Los partidos del celtiña

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Este texto forma parte de la serie La Privada moderna

cap.24   Los partidos del celtiña

Yo en el partido no pagaba. Mi padrino me colaba debajo de su gabardina, y yo me abrazaba a él pasando siempre una emoción que valía más que el partido en sí. Estoy seguro de que el portero lo sabía porque siempre les saludaba «Buenas tardes, Don Guzmán… señora…»
Mi padrino conocía a los tipos más bizarros: bo-xeadores, futbolistas, militares, camioneros, buscavidas, capadores, jaraneros, y toda suerte de gentes divertidas y de las que nunca podrías afirmar a qué se dedicaban en esta vida. El era un tipo excelente. Sabía todo del fútbol y llamaba a los futbolistas por sus nombres. En el descanso, bajábamos a los vestuarios y él saludaba a todos y les daba consejos que los otros escuchaban con atención. Yo estaba en la gloria. Sabía todo de las lesiones, de los traspasos, de los árbitros, de lo mal que iba la tesorería del club, de las amantes de los futbolistas, de los cuernos que, con otro futbolista, le ponía la mujer de uno de ellos, y todos lo sabían menos el interesado, claro. Vivían juntos porque el otro era soltero y había venido de otro club. Yo escuchaba todo esto aunque no entendiera en aquellos años la mitad de las cosas, pero se me fueron abriendo con el tiempo.
Mi madrina permanecía en su asiento hablando con alguna otra señora. Por entonces, las verdaderas señoras no bajaban a los bares del Estadio, aunque algunas, como la mujer de Alan, comenzaran a hacerlo.
Mi padrino vivía el encuentro. Parecía que tuviera que radiarlo. Se entusiasmaba, musitaba los nombres de los jugadores que se iban pasando la pelota y, de repente, lanzaba un «¡noooo!» o un «¡qué lástima!» o algo por el estilo que coreaban como cluecas los presentes. Alguna vez, por causa del árbitro, lo he visto seriamente alterado. Mi madrina, en esos momentos, parecía no encontrarse allí sino en otra galaxia, a mil años luz. Se esfumaba sin moverse.
Yo, que normalmente veía el partido desde el pasillo para poder moverme a gusto, me volvía y admiraba a mi padrino gesticulando y explicando a diestro y siniestro las jugadas, el fallo, el error del árbitro, las razones de aquella sanción relacionándolo con los puntos que teníamos y con el encuentro que nos esperaba el próximo domingo y lo que suponía la lesión de Pahiño, etcétera. Todo en una jerga de «fau», «córner», «penalty», «orsai», que constituyeron mis primeras experiencias de inglés.
Lo estoy viendo como después vería a Paul Newman en «El golpe». Era un tipo así. Para mi pequeña estatura de entonces, era alto, rubio, de ojos azules, de mirada picara, de sonrisa bajo un bigotito de la época, de manos firmes, finas y grandes con uñas grandes y bien recortadas. Lo veo con su gabardina, accionando, explicando, describiendo con amplio gesto y con precisión exacta. Todos le escuchaban y jamás se alteraba ni perdía la compostura. Por eso, mi madrina no intervenía. De lo contrario hubiera dicho por lo bajo: «¡Guzmán!» Y nada más.
Cuando metíamos un gol, se le iluminaba la mirada, le brillaban sus ojos azules, encendía un puro, se volvía a mi madrina que asentía en silencio. Mi padrino debió ser el inventor de «la repetición de las jugadas». Hubieran podido llevarlo a televisión si ya estuviera en España si ya estuviera en España. Recordaba los movimientos y la posición exacta de todos los jugadores de ambos equipos. ¡Qué jugador de bridge se perdió para la selección nacional!
He hecho esta pequeña alusión al Estadio de fúbol porque mi padrino, don Guzmán, había sido directivo del Celta, nuestro equipo. Y también, para qué vamos a engañarnos, para que situaseis mejor el lugar de las pasadas andanzas de las futboleras. ¿Recordáis? Sí. Las Blondas que trabajaban en la zapatería de don Obdulio.
Pero, a lo que yo recuerdo, por aquel entonces ellas no andaban por el medio. Estábamos en primera división y no podíamos permitir distracciones en nuestros jóvenes héroes. Además, si a mí me dejaban ir a los vestuarios con mi padrino sería porque aquellas walkirias no andarían por allí. A buenas horas doña Margarita me lo iba a permitir. Aunque, ahora que lo pienso, quizá mi madrina empezó a ir a los partidos a causa de alguna sonada que habrían hecho las Blondas y que llegó a su conocimiento. Sin duda a través de la mujer de Alan, que tampoco fallaba ningún partido.
Sí. Algo debió ocurrir y yo no me he enterado. Quizá coincidió con alguna sequía. No sé. Desde luego no con inundación alguna, ya que estas se rememoraban todas y la gente se entendía entre sí no refiriéndose al calendario gregoriano o a la Hégida, sino, «tantos años después de la inundación por lo de las gallinas, o tantos antes de la del Capullo o, más o menos, cuando lo de los caniches»… Y así. Era gente muy peculiar y muy suya. Pero, yo los quería y evocarlos ahora me enternece y da una nueva dimensión a mis días.
José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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