Los talentos desperdiciados

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Descubrir con precisión lo que no ha sucedido ni va a suceder, es el privilegio inapreciable de todo hombre culto y de talento.

                                                                                            Óscar Wilde

 

 

Hay dos formas de ofrecer el talento a la sociedad: en primera o en tercera persona.

 

El talento era una moneda griega de costo elevadísimo. Se calculaba su valor en base a que veinticinco familias podrían vivir de ella durante un año. Al gran actor de la tragedia griega se le pagaba en talentos. Con el paso de los siglos, la palabra talento sigue haciendo referencia a una cantidad de dinero muy alta: el que lo tiene, lo gana. Esto en lo que se refiere a la primera persona.

 

El talento en tercera es como el vagón de la misma categoría en los viejos ferrocarriles de madera. He conocido a grandes talentos en mi vida, que prometían ser los protagonistas de la futura historia artística. Pintores espléndidos, fabricantes de imágenes extraordinarias, que podrían haber sido un personaje de una película de Víctor Érice. Cantantes que hubieran estremecido a estadios y plazas repletos de espectadores mutirraciales, aunados por una sola sensibilidad, bajo el único imperio del arte. He conocido autores dramáticos que chispeaban con una inteligencia y un humor venenoso y de juguete, que encarnaban a los futuros LopesBecketts de este presente inmediato. Su talento rebosaba -o más bien emanaba- de una poderosa personalidad y un grandísimo encanto. Y aunque hubo cuadros, discos, estrenos y libros; ni la gloria, ni la fama, ni el reconocimiento, vinieron a coronar su entrega y su esfuerzo; pues ni el pintor llegó hasta el Prado, ni la cantante al Real, ni el dramaturgo al María Guerrero.

 

¿Talentos desperdiciados? ¿Por qué causas?

 

Tal vez tanto carácter unido a tanto arte, generó un combinado similar a la soberbia, antes de haber casi comenzado a merecerla. Tal vez una falta de sentido de las relaciones públicas y un espíritu poco pragmático, (entregado por completo al cultivo de la autoestima); junto con altas dosis de sentido de la responsabilidad a la hora de las concesiones; así como una escasa porción de suerte, vinieron a ser los responsables de que tanto talento no cuajara en arte completo.

 

A esta lista de factores viene a sumarse el siempre imprevisto paso del tiempo. El Fushikaden japonés retrata las edades de la formación del actor, en forma de Manual secreto del Teatro Noh, y advierte -sabia y prudentemente- que quien no haya conseguido artísticamente lo que anhelaba, antes de cumplir los cuarenta años, que se vaya olvidando ya de lograrlo. Bien es cierto que se trata de una recomendación para actores de teatro en el Japón del S. XV, pero la advertencia encierra en sí misma muchas sospechas de veracidad.

 

Alcanzado el cenit de la vida, las fuerzas físicas y anímicas comienzan a declinar, igual que lo hace el sol en el cielo a diario. Esa tozudez, ese entusiasmo, esa agotadora militancia en la alegría y la esperanza ciega, propias de la juventud, ascendiendo en la vida como una saeta imparable, no reconoce límites, vuela y se eleva más alto en base a su energía desbordante y saludable. Hacia los 45 comienza a cambiar la cosa. Ya se nota que no queda tanto combustible como antaño, la salud comienza a dar señales de alarma con las primeras cornadas de las enfermedades, y algunos de sus envites hasta casi pueden llevarnos por delante. ¿Y con lo que cuesta seguir viviendo, va a estar uno dispuesto a seguir promocionándose, vendiéndose en el mercadillo de esclavos de la fama, con lo caro que eso resulta en monedas vitales?

 

No. Convénzase el talentudo sin reconocimiento, que la cosa ya no tiene arreglo. Lo que nunca conoció no vendrá jamás a visitarlo. Pero tampoco resulta tan grave. A esas alturas de la vida ya se sabe que sólo hay una cosa realmente preocupante, y muerte se llama. Mejor será seguir disfrutando de lo que hayamos cosechado, por muy inferior que resulte a lo que soñamos. Siempre queda el consuelo de vivir el talento en tercera persona.

 

¿Quién conoce a Antonio Obregón? Era un talento en tercera persona. Amigo personal y corresponsal trasatlántico de Ramón Gómez de la Serna, cuando el taquígrafo del alba ya vivía en Buenos Aires. Leo un espléndido artículo suyo, en el primer volumen del catálogo de la exposición que en tiempos de Tierno Galván, la alcaldía madrileña le dedicó a Gómez de la Serna en el Museo Municipal, entusiastamente comisariada por el -entonces- joven Juan Manuel Bonet. De la prosa de Obregón rezuma un sentimiento de Madrid y del arte ramoniano, riquísimo en sugestiones e imágenes. Pienso en el injusto anonimato de alguien que escribe tan bien y piensa tan lúcidamente. Aunque, de pronto me viene a la cabeza la idea de que el suyo no sea un talento desperdiciado, y que quizás gracias a él, su amigo Ramón llegara a ser tan grande; que colaboró igualmente en la fuerza del ramonismo, alentando y ofreciendo escucha y compaña a su buen amigo en el exilio; y que gracias a él conocemos mejor a Ramón, así como algunas de sus otoñales greguerías argentinas que éste le mandaba en sus cartas:

 

“Mi situación se cierra como madrépora que se derrite, que se va achicando”.

 

“Hay que darse a la publicidad para que sepamos unos de otros.” (1945).

 

“He vuelto a escribir hasta el despuntar de la nueva mañana y nada me importan obstáculos ni sorderas. El caso es avanzar en el ir diciéndolo todo.” (1949).

 

“Yo fui y sólo aspiro a ser un buen recuerdo en los elegidos amigos y una suposición simpática en mis buenos lectores del presente y del futuro.” (1957).

 

Probablemente, Antonio Obregón muriera con más dinero que Ramón en su cuenta corriente, a quien la suerte tampoco llegó a reconocerle el talento en sentido griego. La gloria literaria es así de caprichosa e insolente. No reconoce más talento, que los que marca su propio azar y arbitrio. Aprendamos a gozar pues del talento en tercera persona, porque quizás, sin ser conscientes de ello, estemos contribuyendo a forjar un talento extraordinario muy superior a cualquiera de nosotros mismos. Y sobre todo, porque eso significará que seguimos viviendo.  

8 COMENTARIOS

  1. Precioso post, señor Faba. Yo
    Precioso post, señor Faba. Yo creo que el talento empieza a ser un problema en el momento en que su dueño es consciente de poseerlo. A partir de ese instante fatal, toda su vida se pone al servicio de demostrarlo. Es entonces cuando el tiempo se convierte en el peor enemigo. Por eso Pepín Bello fue tan longevo.

    • Señor Galiacho no sabe usted

      Señor Galiacho no sabe usted cuanta buena medicina le suministra a Faba en medio de un gripazo febreriano traicionero como el que le abate en estas jornadas. Algún otro fiel lector le ha regañado a Faba -en privado- por el desaliento que dice transmitirle el post de hoy en día. Me reconforta su comentario en esta soledad de nieve a la que duermen los enfermos abrazados. Aunque en realidad no es sólo la gripe la culpable de este post tan atmosférico. El responsable mayor es Anton Paulovitch Chéjov, al que Faba frecuenta de cerca en los últimos días. El único protagonista de sus obras dramáticas es el paso del tiempo. Y bien que sabía el ruso iluminado de estos trances: murió a los 44 años. El triunfo más importante es seguir viviendo, y como dice Ramón, seguir contándolo. Afectuosamente suyo. Faba.

  2. Buenas, supongo que podemos

    Buenas, supongo que podemos aplicarnos todos el cuento ¿no?

    Solamente quería decir que me recordó «Los enemigos de la promesa» de Cyril Connolly, ¿tal vez también él talento desperdiciado?

    • ¡Cuanto honor! Doctor J.
      ¡Cuanto honor! Doctor J. tenerle por esta Huerta, yo que le conozco de ver como comenta en otras salas de esta casa grande llamada frontera (d), y la envidia que me daban los dueños de esos blogs cercanos tan frecuentados, de tener comentaristas tan fieles como usted, que lo analiza todo con lupa.
      Tengo que confesarle, caro Dr., que no conozco a Cyril Connolly, pero tras su recomendación y tan suculento título, procurare deshacer el agravio que hago a su talento, que seguramente no está desperdiciado. Una ignorante pregunta, que un Dr. tan versado como usted, estoy seguro, sabrá respoderme: ¿sigue vivo el tal Connolly? Me alegraría por él que así fuera, más que por haberlo leído.
      Y sobre si todos podemos aplicarnos el cuento, no sé que decirle. Temer el frío es cosa de vivos.
      Cordialmente,

      Julio José

      • es que somos casi tocayos, yo

        es que somos casi tocayos, yo también soy J.J. pero como tiene usted amiguitos que le comentan pues no había entrado, el amigo Connolly finó (sic transit) espero que sus Enemigos de l a Promesa le guste si es que no remueve algún recuerdo de cómo malgastamos nuestros dones cuando aún teníamos

        sobre el post de hoy no diré nada pues se averió mi televisión pero ¿Sancho Gracia no era paraguayo? y ¿no tiene un hijo que sale ahora en todas las series de televisión?

        • «Sancho Gracia (n. Madrid; 27
          «Sancho Gracia (n. Madrid; 27 de septiembre de 1936) es un actor español.
          Nació el 27 de septiembre de 1936 en Madrid. A causa de la Guerra Civil Española, tuvo que emigrar con su familia a Uruguay. Allí estudió interpretación en el Conservatorio de Margarita Xirgú. En 1963 regresó a España donde, en 1976, protagonizó la serie que le llevó a la fama, Curro Jiménez.» (Wilkipedia dixit).
          No iba usted descaminado Dr. J. en su sospecha. Sólo que no era Paraguay sino Uruguay. No confunda ambos países, se lo recomiendo, pues los uruguayos (y conozco algunos bien selectos y exigentes,) sólo miran a Buenos Aires; Asunción para ellos no existe como competencia. Supongo que sabe que disputan con el subcontinente argentino, el honor de ser la patria nativa, nada menos que de Carlos Gardel. Hay bibliografía al respecto. Uruguay está considerada la Suiza de Sudamérica, y también una disfrazada ex-colonia inglesa. Para cierta parte del exilio español se convirtió en un destino importante, entre ellos la eximia Margarita Xirgú, quien tuvo a Sancho Gracia entre sus alumnos predilectos. Por si no lo ha visto en escena, puedo confirmarle que es un primer actor de teatro de los grandes. Estrenó «Combate de negro y de perros» de Bernard Marie Koltés en el teatro María Guerrero, bajo la dirección de Miguel Narros, y su actuación fue espléndida.

  3. Jo, J.J. qué triste… Ni en
    Jo, J.J. qué triste… Ni en Trieste están tristes (quando tira bora). Ni los tres tristes tigres que comían trigo en un trigal, que ya tiene guasa, estabán tan apesadumbrados. Yo soy una genia ignota y no padezco tanto. Mejor para mí, como dice Emilio L. Galiacho. Así no se me sube a la cabeza. Cuando veías por aquí estabas más contentuco y te gustaba que te lamiera la mano. Una vez te mangué un bocata de la encimera, cuando me hiciste de babysitter. Te echo de menos. Yo sabría cómo alegrarte… ¿Ya sabes quién soy?

    • Querida Zoe, qué contento me
      Querida Zoe, qué contento me pone en mi tristeza recibir noticias de una gata tan bella, tan noruega y tan mediterránea. Me alegro también de que no estés muerta, que los años y los problemas de salud ya van pesando para ambos. No sólo estoy convencido de que me alegrarías como antaño, cuando te cuidaba, y escribía contigo en mi regazo, antes que esa Cruella Devil que tienes por dueña, te alejara de mi lado, primero regresando, y luego partiendo definitivamente hacia tan lejos.
      No te creas que estoy siempre igual de triste. Cuando escribí lo de arriba era miércoles y me sentía muy enfermo. Pregúntale a Gil de Biedma, cuando llegues a su nuevo estado, como afecta al escritor seriamente enfermo, un bajón en sus defensas, a la hora de elegir el verbo y el tiempo con que conjugarlo. Y mientras tanto querida mía, te deseo que encuentre muchos «geccos» en tu nueva y palaciega terraza, y si no, yo siempre dejaré bocadillos de anchoas de Cantabria en mi encimera, por si te da por venir a robarmelos. Estás invitada siempre a esta retirada huerta.
      Siempre tuyo,
      tu tío J.J.

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