Los vanos placeres de la erudición

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Pocas cosas me divierten más que dedicarme toda una tarde de viernes o de domingo a labores eruditas. Antes lo hacía en una biblioteca o en los archivos (aunque no con la frecuencia que debiera), pero ahora puedo permitírmelo sin salir de casa, enfrascado en el Google Books o en alguno de los muchos corpus que nos ofrece el Internet. En mi caso, la erudición es relativamente simple y consiste en acumular coincidencias verbales o temáticas entre textos más o menos familiares con intención de establecer filiaciones o relaciones entre sí. Toda erudición libresca es, en definitiva, una búsqueda de fuentes. La fuente es el origen de donde deriva una palabra, una frase, un tema o una idea. El erudito ansía reconstruir el modelo original o el arquetipo, y, a ser posible, llegar a la fuente primigenia que revele la “intentio” del autor y, con ello, la razón o la causa por la cual un texto fue escrito. Todo erudito, como todo aquel dedicado a menesteres filológicos, es en el fondo un platónico que cree, de manera consciente o no, en la existencia de un Kosmos noetos en forma de biblioteca en el cual se guardan idealmente todos los libros tal como los concibió Homero, Virgilio o el autor del Lazarillo de Tormes. Yo me temo que en mis ratos libres soy también uno de estos ilusos.

 

Hay que reconocer que la erudición y la misma filología no viven sus mejores horas. Actualmente llamar a alguien “erudito” es poco menos que un insulto y el filólogo nos resulta, por lo general, un tipo trasnochado que se dedica a desfigurar los libros clásicos con notas a pie de página un poco sin ton ni son y para alardear de sabiduría. La suspicacia hacia el erudito viene ya de antiguo. Unamuno, avezado filólogo, renegó más de una vez de su profesión y arremetió con furia contra “toda casta de apostilladores y monaguillos de genios pasados”, llegando a decir que la erudición no era sino “una forma mal disfrazada de pereza intelectual”, además de un juego intrascendente. Desde luego no le faltaba razón a don Miguel si es que se refería a esos cervantistas de la época, quienes, con un desaforado positivismo, se afanaban en identificar en los archivos municipales de La Mancha el modelo que le había servido a Cervantes para bosquejar al Caballero del Verde Gabán o a ese primo que acompaña a don Quijote a la Cueva de Montesinos.

 

Por cierto que este último personaje cervantino no lo cito a humo de pajas, pues si hay un erudito enajenado en el Quijote es este primo (y nunca mejor dicho), el cual se siente orgullosísimo de haber descubierto nada menos cuál fue el primer hombre que tuvo un catarro en el mundo y quién se trató por primera vez del morbo gálico. Sancho, con sorna, aportará de suyo otros descubrimientos no menos interesantes, como el primero que se rascó la cabeza (Adán) o el primero que dio volteretas por el aire (Lucifer), información que el bueno del primo agradece y asegura que incluirá en un tomo suplementario a las primeras invenciones del mundo escritas por el humanista Polidoro Virgilio.

 

Las chanzas en torno a los excesos de la erudición tienen una larga tradición, como en general lo tiene cualquier labor historiográfica. Pienso sin más en La historia verdadera de Luciano de Samosata. La maldición del historiador y del erudito es en mayor o menor medida la maldición que sufren las humanidades desde hace muchos años. Al no practicar ciencia ni hacer poesía, el historiador se encuentra en un terreno de nadie. Si se atiene al dato, se le acusa de falta de imaginación, pero si lo interpreta libremente, con desparpajo, la acusación es de charlatán o de novelero.

 

El pasado ciertamente ni vuelve ni permanece. De él sólo nos quedan ruinas y letra muerta, además de recuerdos evanescentes, leyendas y mitos. La ciencia mira hacia delante, nunca hacia atrás: calcula y determina lo que va a pasar y pone los instrumentos que facilitan el futuro incierto. El pasado ni le compete ni le interesa a la ciencia. El pasado para el científico no existe y, al no existir, solo se puede reconstruir mediante la imaginación, que es, según vemos, propiedad del poeta o del novelista. Frente a este panorama, al erudito historiador (que es, en definitiva, el humanista de otrora) no le queda sino su biblioteca apolillada, su cajón de fichas y, últimamente, una ingente base de datos que no deja de crecer.

 

Mientras tanto, yo sigo con mis cotejos en el ordenador y pienso que sí, que todo lo dicho arriba está muy bien, pero que, con todo y con eso, nada -o casi nada- me resulta más gozoso y apasionante que encontrarme de pronto, en un diálogo de un jurista del siglo XVI, la misma cita que aparece en un comento sobre la Celestina y, por ahí, establecer una relación de causalidad entre ambos textos. Unamuno diría que esto no es más que un juego baladí, “una especie de tresillo”, pero ¿no es acaso todo así en la vida, don Miguel?

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.