Los novísimos del «New Yorker»

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Josep Plá dejó dicho, con su retranca habitual, que solamente un cretino podía leer novelas después de los cuarenta años, aunque si esto es así, yo debo serlo en grado superlativo, pues durante toda esta semana no he hecho otra cosa que leer en el Kindle capítulos y más capítulos de novelistas americanos que no pasan de los cuarenta. Todo empezó el lunes, con el último número del New Yorker dedicado por entero a la nueva y joven narrativa americana. En principio, no pensaba prestar mucha atención a tanto novísimo, pero al leer, en la nota previa de los editores, que la lista confeccionada diez años atrás había puesto en el mapa nada menos que a David Foster Wallace, Jonathan Franzen y Junot Díaz, me sentí espoleado por el prurito que tenemos todos de estar a la última.

 

Así que primeramente empecé por leer algunas de las narraciones seleccionadas. La primera, titulada “The pilot”, de Joshua Ferris, describía con mucho humor las tribulaciones que pasa un aturullado guionista para hacer leer su guión a una actriz de televisión en una fiesta de Hollywood. Según lo leía, me acordaba de Barton Fink, la película de los hermanos Cohen, pero, más aun, me venía a la memoria un antiguo conocido mío, también guionista, que un buen día, tras años de vivir a salto de mata entre Brooklyn y Manhattan, había conseguido dar el pelotazo con un guión “piloto” parecido al del personaje de la historia, tras de lo cual se había trasladado a Los Ángeles para ya no volver más. La última vez que lo vi, precisamente en Los Ángeles, vivía en un apartamento a todo lujo en la playa de Malibú y, cosas de la vida, se había echado novio, un novio de cabeza jupiterina que le servía de secretario y de chófer. La historia de Ferris no va por ahí, pero si en lugar de tratase de un relato corto fuera novela, quién sabe si no habría derivado en algo similar, con chófer o sin él.

 

En todo caso, Ferris no tiene una, sino varias novelas ya. La última, escrita en la primera persona del plural, como el principio de Madame Bovary, se titula Then We Came to An End. Aquí el protagonista polifónico es todo un grupo de publicistas que trabajan en una compañía de anuncios poco después de la llamada explosión de la burbuja punto com. Para algunos el despido parece inminente; otros viven agobiados por la rutina, por la falta de alicientes, por una jefa enferma de cáncer, o eso parece, que unas veces resulta odiosa y otras les inspira piedad y hasta ternura. El empleo sistemático del “nosotros” épico, en un ambiente tan poco épico como el descrito en esta novela, proporciona un tono de comicidad indudable, pero llega a cansar.

 

Así que en uno de los descansos que me tomé, antes de proseguir con la lectura, abrí la página de El País y me encontré con que Enrique Vila-Matas anunciaba que su personaje literario favorito era Jakob von Gunten y, con mi indolencia característica, me puse a leer a trancas y barrancas la novela de Robert Walser en la versión original. Kafka la admiraba y no me extraña, pues Gregor Samsa habría sido un brillante compañero de Jakob, de haber entrado en la escuela Benjamenta. Otro que habría aprendido bastante, de haberla leído, es Ferris, aunque a lo mejor se habría ahorrado de escribir la novela que le ha catapultado a la fama y a que el New Yorker le tenga entre sus elegidos.

 

Hay otros novelistas treintañeros de los que me gustaría hablar, pero llevo ya más de 600 palabras escritas y no quiero extenderme mucho más. Recomiendo la lectura de Jonathan Safran Foer, poeta más que novelista. Su prosa, por lo poco que he leído, tiene unos ritmos extraños, que me recuerdan algo a Beckett, al menos en la narración que trae el New Yorker. He leído también los primeros capítulos de su más reciente novela, Extremely Loud and Incredibly Close. Aquí la voz narrativa es la de un niño de nueve años que acaba de perder a su padre en el 11 S. Ciertamente el niño es demasiado repipi y demasiado redicho para su edad, pero lo que he leído me divierte, si es que me olvido de ese principio de la retórica llamado “decorum” que consiste en que el rey hable como rey y el niño como niño y no como un señor de treinta años… Otra novela interesante, y ya termino, es American Rust de Philipp Meyer, aunque los ecos de Steinbeck, de Cormac McCarthy y hasta de Faulkner son fácilmente detectables para cualquier oído un poco puesto en narrativa americana.

 

Comentaría también algo de Rivka Galchen, una doctora de origen canadiense, graciosísima y muy brillante, pero he superado ya las ochocientas palabras, y a mí, que no tengo ni treinta ni cuarenta tampoco, no me pagan por hacerle la publicidad a una femme de trente ans

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.