Madres del Este

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Era primavera, un 26 de abril de 1986, cuando la central nuclear Vladimir Ilich Lenin sufrió un accidente. Ya han pasado 36 años, pero somos muchos los que nos acordamos de Chernóbil. Para la pequeña Bielorrusia significó un cataclismo nacional: el quince por ciento de su territorio quedó contaminado. A estas alturas, me parece pertinente señalar que los bielorrusos no tienen ni una sola central atómica en su país.

Nos cuenta Svletana Alexievich en el prólogo de Voces de Chernóbil que antes del accidente nuclear se producían 82 casos de enfermedades oncológicas por cada 100.000 habitantes, y que después la cifra ha llegado a 6.000, esto significa que se han multiplicado por 74.

Todos nosotros, nacidos en los años setenta o antes, hemos conocido de cerca a familias que acogieron a niños ucranianos en España, muchos estaban afectados por el cáncer -la mayoría con leucemia- y todas sus dolencias asociadas. En aquella época fueron numerosas las asociaciones que dieron amparo y refugio. Sólo por citar algunas: La ONG gallega asociación Ledicia Cativa, la ONG castellano leonesa «ven con nosotros».

Hoy rescato de nuestra memoria colectiva un informe de Greenpeace, fechado en el 2006, donde se estima que se producirán alrededor de 270.000 casos de cáncer atribuibles a la precipitación radiactiva de Chernóbil, de los cuales probablemente alrededor de 93.000 serán mortales; pero también se afirma que las cifras publicadas más recientemente indican que sólo en Bielorrusia, Rusia y Ucrania el accidente podría ser responsable de un cuarto de millón de muertes -la población de A Coruña- en el periodo entre 1990 y 2004. Y lo rescato esta semana, cuando las fuerzas rusas han golpeado la mayor central nuclear ucraniana y amenazan con un posible armagedón radiactivo a escala mundial.

Esta mañana me he levantado fatal de ánimos, no entiendo nada de esta guerra y de lo que nos están contando. Quizá porque también pienso que es un error de cálculo la ampliación de la OTAN, que dar razones a un Putin desencadenado para comenzar esta guerra ha sido un fallo. Además, valoro negativamente el envío de armas a la región. No dejo de contemplar esta escalada nuclear como un escenario en el que los rusos, bielorusos y ucranianos nos llevan la terrible ventaja de 200.000 muertes por cancer desde la época de Chernóbil.

Hoy no solo me acuerdo de los niños de Ucrania, Bielorusia y Rusia, también me acuerdo de sus madres, esas madres y abuelas del este de Europa que llevan sufriendo desde la Segunda Guerra Mundial, que ya tienen un dolor atávico anclado en su ADN y a las que el futuro sólo les espera con una nueva desgracia. No creo que haya en este mundo nada peor que perder un hijo. Y eso, eso también es la guerra.

© Girlfriends,1962. Pintura de Boris Ermolaev.

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