinismo de quien sabe que no va a ser desmentido en razón del interés compartido de los muchos espectadores. Esta estratagema busca disminuir la cantidad o calidad del daño que se causa o se consiente a base de comparar unos daños con otros y decidir equipararlos: unos salen rebajados y los otros engrandecidos.

 

A esta táctica, que procura que todos los daños sean pardos, puede aplicarse hasta una cabeza tan privilegiada como Heidegger. Se lo echará en cara Marcuse el 13 de mayo de 1948 al acusarle de igualar males y sufrimientos manifiestamente desiguales. Heidegger nunca accedió a dar su parecer sobre los asesinatos masivos de los nazis porque, bajo el ‘dominio universal de la voluntad de poder en términos planetarios’, todo viene a parar en lo mismo: se llame comunismo, fascismo o democracia universal’. Así se pronunciaba en 1945, y es lo que Habermas denominó una y otra vez abstracción por vía de esencialización. «Bajo la mirada niveladora del filósofo del Ser, incluso la aniquilación de los judíos aparece como un suceso intercambiable a voluntad”. Ese crimen puede entenderse y saldarse porque los demás -presuntamente-  han hecho otro tanto de lo mismo…

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.