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Mientras tantoLos perros de la guerra

Los perros de la guerra


Jimmy está harto de todo. Ya ha tenido suficiente, y más (“I’ve had enough”). De vivir. De morir. De luchas callejeras. De desamor. De drogas. De desórdenes del alma. Pero sobre todo de caos. I’ve had enough of havoc. Permítanme que comience con este homenaje a Quadrophenia, que es de donde extraigo la inspiración para escribir este pecio filológico.

Havoc no es una voz española, pero su historia es interesantísima. En inglés, cualquier persona con cultura la asocia instantáneamente a Shakespeare, a Julio César y a la frase que forma parte ya de la lengua inglesa: The dogs of war. Los perros de la guerra, que en España nos suena, algo, por una novela de espías, pasable, de Frederick Forsyth, y una película, infumable. La cosa va de mercenarios y tiene el interés secundario de que, aunque no se llame al país con su nombre, la novela y el film están ambientadas en un país que bien conocemos: Guinea Ecuatorial, el cortijo de los N’Guema, primero Macías N’Guema; luego su cuate de tribu y primo, para más inri, Obian N’Guema; y todo apunta a Teodorín Obian N’Guema como heredero de la hacienda y, naturalmente, del petróleo, que convierte a nuestra ex colonia del África más negra, el Bilat-as-Sudan de los árabes, “la tierra de los negros”, en uno de los países con más renta per cápita del mundo, pero sobre el papel, pues los petrodólares están bastante mal repartidos entre los amos del cortijo (a los que se sigue recibiendo en Bruselas y en Madrid con bombo y platillos) y los peones del cortijo. No, no; aunque me salga del tema, la transición de Guinea Ecuatorial desde cortijo español (Colonia) a cortijo de la familia N’Guema no fue modélica. Y eso que su constitución fue redactada por D. Antonio García Trevijano, lo que ya de por sí debería haber convertido a aquel país en la Grecia de Clístenes y Pericles del África negra.

Volvamos a los perros de la guerra. Los versos de Shakespeare hacen referencia al caos que se produce cuando una batalla termina, no precisamente en tablas, sino con la victoria clara de un bando: el que suelta los perros de la guerra y da el grito tradicional de Havoc!, auténtica barra libre para el saqueo y el reparto de los despojos, y, normalmente, el degüello de los vencidos. Shakespeare describía con enorme potencia estos momentos, como en el campo de batalla de Agincourt de Enrique V o en los combates de la Guerra de las Dos Rosas. El no prisoners (en nuestra lengua “sin cuartel”) era bastante común en las guerras; salvo con la excepción de los vencidos “de calidad”, que siempre eran buenos candidatos para exigir por ellos un rescate, como le sucedió al rey cristianísimo de Francia Francisco I en la batalla de Pavía. Identificarse en su real condición fue lo que le salvó de que Juan de Urbieta, un vasco al servicio del César Carlos, lo ultimara, con el corolario de que Francisco I gozaría de la hospitalidad de la Villa de Madrid, concretamente en la Torre de los Lujanes, una buena temporada.

William Shakespeare, Julius Caesar, Acto 3º, Escena 1ª, verso 273,
Cry ‘Havoc!’, and let slip the dogs of war
Havoc!, que equivale a gritar a pleno pulmón, devastación, a un no prisoners y vamos todos al saqueo. Los diccionarios etimológicos nos dicen que es una voz anglonormanda (= francés medieval), probablemente de origen germánico. Crier havok en francés medieval era la señal de que comenzaban degüello y saqueo. A Winston Churchill, político inglés cuya vocación era realmente la de Warlord o Señor de la Guerra, le encantaba soltar esa frase cuando mandaba a sus perros de la guerra privados, los chicos del SAS (Special Air Service) y del SOE (Junta de Operaciones Especiales) a sembrar el caos -es decir, havoc- tras las líneas italianas y alemanas en Libia, en Creta, en Sicilia, en Normandía. Y recitaba los versos de Shakespeare como un verdadero escaldo nórdico. En su repertorio había cientos de versos épicos que escandía y entonaba, con las pausas de rigor, a la perfección, como los de “Horatius, Captain of the Gate” de Macaulay o “A war song to Englishmen” de Blake:  Had I three lives, / I’d die in such a cause, /And rise, with ghosts, over/ the well-fought field. / Prepare, prepare!

Con decir havok (en inglés del siglo XV havoc) ya era suficiente y todo el mundo sabía a qué atenerse. Saqueadores y saqueados. Escucharlo debería producir tanto pavor como a los héroes de El Álamo escuchar el toque “a degüello” que ordenó el general Santa Anna. Por supuesto, en las películas de Hollywood se nos recuerda con mucha amabilidad que se trataba de una tradición paleohispánica exportada a México; como si el no dar cuartel a los vencidos fuese algo privativo de los habitantes de la Piel de Toro.

Cuando se gritaba el eslogan (del inglés slogan, antiguo slogorne, del galés, sluagh-ghairm, que significa “grito de guerra” de un clan, y no eslogan publicitario) el grado de caos debía ser tan monumental que havoc ha pasado a la lengua inglesa como un sinónimo, muy, muy culto, de caos. Aunque probablemente Shakespeare en Julio César tenía en su cabeza el Agincourt de Enrique V, no Farsalia o Filipos.

Havoc, en definitiva, el estado del alma que hastía a Jimmy, el anti-héroe de Quadrophenia, y que lo impulsa a lanzarse con Lambretta y todo por los acantilados de Brighton (¿o serán de Dover?) con la música de The Who envolviendo completamente una escena final que siempre permanecerá en nuestra retina y en nuestra memoria. I’ve had enough (of havoc).

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