Los prejuicios del sociólogo

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Hace unos días una joven colega me dio a leer un artículo para que le diera mi opinión al respecto. El artículo, muy bien armado, analizaba desde un punto de vista socio-cultural las experiencias que unos treinta estudiantes americanos habían tenido durante sus tres meses de estancia en España dentro de un programa de estudios para extranjeros. Del artículo me llamó gratamente la atención el tono neutro de su estilo, además de gustarme la amenidad de la narración y el sabio empleo que mi colega había hecho de las escalas psicométricas y demás análisis estadísticos para determinar las reacciones de estos estudiantes en relación con la sociedad española, aunque al final me pareció que el trabajo, como tantos otros de esta índole, no hacía sino perpetuar toda una serie de estereotipos y de opiniones mostrencas sobre España y, más aun, sobre los estudiantes que habían servido de muestra. No sé lo dije así, porque comprendía que mi opinión partía de mi propio prejuicio hacia la sociología, pero ahora sí me gustaría dejar, a vuela tecla, algunos apuntes de lo que pienso sobre cualquier estudio de corte sociológico.

 

La sociología me resulta una disciplina excesivamente condicionada por la subjetividad y el prejuicio del investigador. Se presenta con el remoquete de ciencia social, pero de ciencia suele tener muy poco, por más que se ampare en datos estadísticos y en el rigor del testimonio. Los fenómenos colectivos que se dan en un grupo humano jamás se pueden verificar como se verifica la estructura de un átomo o el sistema circulatorio de la sangre. El té que supuestamente toman los ingleses a las cinco de la tarde, una corrida de toros vista en el tendido del siete en Las Ventas o el ritual de una boda en la India son fenómenos que se dispersan en un haz casi infinito de casos particulares. El sociólogo crea o recrea una supuesta situación y proyecta luego sus propios valores (y prejuicios) sobre los hechos que observa.

 

Estos hechos no son los que maneja el físico o el biólogo, sino que son los llamados hechos sociales. Un hecho social es el conjunto de creencias, costumbres y opiniones compartido por una comunidad o por un grupo, pero esas creencias u opiniones son tan veleidosas o tan poco firmes como los vaivenes de la moda. ¿Por qué un año se lleva la falda por encima de la rodilla y otro por debajo? ¿Por qué en España la comida principal es a las dos de la tarde y en Inglaterra es a las seis? ¿Por qué en el norte de Europa hay más alcohólicos que en el sur y en el sur más despilfarradores que en el norte?

 

El sociólogo recopila datos, aplica sus estadísticas y luego trata de explicar ese determinado hecho social mediante su propio sistema de valores o su sentido común. Cualquier manifestación colectiva es un hecho social, sí, pero el sociólogo suele interesarse mayormente por aquellos hechos sociales considerados como un problema o una patología que debe corregirse.

 

Uno de los fundadores de la sociología, Émile Durkheim, repetía que no es el individuo quien hace a la sociedad, sino la sociedad al individuo. Uno no se suicida porque está deprimido, sino que está deprimido y se suicida porque vive en una sociedad deprimente. Desde luego las estadísticas nos dicen que hay muchos más suicidios en Suecia que en Sicilia. La sociedad condiciona. Surgen toreros donde hay corridas de toros y cantantes de ópera donde hay una tradición operística. La intención del individuo no se explica sino dentro de una situación determinada. Todo esto es de cajón y no merece mayores aclaraciones.

 

Los problemas de la sociología comienzan, a mi juicio, cuando pretende equipararse con las ciencias naturales. La composición del átomo tiene una base empírica incuestionable. Es un hecho que se puede verificar. Cuando Ernest Rutherford bombardeó con partículas alfa una finísima lámina de oro, comprobó que algunas partículas rebotaban y, con ello, demostró la existencia del núcleo atómico. Hágase las veces que se quiera ese experimento y el resultado será el mismo. El hecho social, sin embargo, nunca ofrece un tipo de verificación así. No hay ninguna ley que se pueda extraer de un fenómeno colectivo, salvo las opiniones más o menos sensatas que salgan de la subjetividad del investigador. Toda sociedad manifiesta tendencias, inclinaciones, gustos y disgustos. La sociología opera con la doxa y la doxa, a diferencia de la razón, es cambiante e impredecible: Quot homines tot setentiae. Tanto en los movimientos bursátiles, como en las inclinaciones de voto uno no tiene más seguridad que en las predicciones del tiempo. ¿Llegaremos algún día a saber con exactitud lo que sentimos cada uno en cada momento? ¿Podrá determinarse matemáticamente en el futuro cada acción humana, cada tendencia social? Puede ser, pero ese día estaremos tan muertos como los satélites que giran en torno a los planetas y los planetas que giran en torno a las estrellas, allá en el infinito del firmamento.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.