Los muertos

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Hay una epifanía de Joyce en el PSOE, como si se estuvieran dando cuenta de la futilidad del camino. Rubalcaba se va una vez llegado a una revelación terrible y final.

 

Hay una epifanía de Joyce en el PSOE, como si se estuvieran dando cuenta de la futilidad del camino. Rubalcaba se va una vez llegado a una revelación terrible y final. Patxi López también se despide, pero con una simbología folclórica de cortarse la coleta, que pudiera ser una retirada en falso para llenar plazas con el regreso. Chacón es un ave rapaz (quizá un halcón de cetrería al que tapan y destapan la cabeza) con voz de Tamara Falcó, no muy diferente de Madina aunque éste tenga el timbre pausado y el aspecto consecuente, observándolo todo con los ojos muy abiertos desde el escaño, como un búho. Una cosa es la pinta y otra la intención, y ya se les ve a todos en la cola, tras la desbandada, como a los de Full Monty en la del paro, moviendo la pierna sin poder evitar sentir el ritmo de la música de ambiente, porque menudo ambientazo tiene que haber en Ferraz. Pero se hablaba al principio de la quietud, de la reflexión en el silencio de Gabriel Conroy en ‘Los muertos’. Los muertos son el PSOE, toda una vida de sueños para al final verla pasar en medio de la negrura de la actualidad, recién descubierta, cruda, mientras afuera cae la nieve sin cesar. El viejo Rubalcaba preparando sus discursos y trinchando el pavo de las tías Morkan,  y descubriendo demasiado tarde la belleza olvidada de la esposa, y con ello la propia insignificancia. Valenciano ya logró su escaño en Bruselas como Gretta consigue liberar su mente en la confesión, y en el sueño salvador y repentino que inicia la epifanía de Gabriel, de Alfredo, con todas esas ropas, como eslóganes, desperdigadas por la habitación, que ya se ha quitado los chanclos asomado a la ventana de la vigilia electoral. Toda esa modernidad pejiguera y vinculante al tiempo que resuena en su cabeza “La joven de Aughrim”, como la voz de Chacón, y con ella la memoria de Michael Furey (aquellos gloriosos ochenta), el joven muerto que regresa para llevárselo todo,  mientras su identidad se esfuma a un mundo impalpable y gris. El aire de su despacho helándole la espalda y un final lírico de ‘Dublineses’, el final definitivo del felipismo que despide a su último elemento, al que han abandonado las fuerzas como a aquel guardián del Santo Grial en ‘La Última Cruzada’ de Indiana Jones: “Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos”.