Los patos no colapsan

0
195

 

Un ejemplo más de la enorme dificultad que supone al hispanohablante de hoy el uso correcto de los relativos (y a la vez para mí un misterio): “Crear un intercambiador de transportes, del que hasta la fecha no se había tenido noticias de su necesidad (…)”. La frase, escrita al parecer por el presidente de la asociación Madrid, Ciudadanía y Patrimonio, aparece entrecomillada en un reportaje reciente en El País. Por si acaso alguien que me lee tiene dudas (la duda es mía), debería decir: “…de cuya necesidad no se había tenido noticias hasta la fecha”. Se llama relativo, señor presidente, y lo enseñan en la clase de gramática.

 

Peor incluso, y sobre todo ¡qué aburrido! es el síndrome del colapso. «Ese verano hizo mucho calor, tanto que los patos colapsaban mientras nadaban”. Trato de imaginarme a una procesión de patos sufriendo colapsos sucesivos, pero no funciona. Tampoco me lo creo, la verdad; es un famosete que cuenta su aventura vacacional. Primero: los patos no colapsan, si acaso se colapsa el tráfico, o las personas sufren un colapso. ¿Qué les pasaba a esos patos? Algunos no soportarían el calor, se desplomarían, hombre.

 

Me pregunto muchas veces, y no sé responder, en qué momento y por qué el dicho rotundo lo que no está escrito pasó al más rebuscado (¡y sobre todo más largo!) lo que no está en los escritos. Alguien lo introdujo y tuvo un éxito inmediato. Lo mismo me pasa con algo que no es plato de gusto, que viene siendo sustituido por no es plato de buen gusto, locución que además de cumplir el objetivo de “cuanti más letras mejor”, cambia el sentido original. Plato de gusto tiene que ver con el gusto, el placer, a partir de lo gastronómico; plato de buen gusto…pues ya sabemos lo evanescente que es el concepto de “buen gusto”, que en todo caso se aparta del placer y nos lleva a las convenciones sociales.

 

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.