Los reporteros de guerra, territorio hot ¿mito o realidad?

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Ya sabéis de mi devoción por los miembros de la UIP (ver Pon un antidisturbios en tu cama), a quienes alguna vez he dedicado un post. Totalmente merecido por supuesto. Pero nunca habíamos abordado, hasta hoy, otro colectivo que también genera interés entre las féminas: los war reporters (que viene a ser reporteros de guerra señora Botella, desde aquí un saludo)

 

Ya sabéis de mi devoción por los miembros de la UIP (ver Pon un antidisturbios en tu cama), a quienes alguna vez he dedicado un post. Totalmente merecido por supuesto. Pero nunca habíamos abordado, hasta hoy, otro colectivo que también genera interés entre las féminas: los war reporters (que viene a ser reporteros de guerra señora Botella, desde aquí un saludo). En sus distintas categorías: foteros, cámaras, periodistas… ¿A que molan? Con ese aire desaliñado al más puro estilo Quique González, con su barbita hombre Esquire (cómo me gustan a mi los hombres con barbita tengo que confesar), pelo un tanto dejado de la tijera, aires aventureros y chaleco. El chaleco con muchos bolsillos es sumamente importante. Luego entenderéis por qué.

 

Hacía tiempo, gracias a mi dilatada carrera (nótese en el término dilatada un momento ego estilo Reverte) que me había topado con alguno. Recuerdo con cariño a un calvo (que ahora se llevan pero entonces no era trendy) que conocí hace muchos años y que había estado (decía él) en muchas zonas en conflicto y países africanos. Con pobres niños que se morían de hambre, me relataba compungido, a quienes no podías dar, dado su estado de desnutrición, nada de comer… Todo esto me lo decía casi con lágrimas en los ojos, un discurso que podría enternecer el corazón más áspero.

 

Meses después de conocerle, me fui con él y un nutrido grupo de gente de viaje a Marruecos y me compré una lámpara de éstas de piel de cabra (coño, la típica lámpara que todo el mundo se compra cuando va la primera vez a Marruecos, no has ido al reino alauíta si no te has comprado una lámpara y has fumado hachís). Y resulta que a la vuelta a la Península él se quedaba más días de viaje y yo tenía que volverme a Madrid, en bus, para trabajar. Bien cargado el petate le pedí el favor de que me llevase la lámpara en su descascarillado 4×4. ¿Y sabéis lo que me dijo el salvador de todos los negritos de África, que daba su vida por ellos si era necesario? Que no. Que luego la tenía que subir a casa y vivía en un 3º sin ascensor. Vamos, ni que la lámpara fuera tamaño puente de Calatrava sabes… En definitiva, publicidad engañosa nenas: que mucha labia solidaria y aventurera, pero poca miga en el fondo. Pura fachada para ligar, postureo war reporter.


Y fíjate que la semana pasada me volví a topar con otro reportero de guerra. Éste me descubrió un lenguaje para mí totalmente desconocido hasta ahora, como el término guarriporter (españolización del término reportero de guerra señora Botella), el de groupies (denominación de todas aquellas mujeres que, según él, caen rendidas a sus pies cuando les oyen en conferencias y se van después a la cama porque tienen las bragas tan mojadas que ya no son personas sino torrentes).

 

Yo no había conocido más groupies que las musicales así que me aventuré a una primera conversación con él (de buenas a primera no me aventuro a un polvo que luego se me quieren instalar en mi casa y por ahí no paso, que esto no es pensión La Luci). Voy a reproducir algunos retazos (no me digáis que retazos no me ha quedado al más puro estilo Vargas Llosa…) de la conversación. Dice:

 

—Yo creo que les da morbo acostarse con alguien que saben se está jugando la vida (nótese que no hay nada de ego, eh? Sólo un apunte sobre su actividad profesional).


¿No sabes lo que es el efecto tarima? Es cuando das una conferencia y luego se te acercan un montón de mujeres (a la tarima) para preguntarte, con ojos de cordero degollado y acabas no durmiendo solo. (Se le olvidó ser más descriptivo, diciendo hordas de mujeres, manadas, turbas de mujeres turbadas).

 

Ya veremos si mañana te resistes a mi encanto de guarriporter (nótese que tampoco se nota el ego en esta afirmación).

 

No quiero que te me enamores y romperte el corazón (de esta frase se deduce que el que habla ha leído mucho a Corín Tellado o en su defecto, vio mucho Love Actually).

 

Podría seguir, pero es mejor entrar en la materia hot. Así que me tiré, al barro no a él. Como habíamos ido calentando la conversación con frases relativas sobre todo a su indumentaria le pedí que viniera a casa, que no podía más, que estaba como las de la tarima pero en tarima flotante. Pero que se trajera el atrezzo, sobre todo el chaleco de bolsillos y el casco de Naciones Unidas. En definitiva, allí se me presentó el mozo, prácticamente vestido con lo anterior, acompañado únicamente de unos calcetines en el tono azul de la ONU. Yo le esperaba con camisón transparente: me podía haber puesto el burka, por aquello de recordarle los países árabes donde cubre los conflictos (no nos engañemos que solo hay guerras allí y por algo será, que están por civilizar coño), pero no lo tenía a mano y además me recordaba malos momentos de cuando me lo puse en un hotel de lujo en Dubai y como no tienes visión periférica, me comí las puertas del ascensor que se estaban cerrando. Eso por andar haciendo el gilipollas con mis amigas las perras Bárbara y Priscila.

 

Total, que camisón transparente. No hubo preliminares, pa qué, la vida es corta y la de un guarriporter lo es más, porque viven al límite y hay peligro, balas, bombas y bla bla bla. Hot, hot… hot lo que se dice hot no fue. ¿Digo la verdad?

 

Un puto fraude: le tenía encima, cascos, chaleco y calcetines puestos (porque se le quedaban los pies fríos, me dijo, le pasaba mucho después de las guerras) en la postura del misionero y venga a distraerme con el ruidito del casco dando en la pared: toc, toc, toc, toc… No, joder, así no hay quien se corra, y menos yo, que me distraigo con el vuelo de una mosca. Y con poco brío, además, porque que si venía cansao, que el jet lag, que no había comido más que arroz…

 

Así que le quité de encima, diciéndole suavemente “quita, negao” y entonces fue cuando se me vino abajo (anímicamente quiero decir, no para practicarme un cunnilingus), y me empezó a hablar de que tenía novia, que se iba a casar y que además, quería ser padre. Pero vamos a ver, ¿te he preguntado yo? Joder, ¿he preguntado yo algo????

 

¿Y el chaleco diréis? ¿Por qué cojones tiene tantos bolsillos? Pues os lo voy a decir: para guardarse la egomanía, y la frase no es mía, sino de la bella Beatriz (@BeatrizHoya) que me la regaló el otro día.

 

(Con todo el cariño para los estupendos periodistas que no van de nada y se juegan el pellejo en las guerras. Seguro que el chaleco os queda fenomenal con el casco y los calcetines azules. Besis).

Vengo de París, como casi todos los niños, y me he pasado la vida entre Francia y España (aunque me defino extremeña). Empecé escribiendo de economía en Capital pero tras ocho años en los mercados bursátiles, y demostrando ser de perfil arriesgado, me hice freelance. He colaborado con los principales medios de este país y escrito varios libros de sexo, el último, "Hola, sexo: anatomía de las citas online (Arcopress)". Este blog es a consumir sin moderación pero ¡tampoco te lo creas todo!