Los mejores amigos del veraneante

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1) EL TREN. Viaje en el primer tren de la mañana. Por ser el último que se llena, viaja en él la mejor canalla de la improvisación y la última hora; esto es: juventud, juventud, juventud de todas las edades. Para viajes cortos puede viajarse en turista, para los largos lo mejor son los preferenciales. La incomodidad en el trayecto aumenta el estrés de un largo viaje ferroviario. Viajar en alta velocidad favorece la mezcolanza. Un AVE al sur le permitirá como a Jesucristo, vivir el viaje entre jóvenes. No son sólo buenos para la vista, alegran el trayecto con sus bromas, sus roneos y sus espléndidas cajas de dientes naturales. Pocas veces tendrá ocasión de viajar dentro de un afterhour a 300 km/h, rodeado de chicos y chicas que hacen el viaje sin haberse ido a dormir ni parar de beber en toda la noche, buscando la siguiente feria o verbena. Adrenalina en lugar de atmósfera se respira en esos vagones tan saludables.

 

2) EL TAXI. Si no van a esperarle a su destino final, ni se le ocurra valerse de otro transporte público o similar tren de cercanías, donde arrastrar y proteger tanto a su equipaje como a su persona. Invierta en taxi a la llegada, (eso sí cerrando el precio de la carrera antes de comenzarla,) ganará en llegar como una rosa y aparecer ante sus familiares como diez años más joven y mucho más relajado. Todo será miel sobre hojuelas con una entrada amable, suave, y bien de confort lubricada.

 

3) EL VENTILADOR. Ni la brisa fresca del mar más deseable, ni el aire acondicionado más inteligente y caro del mercado, podrán ser domesticados como el aire de un ventilador, ni resultar más dulces y sensuales. Nada de tórridas siestas pasionales, con lo que se suda (y mucho más en las zonas costeras), nada de revolcones y acción desenfrenada sobre las sábanas (qué no decir sobre la arena de la playa). Lo que un quince de agosto exige es desmayarse sobre las sábanas y que el aire de un ventilador te viole, te bese las carnes con sus labios eólicos, te meta sus dedos de hielo en la propia carne, soplidos con corazón oceánico, que te conducen a los más profundos y silenciosos sueños abisales.

 

4) LOS PRISMÁTICOS. Resultan los mejores amigos del veraneante accidental. Siempre hay alguna ventanita a la vista, balcón o terraza, donde los cuerpos se abren de par en par, caminando casi desnudos por el interior de las habitaciones. La noche acompaña al James Stewart de turno, convirtiendo su atalaya en ventana indiscreta por las que descifrar y deducir el mundo de las intimidades ajenas. Los frutos más deseados son los que nunca hemos comido, (de ahí se desliza el concepto de infidelidad, que en realidad podría también denominarse: capítulo de curiosidades saciadas). El prismático –desde que lo popularizara Galileo con el nombre de telescopio- ha sido el mejor aliado del ojo del hombre, la primera web cam de la Historia. Multiplicar la propia vista hasta la del águila, rivalizando con insana soberbia con el mismo ojo de Dios, genera un  placer  proporcional al poder visual multiplicado del prismático. Los cuerpos más deseados son los que nunca hemos llegado a hacer nuestros. Los perfiles huidizos de una silueta en una terraza cercana, al amparo de las sombras y los contraluces, despierta una ebullición de fantasías propias alentadas por el fuego cruzado del deseo y la impotencia. No es sólo rijosidad, sino puro instinto voyeurista que se perpetúa cada día, cada mes, cada año… por encima de los siglos. Y en temporada de puertas abiertas, como resulta ser el verano, es toda una tentación entrar en las vidas privadas de los otros sin pedir permiso, sólo saltando las barreras físicas con pértigas de ilusionismo óptico. Además, como por mirar no cobran, el ejercicio resulta doblemente excitante. Nunca viaje en verano sin sus prismáticos, podrá sentirse todo un Casanova al regreso de sus vacaciones, sin haber salido de su cuarto, ni haberse encerrado a solas con nadie.

 

(Continuará)