Los que duermen a la intemperie entre Lenine y Sékou Touré, léase Maputo

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Al pasar a su lado por primera vez los muchachos me reclamaron invitándome a sentarme con ellos alrededor de la hoguera y yo, que practico la falta de miedo hacia el género humano, acepté. “¿Quién sois, qué tierra es esta que habitáis?”

 

A la memoria de todos los líderes negros asesinados

en la década de los 60 en América y en África.

A Albert Luthuli, Steve Biko, Nelson Mandela y tantos otros todavía desconocidos

Suena La libertad, de Andrés Calamaro

 

 

Hoy hace 4 años que dejé por primera vez este país, Mozambique.

 

Cuando subí a aquel avión de la TAP rumbo a Lisboa los preciosos bustos femeninos tallados magistralmente en ébano por  artesanos makonde  de la ciudad de Nampula al norte del país no eran, ni de lejos, lo más preciado que me llevaba de esta tierra conmigo. Atrás dejaba cinco meses de inmersión en la rica cultura del África Austral donde, a través de sus ríos, el corazón de este continente se vierte en el Océano Indico fundiéndose con Arabia, con India, con China y con Indonesia… generando las más bellas mezclas de rasgos y culturas. La Mozambique de Vasco da Gama y de Camôes lo fue antes del reino negro del Gran Zimbabue y de los sultanes de Angoxe y Tungué.

 

Así lo cantó el poeta portugués en sus Os  Lusíadas donde, entre otras muchas cosas, describe aquel primer encuentro entre los valientes navegantes portugueses y los “mouros” de las islas del Índico a quienes lo primero que preguntaron fue por su ansiada tierra Oriental que el Indo riega. “¿Quién sois, qué tierra es esta que habitáis?”:

 

Quem sois, que terra é esta que abitais?

Ou se tendes da Índia alguns sinais?

 

Somos, um dos das ilhas lhe tornou,

Estrangeiros na terra Lei e nação

Que os próprios são aqueles, que criou

A natura sem Lei e sem razão.

Nós temos a Lei certa, que ensinou,

O claro descendente de Abraão:

Que agora tem do mundo o senhorio,

A mãe Hebréia teve, e o pai Gentio.

 

Esta ilha pequeña, que habitamos,

He em toda esta terra certa escala,

De todos os que as ondas navegamos,

De Quíloa, de Mombaça e de Sofala:

E, por ser necessária, procuramos,

Como próprios da terra, de habitá-la.

E por que tudo enfim vos notifique,

Chama-se a pequeña Ilha Moçambique.

 

Y la pequeña isla acabó dando su nombre a una inmensa y desconocida extensión de tierra firme. Los primeros cronistas, como Marco Polo y Camôes, marcaron irremediablemente nuestra visión de los «nuevos mundos» y sus gentes.

 

¡Qué gran pregunta para empezar una conversación con un extraño! ¿Quién sois, que tierra es ésta que habitáis?

 

Hace cuatro años, una de las primeras noches que volvía a mi casa caminando, la falta de iluminación de mi calle hacía más visible todavía el pequeño fuego que unos chavales hacían junto a unos contenedores. Al pasar a su lado por primera vez me reclamaron invitándome a sentarme con ellos alrededor de la hoguera y yo, que practico la falta de miedo hacia el género humano, acepté. “¿Quién sois, qué tierra es esta que habitáis?”.

 

Los chavales, pobres meninos da rúa para mí, jóvenes malcriados para la señora que frecuentaba la barraca[1] frente de mi casa, dormían junto a aquellos contenedores por no ir a casa y librarse así de tener que acudir a la escuela obligados, disfrutando y sufriendo la  supuesta libertad de poder hacer su vida à vontade[2].

 

Si tienen casa no son meninos da ruúa, meu filho –me decía la tendera con casi toda la razón.  

 

Por la noche hacían hogueras con lo que tenían a mano y solían cocinarse en una lata de Nesquick un rico arroz con morcilla que volcaban en un cartón en el suelo del que comían todos con las manos. Al llegar la hora de dormir se sacaban los pantalones y les daban la vuelta para utilizarlos de pijama, seguramente para no mancharlos más durante el sueño callejero.

 

Nos hicimos amigos a través de la cultura de barrio, universal donde las haya, y a través de las letras de hip hop español que conozco de memoria y que de vez en cuando les cantaba para su ruidosa satisfacción. Hijo de Sur, del Payo Malo y Ojos de Brujo, es una verdadera joya de letra que no puede resumir mejor el ser de los que, llegados de fuera, crecen gastando suelas de zapatilla en las  calles de cualquier ciudad del mundo, con las saudades [3] de la tierra que no les vio crecer. A cambio, ellos me cantaban una canción en shangana, su lengua materna, que versa así:

 

Akuna mulungu  / no hay blanco

Akuna mulande  / no hay negro

Ien cuero iafana  / todos somos iguales

Iambaná iti core / con distinto color

 

Y cada vez que me veían entrar por mi calle, al volver del trabajo, comenzábamos a cantarla a coro de una acera a otra provocando la risa de todo el que pasara por allí en ese momento.

 

Una noche cualquiera, como de costumbre, me senté con ellos alrededor del fuego. Estaban quemando hojas de revistas y libros viejos para avivar la hoguera. Les pedí que me las enseñaran y les dije que los libros y revistas antiguos guardan muchas cosas interesantes de saber. Cuando vi lo que estaban quemando les pregunté si conocían a Nelson Mandela a lo que siguió un cierto barullo en el que competían en tono por ser el  primero en decir algo sobre tan insigne y querido personaje:

 

¡El libertador de los negros de Suráfrica!

¡El abuelo de todos los africanos!

 

A pesar de saber quién era Mandela, no debían saber leer que pertenecía a una organización llamada ANC (Congreso Nacional Africano) que, punta de lanza en la lucha contra el régimen racista de Pretoria, imprimía folletos de manera clandestina en los que denunciaba con textos y fotografías los abusos y torturas cometidos por el gobierno afrikaneer.

 

En una de las portadas aparecen las fotos de personas torturadas por la policía. En su interior hay interesantes artículos de la época comparando el apartheid africano con el israelí, escritos por aquellos judíos, militantes comunistas, emigrados durante el siglo XX a su segunda tierra prometida, Suráfrica.

 

Hace cuatro años que rescaté de las llamas los dos ejemplares (febrero y abril de 1980) de aquella revista mensual elaborada por el ANC surafricano que ahora descansan sobre mi escritorio gracias a que alguien decidió tirarlas en la misma basura donde aquellos chavales, admiradores de Mandela, acostumbraban a cocinar y hablar frente a un fuego.

 

Mis amigos (Pai, Mauricio, BuBú y compañía) ya no están donde les dejé y sólo Dios sabe dónde les ha llevado la vida.

 

Aquel Mozambique de hace cuatro años, en mi opinión, ha cambiando a pasos del gigante equivocado: la inercia mundial.

 

El país, rico en recursos energéticos y minerales, aspira a convertirse en la próxima Angola. Los coches de alta gama llenan las mismas calles de Maputo donde se anuncia el nuevo outlet de la marca Zara. Las antiguas casas coloniales sucumben ante el imparable negocio inmobiliario que levanta inmensos edificios de veinte plantas de viviendas que se venden a trescientos mil dólares cada una. En la calle la  ingente masa de vendedores de todo gana entre 50 y 100 meticales al día, es decir, entre un euro y dos euros y medio. Un guarda, trabajo de los más comunes, o un profesor gana mensualmente menos de cien euros.

 

Los mozambiqueños tienen derecho a cometer sus propios errores y, me temo, que comenzar a compartir nuestra cultura de la banalidad y la indiferencia  ante la desigualdad va a ser uno de ellos, por acción y por mucha omisión.

 

Aunque guardo la pequeña esperanza de que esta tierra se convierta un día en la mejor del mundo para vivir, el presente indica que no va a ser nada original en su modelo de “desarrollo“ a corto plazo. Y peor todavía, parece estar a merced del mejor postor o del más pirata. 

 

A la muerte de Mandela, la propietaria de la barraca donde almuerzo y compro cigarros todos los días preguntó con cierta intranquilidad si ahora que había muerto Madiba no iba a volver el apartheid. Lo cierto es que vivimos en un mundo cada vez más desigual en el que el apartheid económico es una realidad. Un abismo separa a las clases dirigentes de sus súbditos y presumiblemente harán falta más Mandelas, más seres humanos de ley y de razón, para acabar con las grandes desigualdades que cada vez más parecen alejar el horizonte soñado por el abuelo de África.

 

Nunca habrá paz sin justicia, ni verdadera justicia sin igualdad de derechos y oportunidades. Hasta entonces, hasta que nos volvamos a preocupar por ello, seguiremos escribiendo en las páginas del mismo libro que comenzaron nuestros primeros cronistas.

 

Los meninos a volta da fogueira no hablarán de cómo se ganó la libertade y en su fogueira quemarán ignorantes la memoria de los lucharon por alcanzarla.

 

 

 

 

Rafael González Vallejo Oubel es hijo de un excepcional aldeano gallego capaz de cruzar a nado la Ría de Vigo y una toledana que habla el lenguaje de las piedras (romanas, árabes, visigóticas). Nació en Valencia el verano del 1983 y sobrevivió a la adolescencia en un pintoresco barrio de la periferia madrileña. Forma parte de la gran generación precaria que sobrevive, a lo largo y ancho del planeta, haciendo el bien sin mirar a quién. En la actualidad mora en Maputo, capital de Mozambique

 

 

 

 

Notas


 

[1]    Caseta de metal, muy común en todo Mozambique, que colocada en la calle hace las veces de quiosco de alimentación, en torno a la que gira buena parte de la vida moçambicana.

 

[2]    A voluntad, cómodamente, con gusto.

 

[3]    Morriña, recuerdo, añoranza.

Autor: Rafael González Vallejo