Los mejores amigos del veraneante (2)

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5. EL TABACO. Después de su propio falo, el cigarrillo es el mejor amigo del veraneante, (del que practica el arte de fumar, por supuesto); y entre las fumadoras, sabemos que también éstos y otros falos despiertan grandes simpatías. Cuando se ha establecido un compromiso sólido y leal con el acto de fumar, (por encima de los médicos y los familiares,) se descubre que entre las hebras de tabaco y los pulmones humanos existen relaciones más profundas que las matrimoniales. Fumar no es sólo un placer sensual -como evocara la copla- sino la auténtica piedra filosofal contra la soledad. El hombre o la mujer que fuman nunca están solos. El fumador lleva consigo a sus cigarrillos más allá de donde despide a sus semejantes. Pensemos en la inestimable ayuda laxante que suministra el tabaco a sus dueños cuando visitan a diario los retretes. Qué no decir del cigarrillo de “después de hacerlo”; o mejor aún del cigarrillo compañero que da ánimo y apoyo en tareas laborales tan íntimas como la lectura, la escritura, la pintura, y más aún en los procesos de revelado o edición fotográfica. El tabaco es el verdadero coautor  de la mayor parte de esos trabajos, como son los cigarrillos que fumo -en gran medida- los que escriben estos artículos. He escuchado declaraciones de fumadoras afirmando que el tabaco y -en particular- la marihuana son sus únicos amigos.

 

El cigarrillo no sólo apoya y acompaña, además desahoga en los momentos críticos. Dentro de ese cilindrillo blanco y larguirucho, (tan pernicioso, según dicen, para la salud física,) habitan dosis de intimidad oxigenante para el fumador que sufre una crisis. Los cigarrillos que se van fumando a lo largo de un día, son también los telones que bajamos entre una escena y otra de nuestra vida. Una forma de seccionar el tiempo: antes y después de haber fumado. Los cinco minutos de cigarrillo se transforman en una experiencia de libertad íntima, en medio de la batalla laboral cotidiana, como lo es la siesta al reparador sueño de la madrugada.

 

Fumar dicen que es un hábito social, y no yerran los que así lo afirman, porque en cuanto existe un fumador y su cigarrillo, se establece una perfecta sociedad con beneficios recíprocos.

  

Además, el tabaco pasa la prueba del nueve: puede llevarse a cualquier parte; y no sólo a la cama, sino que aún siendo ascua encendida, podemos seguir disfrutándolo dentro del agua, tanto en el interior de una bañera, como en el de una playa.

 

El veraneante enamorado del tabaco suele viajar con grandes dosis de reserva de su amado en las maletas, pero una de las primeras tareas que pone en práctica cuando llega a su destino playero, es la de localizar los estancos de la plaza. Una vez que sabe dónde y hasta qué horas podría conseguir tabaco si fuera necesario, el fumador desplazado comienza verdaderamente sus vacaciones.

 

 

6. EL HELADO. Comer helado en tarde acalorada y tormentosa de ferragosto, trae consigo el retorno inevitable de la infancia. Magdalena prustiana fundida en beso frío, que redestila sensaciones de placer irracional, cercanas al delirio físico.

 

¡Oh pulimentadas texturas bucales de la infancia!
Polvo de sustancia batida es el helado,
que se deshace en los labios
como flor solidificada de la lactancia.

 

Helado, beso rijoso del frío licuándose
en la cuna caliente de nuestra boca,
dándonos a beber su ambrosía helada y reparadora.

 

Helado de nube, de nube de leche merengada
con tropezones geométricos de frutas caramelizadas.
Mordida fácil y delicada, briznas de dulce aroma,
flotando sobre deliciosos arroyos de nata,
que se despeñan por los valles interiores,
ramblas y torrenteras de nuestra boca,
hacia el desagote de la garganta.

 

Comer helado de playa, (adquirido en esas heladerías de pueblo donde lo siguen elaborando con receta antigua,) se convierte en una de las mayores experiencias gozosas del veraneo. Además, el helado resulta simpático a los nutricionistas, lo recomiendan  los médicos por ser tan digestivo como nutritivo. Sólo despiertan ciertas reservas su alta concentración de calorías; pero todo lo bueno engorda, eso es de todos sabido.

 

Sublimar los placeres y los gozos inalcanzados con una inofensiva y abundante tarrina de helado es otra de las mejores amistades que el veraneante accidental puede ejercitar en  su odisea de bolsillo por el corazón del mes de agosto, tan de ocio incendiada.

Nuestras bocas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir de tan helada relactancia.

 

 

7. LA CAMA.  La auténtica protagonista del mes de Agosto es la cama. Gracias a ella podemos afirmar que hemos disfrutado realmente de nuestras vacaciones. La ausencia de la dictadura de los horarios nos permite dormir hasta cualquier hora deseada. No hay que dar explicaciones a nadie de a qué hora nos levantamos, ni desayunamos, ni almorzamos. El tiempo se hace gozosamente libre en vacaciones. Por otra parte, la jornada puede sembrarse de tantas siestas como sean necesarias.

 

La cama nos devuelve la certeza de la horizontalidad, postura natural del gusano en el origen de la evolución de las especies, por cuyas fases todos pasamos antes de bajarnos -al nacer- en el apeadero de la condición humana. La cama nos adelanta la paz tendida  de los muertos en  sus féretros y en sus tumbas, donde se liba el dulcísimo sueño eterno.

 

Cama-góndola de sueños venecianos,

cama-hoja flotando por los Amazonas de la conciencia olvidada,

cama-nido de las sábanas frescas de hilo,

como un manantial de arrullos y soplidos.

 

Morir varias veces al día en la misma cama.

Resucitar en baños de vida tonificada.

Reconocer el espacio extraño en el que despertamos,

reconstruir quienes somos por saber donde estamos.

 

Cama-ojo de la rosa de los vientos,

centro del viaje del centro de Agosto.

 

 

8. LA TORMENTA.- Desde el lunes invocándola, la deseada tormenta no ha llegado hasta el jueves de madrugada. En plena noche libera su descarga torrencial como una catarata del Niágara, que hubiese nacido de pronto sobre la cabeza de este pueblo. Los sentidos de los veraneantes se liberan con los flashes celestiales de los relámpagos, que devuelven el sol de mediodía a las 2:39 de la madrugada. Con el potente fogonazo se alzan de nuevo las fachadas escapando de las sombras, se yerguen los edificios, se hunden los árboles mecidos por el impacto del agua.

 

Los náufragos de las terrazas nocturnas se amontonan -en camisetas de tirantes y calzados con chanclas- contra las fachadas de las casas, bajo los toldos de los locales comerciales. El sonido de cedazo con guijarros no cesa de retumbar sobre la cúpula de la tormenta que cubre todo el casco urbano.

 

        – ¡Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, de la cueva de agosto regada con tormentas!

 

Orgasmo de la madre Naturaleza, que nos trae un lúbrico recordatorio de lo que será otro larguísimo invierno. Lo que hace irresistibles a las tormentas de verano es su fugacidad de cometa, refrescando a su pesar y por tradición los recalentados riñones del mes de agosto. 

 

Patinan las ruedas de los automóviles sobre las calzadas encharcadas como en un ballet acuático. La lluvia y la tormenta son los invitados estelares de esta noche agosteña. Silban los chulos sueltos de la madrugada bajo los chorros que despiden azoteas y tejados. Regueros sonoros levantan los coches que pasan. Brillan los suelos inundados, relucen los quicios y las barandas perladas de gotas acuáticas, repiquetean sobre el suelo las cascadas atoradas. Y arrullándolo todo, el rumor incesante de una lluvilla de arena sobre el pandero de la noche violentada.

 

Bramido y gemido de criatura subacuática, la lluvia recupera su fuerza por ciclos. Aún no hemos llegado al granizo y los rayos y truenos han durado lo que tarda en mostrarse una tarjeta de visita. La lluvia son los pasos acelerados del agua, persiguiéndonos para mojarnos.
Tras la escampada, la brisa llega preñada de aguas de todos los molinos, tanto de los marítimos como de los terráqueos.

Sin una buena tormenta en el medianil de agosto, no existirían las vacaciones perfectas.

 

DIBUJO: Gabriel Faba