Los pecados de la confesión

0
269

La escritura confesional es, en casi todos los casos, mera ficción hecha con nombres propios. Cuando mejor escrita está, más sospechosa me resulta como documento histórico o como testimonio. Ni San Agustín ni Rousseau ni Casanova o Santa Teresa son de fiar. Enumeraré alguno de mis reparos.

 

La confesión, por de pronto, no suele ser voluntaria. El criminal que confiesa su crimen no lo hace por gusto o por mala conciencia, sino forzado por la tortura o porque le han prometido algo a cambio. Y lo mismo podemos afirmar tanto del pecador que se acerca a un confesionario, como de quien se reclina en el diván del psicoanalista. Uno y otro esperan una redención de su pasado culpable: el primero a través de la penitencia y el otro con la vana creencia de exorcizar sus traumas a través de la reconstrucción de un pasado efímero.

 

La confesión, por lo demás, exige la presencia del confesor, que saca y sonsaca información, que inquiere y que cuestiona, que consuela y que amonesta. Una confesión hecha sin la supervisión del confesor o del psicoanalista es una defensa pro domo sua, que es, al final, en donde suele desembocar toda escritura confesional.

 

Debo decir que la confesión forzada me resulta odiosa, pero la confesión hecha de manera voluntaria y por escrito es, en el mejor de los casos, exhibicionismo y, en el peor, un ajuste de cuentas y una manera muy poco elegante de inflar el ego.

 

Naturalmente hablo de “confesión” y no de testimonio o de relación de hechos. El testimonio de un superviviente del Holocausto es casi una obligación moral, como lo puede ser cualquier relación histórica escrita en primera persona sobre tal o cual experiencia vivida. La confesión, en cambio, es otra cosa. La confesión implica pecado, secreto, información vergonzosa. De otro modo, no sería confesión.

 

Abro las Memorias de Casanova por el principio y leo que siendo Giacomo todavía niño, robó una bola de cristal que estaba en la mesa del padre, el cual, al percatarse del hurto, amenazó a sus dos hijos con una paliza si no se la devolvían. Entonces Giacomo, antes de que lo registren, desliza la bola en el bolsillo de la casaca de su hermano, y así se libra de la paliza que de manera inmisericorde se lleva su pobre hermano. La acción no puede ser más despreciable. Sin embargo, Giacomo la confiesa al menos tres veces. Una, tres o cuatro años después, entre risas, a su propio hermano, que jamás se lo perdonó. Otra, a los pocos días, en secreto de confesión a un jesuita, quien tras escucharle, parece condonar el hecho al comparar su acción con la del Jacob bíblico y decir que “Jacob” (“Giacomo” en italiano) significa “suplantador”, por lo cual no ha hecho, en definitiva, sino ser consecuente con su nombre (nomina sunt consequentia rerum). Por último, está la confesión por escrito, narrada en la vejez, para que nosotros, lectores, lo juzguemos.

 

El juicio que podamos hacer del Casanova hombre es incierto. Para muchos el personaje -si no el hombre- resulta bastante antipático. A Fellini le parecía un ser odioso y así se refleja suficientemente en su película. Otros, en cambio, son entusiastas. Mi hermano Carlos se ha leído todos los volúmenes y puede pasarse horas hablando de sus aventuras y desventuras sin cansar ni cansarse. Yo confieso que lo he leído poco, unas páginas aquí y allá, en el francés original, y con cierta desgana. Leí con mucho más interés y ganas Las confesiones de Rousseau, texto que representa, ciertamente, el modelo de esta escritura confesional en la cual se cuenta al detalle y sin ningún tapujo todas las miserias del yo narrador, especialmente las relacionadas con la entrepierna.

 

Pues la escritura confesional, no lo olvidemos, hurga sobre todo en el sexo. Sin sexo yo creo que no hay confesiones que valgan. Ahí afloran nuestros mayores pecados y nuestras mayores vergüenzas. Y, por eso, me parece recomendable borrar los nombres propios y difuminar las caras de los o de las implicadas, como pasa en Proust o en el Galdós de Lo prohibido, quizá la mejor escritura confesional hecha en la literatura española. La confesión fabulada, además de guardar el decoro, permite al escritor, sin las constricciones de la verdad histórica, profundizar mucho más en sí mismo y confesar, paradójicamente, los secretos más recónditos de su persona.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.