Maëlys 3: fin de ciclo

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Da gusto hacerse mayor. Conoces a una mujer única y mantienes una dignidad sin precedentes, acodándote cuando ella se acodaba, frenando cuando lo hacía ella, y conteniéndote cuando nadie, en el fondo, te lo pidió.

 

Da gusto hacerse mayor. Conoces a una mujer única y mantienes una dignidad sin precedentes, acodándote cuando ella se acodaba, frenando cuando lo hacía ella, y conteniéndote cuando nadie, en el fondo, te lo pidió.

 

Maëlys, con la luminosidad de cuatro sistemas solares, me ha generado una docena de saltos adelante: la conversación hacía tiempo que la necesitaba; los paseos sin reloj ni mapas ídem de ídem; y la tranquilidad que genera una mujer bien hecha y derecha.

 

Es duro decirlo pero Asia adolece de este tipo de milagros, que en sí no son más que realidades y necesidades. Porque uno, a los casi 41, pasa por completo de mantener a la pareja, salvo si ésta fuera tetrapléjica o yo anciano solitario y temeroso. Porque a estas alturas del partido prefiero que la persona que me rodea gane más, posea tantas posesiones como haya sido capaz de amasar y arregle todos aquellos problemas que la vida te va poniendo en el camino. Estoy a un tris de poner un anuncio en prensa exigiendo que alguna me mantenga, que en el fondo es lo que realmente necesito.  

 

Maëlys como necesidad. Como aviso. Como puñal para mi estabilidad (e inestabilidad). Como sacerdote de todos mis pecados. Como precipicio de todos mis saltos. Como oyente nocturna y cómplice diurna. Como viajera a la que un día conocí, viajando, y otro día se fue: de viaje; como tenía que ser.

 

Aquel último día paseamos hasta la contractura muscular, reímos como seres acompasados, y nos contamos más que en el resto de días. Comimos verduras y bebimos agua mineral. Que cada vez que iba a mear me miraba en el espejo del baño y no acababa de reconocerme. Que hasta la orina desprendía otro olor además de un color más transparente. Maëlys, sin quererlo, me estaba limpiando por dentro. Me purgaba con su mirada y me desquiciaba con su sonrisa.

 

Luego, a solas, recordé todas esas veces que para cruzar la calle me pasaba el brazo por la espalda, en lo que simplemente era una ayuda para que no muriera atropellado. Pero claro, uno clasifica los roces según su escasez, calidad, y en el fondo, como le viene en gana. Las sábanas, como los recuerdos, siguen sin lavarse. Lástima que utilizara su toalla y no la mía. Ando perplejamente realizado. Un accésit para muchos que para mí ha sido la plenitud. Y que como las estrellas fugaces efímeras son.

 

 

Joaquín Campos, 06/01/15, Phnom Penh.