Luces, pantallas y papel

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Las luces de los edificios se preparan para una larga noche. Los coches avanzan en sentidos opuestos a ambos lados del Paseo del Prado y Boris Izaguirre no deja de mirarme fijamente desde el Ministerio de Sanidad. Es lo que veo desde mi posición. Y de fondo solo un rumor: Madrid, para mí, hace menos ruido.

 

Levanto la cabeza y por mi izquierda pasa un hombre que se ajusta los pantalones con un periódico color salmón bajo su brazo. Bajo su chaqueta. Antes lo había visto sentado en el banco hacia el que se dirige mi mirada. Nos separaba el monumento a Eugenio D’Ors: «Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha…». Retazos de un embajador del franquismo en la arteria de Madrid.

 

Monumento a Eugenio D’Ors

 

A menudo nos dejamos llevar. Basta que alguien tome una decisión para aceptarla sin rechistar. Otras veces, para despertar de la inmovilidad, es suficiente con observar un cambio en el cuadro que dibujamos frente a nosotros. Así, el hombre de bigote contundente y jersey rosa que nos acompañaba en el otro banco de mi lienzo desaparece casi al mismo tiempo.

 

Me he quedado solo. Y ahí sigo. Leyendo los recuerdos que Enric González rescata de Roma cuando empieza a faltar la luz.

 

Llegué con el sol desde la librería de la Fundación Mapfre en busca de un sitio cómodo donde poder echar la tarde disfrutando de la lectura de un tipo incómodo para sus jefes. Apuro las últimas líneas de ‘Historias del Calcio‘ y ataco ‘Historias de Roma‘.

 

«Por razones que prefiero no entender, la autoridad competente de mi periódico sentía la necesidad compulsiva de mantener el mismo rumbo informativo que ‘The New York Times‘, aunque un día después. (…) Años más tarde, con el destrozo consumado, ‘The New York Times’ hizo una autocrítica pública. La prensa española, en cambio, no. ¿Para qué?», leo en sus primeras páginas.

 

Qué aburridos son los periódicos. Qué difícil es encontrar un periodista que atrape al lector.

 

«Hablábamos de Alberto Sordi. Si esto, en lugar de un libro de papel, fuera un libro digital, pondría aquí un fragmento de Il marchese del Grillo», escribe más adelante. ¿Un libro digital? He caído en las garras de la manzana, tengo un móvil que se empeña en atraparme entre mil notificaciones. Bip. Trabajo en un medio digital… ¿Acabaré leyendo libros en una pantalla? La lógica me dice que sí; el corazón me pide seguir acariciando sus cubiertas.

 

Unas voces me hacen levantar la cabeza. Vestida de negro y con botas marrones -¿dónde se ha dejado el caballo?-, una señora se juega el tipo para abrazarse a la ‘Sabiduría’, la figura femenina que trata de calmar a la ‘Ignorancia’ en el monumento de mi derecha. Me costaría mucho aguantarme la risa si cae al agua. Suelo simpatizar con los desgraciados; no con los estúpidos.

 

Una luz le saca de su inmovilidad. Ha decidido posar lejos de la ‘Sabiduría’. Eso sí, no ha intentado llegar al dragón ignorante. Será que no le hace falta. ¿Acabará esa imagen en Facebook?, me pregunto. ¿Saben qué fotografían?

 

De camino a Cibeles calculo que una de cada cuatro personas que se cruza en mi camino tiene el móvil pegado a su oreja o desliza su dedo sobre la pantalla. Mientras lo anoto en mi libreta, ya en el metro, una señora situada a mi derecha sostiene un libro digital. Una chica con un enorme anillo toquetea la pantalla de su teléfono bajo la atenta mirada de una señora que no cuenta menos de 60 años. Esa mirada de asombro revela que el tren ha ido demasiado rápido para ella. Frente a mí, un hombre de edad similar hace lo que la chica con más dificultad. Lo ha conseguido: está jugando al tetris.

 

Solo falto yo para completar el cuadrado. Pero el teléfono descansa en mi bolsillo. Tampoco puedo dar lecciones a nadie. Durante la tarde he interrumpido la lectura varias veces para contestar correos y tuitear alguna frase de Enric González. Y en el fondo, tengo ganas de sacar el móvil para mirar no sé muy bien qué. No lo pienso hacer: me espera un libro casi terminado bajo el brazo.

 

Y es que, me digo, Enric González no tiene ni siquiera blog. Lo tuvo, pero se cansó pronto de él. Antes firmaba una columna en el periódico, pero los jefes decidieron no tolerar sus críticas. Tampoco tiene Twitter. Pero escribe cosas estupendas.

 

¿Seguro que no tiene Twitter? Busco su perfil y hay uno que responde al mismo nombre. Avisa: «A todos ellos que me están siguiendo en Twitter pensando que soy el periodista, lo siento, no soy ese Enric González».

 

Ojalá lo fuera.