Madre mía

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La Tulacha García Márquez (la pro) y su hijo (el pipiolo amateur) en el US Open de 2008. Foto de la caseta Olympus, NY.

El miércoles pasado, en Lehman College, antes de poner a mis estudiantes a ver City of God, les mandé un breve discurso. Estaba más enfocado en convencerlos de que alguna vez visitaran Brasil, que en resaltar la magnífica edición cinematográfica de la película.

Mi discurso iba de cómo a los 19 años mi padre dijo que yo podría gastar el dinero que me había prometido por ingresar a la universidad (el de un pasaje a Washington DC para ver a mis amigos de infancia) en mi nuevo plan: irme por tierra desde Lima a Santiago de Chile, luego a Buenos Aires, al Iguazú, entrar a Brasil y llegar a Río de Janeiro.

«A Santiago y a Buenos Aires sí, a Brasil no», dijo mi papá. Explico su negativa por los altos niveles de SIDA en ese país (en 1992), el descontrol carnavalesco de la homosexualidad, transexualidad, etc. No eran argumentos convincentes pero como él era quien me daba el dinero yo dije que bueno, que ya, que no iría a Brasil.

Al enterarse de nuestra conversación mi madre me llamó a un lado y sin que me escuchara mi padre me dijo:

«Hijo: si quieres ir a Brasil, anda nomás.»

Hoy que soy padre valoro más el significado de lo que ella hizo: me dejó volar.

Mi madre es la última de seis hermanos. Mi abuela la tuvo a los 40 años, cuando ya se acercaba a lo que entonces se consideraba la vejez. Por ser la más joven de los seis, mi madre tuvo más independencia que sus hermanos. A pesar de todo –si nos fiamos de su versión– ella creció con un respeto enorme por sus padres y la familia.

Ella, como otras tantas chiquillas de su pueblo, sufrió también la educación de las monjas del internado católico en la ciudad de Ica. Después fue a la capital, vivió con parientes y terminó una carrera profesional. Cuando encontró novio, cumplió con los protocolos: llevarlo hasta el pueblo, presentarlo a los abuelos, obtener su bendición y casarse.

Si mi padre es la columna sólida que permitió que la familia creciera, ella es el motor que la hizo avanzar.

Mi madre siempre tuvo como meta una vida plena y feliz. Cuando hubo dinero, sugirió invertirlo. Asesorada por ella, mi padre hizo inversiones sensatas. Cuando decayeron los ingresos de mi padre, ella fue a cosechar los viejos olivos que le tocaron en herencia, sacó esas aceitunas negras y gordas que fumigó, cuidó, cosechó, guardó en sal y consiguió transportar hasta Lima, hasta el mercado de La Parada. Sus aceitunas y el aceite de oliva pagaron muchas pensiones de nuestros colegios, las cuotas de la universidad, los leasing de los autos, la hipoteca de la casa, las comidas diarias y hasta una porción de los viajes a Estados Unidos para visitar a sus nietos.

Ella siempre soñó con una casa en la playa, esa que mi padre nunca quiso (temeroso, tal vez, de que la familia se fuera a pasar los veranos al mar y lo dejaran solo, trabajando). Así que cuando un familiar le ofreció a mi madre una casa vieja en la playa de Tanaka, en la costa de Arequipa, frente al mar, ella juntó el dinero ––contra la voluntad de mi padre–– y la compró.

Ella pintó los cuartos, arregló las cañas de los techos, mandó cortar troncos de olivos caídos, en forma de rodajas enormes que puso en el piso de su sala y del comedor. Contrató a los obreros que le arreglaron un viejo baño y le construyeron otro. Llevó desde Lima las mayólicas blancas para el piso y las paredes de la ducha. La casa es todavía muy rústica pero funcional y hermosa, con dos hamacas frente al portal donde a todos nos encanta tumbarnos a escuchar el mar.

Sospecho que hasta mi padre coincide en que fue la mejor inversión que hicieron en su vida.

Cuando de adolescente yo juraba que mi única ilusión era jugar al fútbol, mi madre me convenció de que el tenis era más práctico, que podría jugarlo antes de irme al trabajo. Que me permitiría hacer los amigos necesarios en mis empresas y negocios (los que nunca tuve, claro). Ese deporte se lo recetaron cuando se moría de asmática, a fines de los 70s. Ella empezó a jugar, se le fue el asma y ya no se detuvo. Mi madre ganó todos los torneos de su categoría. Con más de 70 años ganó un gran torneo Interclubes. Nadie en la familia tiene más trofeos que ella.

El 2021, en el primer reencuentro después de la pandemia, en una cancha pública de Saint Petersburg en Florida, boleó con mis hijos, les dio sus primeras lecciones: las mismas que me daba a mí a los 9 años, con mi primera raqueta de madera, en las canchas de arcilla del club Rinconada, en Lima.

Contras de mi madre: es muy tardona. Intenta hacer más cosas de las que el tiempo permite y llega tarde. Eso es incontrolable. También tiene una obsesión enfermiza con los consejos del Doctor Pérez Albela. Gracias a ella yo soy adicto al Magnesol. Ama los vividís (camisetas sin mangas) y quisiera que siempre lleváramos uno debajo de la camisa: cuando habla del vividí y su ventajas parece que describiera el mayor invento del siglo XX. Tampoco puede dejar de abrigar a mis hijos cuando nos visita en Nueva Nork, ni de cerrarles las ventanas cuando ellos se mueren de calor. También tiene algunas teorías políticas extrañas. (Aunque secretamente admiro su valor para persistir en la defensa de lo indefendible. Sus argumentos no son sencillos de rebatir).

Mi madre: hoy la operan de la cadera. Hace cinco años le repararon un costado y a fines del 2021 su doctor le dijo que ya le tocaba el otro.

Así que en eso estamos hoy. Esperando que salga de la operación.

Ella es fuerte y sonríe siempre. Comparte y enseña a compartir. Ella nos une a los hermanos, nos acompaña y nos arenga: «¡Es tu hermano-tu hermana!» (Y aquello es sagrado) «Nacimos solos y nos morimos solos», también dice, como recordándonos que nuestro destino depende de nosotros.

Mi madre también nos soporta. Vaya que me soporta a mí. Especialmente cuando empezamos a hablar de política y de Alberto Fujimori.

Hoy he regresado a Lima para verla. Para besarla, abrazarla y decirle gracias.

Para confesarle que siempre me hace falta.

 

 

 

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