Los ojos en el metro: sobre los años y el amor

0
251

Un escritor celebra su cumpleaños en un vagón de un subterráneo en Nueva York. Un detalle insignificante (pero bello) lo hace distraerse sobre la validez de la vida, sobre la madurez y la naturaleza de la edad.

 

No sé qué miran sus ojos. Si bien sus pupilas están fijadas en un punto perdido, casi me están dictando un libro.

 

Ambos pensamos en salir de este vagón subterráneo que cruza la ciudad y volver a un área libre de techos, llena de luz. Después, ambos nos meteremos de nuevo en nuestras vidas (como si ésto no fuera parte de ella, como si el viaje donde tú miras no fuera sino unos minutos de transición en este largo recorrido de dos ríos hacia el mar).

 

He caminado por las veredas sin mirar atrás, y no he podido dejar de pensar en ellos. He volcado las escasas certezas que conservo como autor: esos ojos son pasillos que trasladan a otros universos o son espejos en los que todos ustedes y yo podríamos encontrarnos si supiéramos exactamente hacia dónde mirar. He recorrido con brevedad (porque quiero inspirarme) otras páginas en las que se recrean estas observaciones. He subrayado una línea de un párrafo inspirado sobre la fuerza de la mirada. (Lo iba a copiar, pero ya no me gusta)

 

Presiento, tal vez un poco tarde, que soy más importante de lo que creo en estas observaciones (el modelo freudiano, mi condición de sujeto colonizado, etc.). Y claro, recuerdo en ese momento que ella llevaba la boca semiabierta, que podía ver un fragmento de su dientes, que los ojos eran de un color bellísimo, que un poco de su cabello le caía sobre la frente. Este presentimiento me ha dejado con más dudas. Me ha hecho pensar en aquellos años de mi vida en los que podía pensar en unos ojos durante noches enteras (es más: los dibujaba, hablaba de ellos a solas, tal vez escribía un poema. O lloraba).

 

Hoy, soy capaz de pervertir una imagen tan bella y presentarla en una entrada de un blog (y no me siento tan digno echándole la culpa a la madurez). Por otro lado, me fascina y me preocupa, sentirme capacitado (sentirme, ojo, no significa que lo esté) para, en unos cuantos minutos, escribir una idea novedosa sobre el tiempo, la mirada, Nueva York y el amor.

 

Me queda el pequeño consuelo de que aquellos ojos que hoy me miraron siguen en algún lugar de esta ciudad. De que pronto volverán, y al verlos, mi reacción no será la de un escritor, sino la de un poeta.

 

Esa esperanza, me hace envejecer mejor.