Los tiempos guineanos

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Hace poco una señora, con apoyos de otra gente e incluso de instituciones poderosas, organizó lo que podemos llamar la primera muestra de moda guineana.  El hecho se llamó,  para meterle el necesario aire chic, Fashion Week de Malabo. Será todo el guiño que quieran, pero no sé si en Bath, no lejos de Liverpool,  algún evento de la gente local lo pueden llamar El El de la botella vacía, por ejemplo, o que en Port Hartcourt, por ejemplo, alguna degustación típica pueda llamarse el Cazo de Doña Martina. Pero allá cada uno con lo que quiere ser.

 

La mención de la semana  la hago porque de vez en cuando alguna algún avisado reúne a un grupo de chicos y chicas, los pone en fila y  a andar con glamur, y luego organiza un pase en algún centro cultural y la sala se llena, pero por lo que está bajo la ropa, cuidado, que los de aquí no son tontos. Y si esto ocurre con cierta asiduidad, entonces podemos decir que en Malabo, al menos en la capital de Guinea, hay modelos. Cierto que la ropa que hay aquí la hacen con telas traídas del extranjero y cosida por extranjeros, hombres y mujeres que vinieron a buscarse la vida. Estos no necesitan que ningún modelo les pruebe nada, ya se valen de maniquíes de poliuretano.

 

En Guinea casi no hay universidad, y los chicos, si acaban un mal bachillerato, no atesoran lo suficiente para seguir estudios universitarios en ningún sitio. Para que no digan que somos aguafiestas, y que las ganas de encontrar defectos a la república democrática de Guinea son muchas, informamos a todos que las notas de las pruebas de acceso a la universidad de los estudiantes de Malabo siguen expuestas en el tablón de cierto centro de esta capital, y puede ir cualquiera a hacer las estadísticas del estado de la juventud estudiantil. Ahí no hay comas o decimales que se puedan añadir.

 

Aquí entre nosotros hay ministros que no se conforman con automóviles que les lleven al aeropuerto a la despedida del Jefe del Estado;  quieren ir, sí, pero quieren que en el trayecto los viandantes giren la cabeza para ver la marca y la matrícula y adivine quién puede ser el agraciado que está tras los cristales ahumados. Y no se conforman, y sin que podamos entender cómo tienen tantos millones, colocan a sus mujeres al volante de modelos similares. Y sus hijos mayores también. Los cuñados de los peces gordos tienen una flota de estos coches llamativos que llegan al país envueltos en sus plásticos, lo que significa que lo pagaron de paquete y en euro sonante.

 

En algunos sitios de Malabo y de Bata hay algún local para comer y beber que inspira cierto respeto a los nacidos, como nosotros, en barrios sin pedigrí alguno. De hecho, son sitios donde a veces no venden las cervezas populares, y donde si las hubiera, valdría cuatro veces más que el precio de la calle de patear todos los días.

 

Ese rosario de fortalezas y debilidades de la sociedad urbana de Guinea viene a cuento porque de día en día va creciendo una cohorte de chicos y chicas que creen que pueden vivir ejerciendo de modelos, y su paulatino vivir es la inmersión en la ñoñería esa que algunos creen que es el glamur que deben destilar las modelos, como representantes de la gente más fina que hay bajo el cielo. Aunque creímos de siempre que ser modelo no era tener ningún oficio, y  aunque nunca entendimos cómo se puede llegar a rico vistiéndose y desvistiéndose, no podemos pedir a los chicos guineanos que no tengan aspiraciones. De hecho, como hay guapas entre nosotros, seríamos los primeros en admirar que en las pantallas de las televisiones extranjeras, que son todas las que vemos, pudiera asomar una guineana a la que podamos desear, para nosotros, y desearle suerte para que siga diciendo que es de aquí y que vivan los padres que la parieron. Pero aparte de “nacionalistas”, y porque nos lo piden los políticos, tenemos que ser realistas, y lo seremos cuando tengamos que reconocer que casi todos los chicos y chicas que aspiran a seguir los pasos de Naomí Campbell viven en infectos barrios y duermen en casas con un hacinamiento feroz. Estos chicos se duchan con algún cubito de agua o en infectos ríos y hacen sus necesidades en papeles o bolsas de plástico, para luego ser arrojados a las hierbas para que la lluvia haga el resto. Está claro que si por las vueltas del azar algún habitante del famoso barrio conocido como Campo Yaounde o de las zonas más deprimidas de Ela Nguema llegara a tocar el cielo de la moda internacional, no volvería a Guinea para ir a recordar sus raíces en su mundo de inatención y sufrimiento. No parece que se pueda conciliar la vida de una top model con los viajes a muchos kilómetros con el cubo en la cabeza para recoger un poco de agua de salubridad dudosa. Ni parece que sienta muy bien la visita de una persona delicada a cierta zona de un mercado público de la capital.

 

Con todo lo que hemos dicho, con el bachillerato que tienen, hacemos un bagaje, que será nuestro aval para presentar a la gente que piensa en este país sobre lo que vemos como la construcción de una casa por el tejado. O sea, tener las chapas, o la teja que corresponda, pintados sin poner antes los cimientos. Y como ocurre que hay gente bastante instruida que apoya la moda sin los miramientos que acabamos de relacionar, tenemos que apelar a la cordura y los sentimientos de esta gente no carente de buenas intenciones. La realidad guineoecuatorial tiene aspectos públicos francamente mejorables para que algunos gasten sus energías en vender ilusiones a las generaciones futuras. Nuestros esfuerzos tienen que dedicarse a señalar las razones de nuestro atraso y en procurar un futuro menos evanescente para nuestros hijos, más para nuestras hijas. Sería injusto que creyéramos que este futuro es el ejercicio de la profesión de modelos viviendo como lo estamos haciendo. Si todos los que están detrás de las agencias de modelos y las instituciones que los apoyan creen que no deben preocuparse por otros aspectos de nuestra sociedad, porque, pese al exiguo bachiller, lo que importa es la moda, entonces apaga y vámonos, como se suele decir.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.