Maelys

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Mi tosquedad, remarcada tras el insoportable vuelo desde París a Saigón, se había acrecentado cuando confirmé que me quedaban nueve horas en una terminal pegajosa, cara, claustrofóbica, leucémica, donde no podría salir a dar una mísera bocanada de aire, entregado al que despedía el aire acondicionado, batiburrillo de toses generales, podredumbre del ser humano, especialmente del que viaja sin saber leer, que eran casi todos, repletos de bolsas con esas compras imbéciles que se realizan en las terminales y luego se muestran en la escalera de vecinos como si discurrieran las navidades.

 

Como si de una aparición mariana se tratara Maelys me preguntó, de golpe y porrazo, si hablaba francés.

 

Hablo español e inglés, lo siento.

 

Mi tosquedad, remarcada tras el insoportable vuelo desde París a Saigón, se había acrecentado cuando confirmé que me quedaban nueve horas en una terminal pegajosa, cara, claustrofóbica, leucémica, donde no podría salir a dar una mísera bocanada de aire, entregado al que despedía el aire acondicionado, batiburrillo de toses generales, podredumbre del ser humano, especialmente del que viaja sin saber leer, que eran casi todos, repletos de bolsas con esas compras imbéciles que se realizan en las terminales y luego se muestran en la escalera de vecinos como si discurrieran las navidades.

 

Maelys se volvió a acercar, como si no hubiera tenido suficiente con el primer estacazo. Y el caso es que yo ya me había fijado en su cara, en su gesto, en su sonrisa, en su corte de pelo, en su dentadura, en la profundidad de sus ojos y en que no era la clásica francesa engreída que viaja sobre zancos apestando a creativos de Chanel. Fue en Charles de Gaulle, el aeropuerto parisino donde nadie gritaba y todo era excesivamente caro. Aunque no tanto como en el tercermundista terminal internacional del aeropuerto de Saigón, donde te cobraban siete dólares por una cerveza de lata. Insuperables en su indecencia.

 

A Maelys la volví a ver en la intemperie de la madrugada, cuando el avión rugía y sus pasajeros roncaban. Y la vi saliendo del baño, tras mear –o algo más hondo que no sé si llegaré algún día a descubrir–, cuando todo el mundo sabe que saludar a una mujer que se acaba de lavar las manos a la salida del aseo de un avión no es la mejor manera de afianzar las bases para una relación. Yo, además, iba agarrado a una botella de vino, minúscula, que el azafato había tenido a bien darme, cuando todos o dormían o lo intentaban. ¿Para cuándo reducir la clase turista levantando un after? No saben algunos destinos la afluencia de público que tendrían. Que no es lo mismo viajar a Ibiza que al Vaticano. Ni un vuelo doméstico que uno de trece horas, donde se te pasa por la cabeza hasta gritar “¡Tengo ébola!”, como esas insultantes azafatas de Ryanair que apedrean sus supuestas ofertas a grito pelado mientras el comandante aterriza de emergencia en un aeropuerto secundario.

 

Pues eso. Que no le dije nada y que a las horas me la encontré de compañera de trayecto, ‘lost in translation’, en un aeropuerto ruinoso, cuando la seducible policía vietnamita se había tomado, en sus hábitos corruptos, una mañana libre. Curiosamente la misma mañana y media tarde en la que me vi obligado a quedarme encerrado en ese obsoleto y asqueroso aeropuerto. O aeródromo, para los que les gustan los sinónimos.

 

Y volvemos al inicio: en la cola que te permitía asistir al funeral de la espera Maelys y yo nos topamos con la ciudadana obesa a la que dejé abandonada tras despegar de París. Como se saltó el orden de la fila mi nueva compañera me hizo un cómplice guiño de ojo –exactamente este gesto salió de su cuasi perfecto ojo derecho–, y yo, asustado por una nueva embestida, le dije en un aparte que era mejor dejarla pasar. Yo ya rezaba porque esa señora, famosa en la historia de esta bitácora que precede a la que ahora mismo leen, no poseyera una afición viajera con el mismo destino que el mío: Phnom Penh.

 

Cuando conseguimos las tarjetas de embarque correspondientes –sí, aunque mi maleta hubiera sido dirigida a Camboya desde Málaga tuve que esperar en Ho Chi Minh a que se confirmara que podía ir tras ella– nos adentramos en un mundo sin igual: la instalación del aeropuerto de Saigón que reúne –y en nuestro caso agrupa– a pasajeros con la idea de hacer tiempo. Y en esa espera, qué quieren qué les diga, descubrí que Maelys era un milagro; un ser exponencial incomparable a los de su alrededor; alguien a quién agarrarse, sólo por poder observarla en esas madrugadas donde uno se levanta a mear y al volver a la cama necesita algo más que un trago de la botella de agua mineral que sabes que apesta a tu propio aliento. Porque Maelys era un milagro físico, que aparentaba serlo también psíquico, que Air France me había tenido a bien regalar tras haberme cancelado el vuelo de ida, en una de las clásicas fechorías de todos esos huelguistas franceses a 8.000 euros la nómina.

 

Nacida en Pau, aunque residente en el extrarradio de París desde su primer año de edad, Maelys decidió ser diseñadora gráfica, semi inventora y músico de sótano: por su evidente vergüenza a tantas cosas que habiéndome venido a saludar ella en un par de ocasiones me acabaron por enloquecer; por incomprensibles. Porque Maelys, en su excelsa belleza y aparente actitud laboral de fiar, era vergonzosa. Al desayunar ella pidió zumo de mango y yo cerveza nativa. Además yo pedí dos latas. Luego lo disimulé con un botellín de agua ionizada. Pero ya nada debió ser como antes. Si es que hubo un antes, salvo en mi podrido cerebro. Porque al instante le mostré la sinopsis de mi libro, donde precisamente no se habla de la estabilidad mental del autor.

 

De manos excesivas, en donde cada dedo casaba con su consiguiente, había algo físico que resaltaba por encima de todo –no era su altura: 1’75–… Y esto era su rostro, genial, coronado por un corte de pelo fascinante, cuando a mí la peluquería siempre me la ha traído al pairo, y aquel peinado era perfecto por simple. Maelys, además, tiene la suerte de tener 39 años –los cumplió cuando me la crucé sin conocerla en la terminal del aeropuerto parisino Charles de Gaulle–. Porque en la basura donde me encuentro, rebasar, qué digo, rozar la treintena es sinónimo de muerte en vida. Que así están tanto China como todos los países que han contaminado en este mundo sin piedad. Que ayer llegué desde Hong Kong y sentí, como una espada que se te clava en el corazón –o como una hemorroide que late sin piedad– que la ex colonia británica no es más que otro cadáver de esta serie infernal llamada ‘Walking deads (China)’.

 

Caminamos como obcecados pasajeros, cuando a cada paso intentaba descifrar datos de una Maelys perfecta, con andares recios y rectos, que no aparentaba euforia, si acaso contenida, y que se presumía ahorradora y eficaz. Además de extrañamente positiva en su visible poso de negatividad menor, quejándose con la boca pequeña de situaciones o asuntos mucho más bajos que su propia existencia, que ya merece ser escrita.

 

Hubo un instante, paseando en busca de un walk-man –ojo al dato: su edad, como la mía, nos aleja de manera abrupta de todos estos avances tecnológicos que adornan y obstruyen los cerebros de las nuevas generaciones– en el que me planteé besarla, recalcando que en ningún momento de nuestra dicha –o al menos la mía– había sentido sexualidad por su parte, quiero decir, que me hubiera metido mano, asaltado con gestos obscenos o parecidos. Por lo que aquel beso furtivo fue obviado gracias a que ella seguía bebiendo zumos de mango y yo botellines de agua. Porque haberle esparcido mis veinticuatro horas de trayecto –yo salí de Málaga cuando ella aún dormía plácidamente en el extrarradio de París– en modo salival habría sido un error con importancia. Eso sí, me quedé con las ganas. Porque su cutis, y esas manos largas aunque armoniosas, me trajeron por la calle de la amargura, sino camino del auto-tsunami interior.

 

Y nos dieron las cinco, muriéndonos de la risa por mi afán de ser incorrecto –ya le había hablado de transexuales y Nietzsche–, momento en el que nos tomamos tres fotos con su cámara –mi (des)elegancia sólo me permite dar a las muchachas mi tarjeta de visita ignorando las suyas, si es que no son ellas las que evitan endosármela– para comenzar un desfile sinuoso camino de mi puerta de embarque en el que no miré hacia atrás haciéndome el duro. Entre eso, el no haberla pedido sus señas, haber hablado de travelos como si tal cosa, bebido cerveza a las siete de la mañana, y haberme centrado, aparte de en su excelso rostro, en su profuso escote, debió haber decidido las escasas opciones de que Maelys, que hoy debe viajar plácidamente por Melbourne y alrededores, me enviara un correo de agradecimiento con tres fotos en su archivo. Tomando esas fotos casi enloquecí. Por su cercanía. Alta como una azotea; y de sonrisa contagiosa, psicotrópica para el que le atrapa. Aconsejo sobremanera quedarse prendado de gente desconocida en medio de ninguna parte; gentes que sabes que nunca más volverás a ver. Porque la vida no es sólo beberla, sino también admirarla e imaginarla.

 

Mientras hacia cola con camboyanos y vietnamitas recordé que tres horas antes Maelys y yo dormíamos sobre un banco donde nuestra cabezas se asociaron en lo más cercano que tuvimos de rozarnos, de gozarnos, a pique de que alguno hubiera tenido piojos, en lo que podría haber sido la primera denuncia por venérea capilar, un rara avis al que con Maelys y conmigo en esa terminal le quedan tres telediarios. Y al despertarme, asustado por la posibilidad de la pérdida del vuelo –el de Maelys despegaría cinco horas más tarde– recibí el tiro de gracia: “Has roncado”. Entre eso y su escote en mi punto de mi mira ocular y constante la cosa no pintaba como lo hacía Picasso. Al menos fui a orinar y al volver me la encontré abrazada a la bolsa con mi ordenador, pasaporte y otros artilugios de valor, que fue cuando en vez de besarla casi la preño, por ese extremo cuidado que tuvo por mis bienes, que si lo llego a saber mando a mear al ordenador y me quedo sobre el banco esperando sus antebrazos, como garrotes de vida. Suerte que seguía seria y atractiva, que si no, me hubiera marchado llorando a moco tendido. Porque en aquella siesta desasosegante –estábamos destruidos; nos hubiéramos dormido hasta en el bigote de una gamba– en la que yo creí no haberme quedado roque ­–luego descubrí que había homenajeado a la tuneladora que abre en canal montañas de nuestra meseta ibérica– me enteré que era ella la que, al menos, dejó de dormir en el momento que yo lo hacía, que debió de ser cuando ofrecí al respetable ese concierto sonoro que todos los que bebemos, dormimos poco y bocarriba, regalamos a cada uno de los que se atreven a acercarse. Ya en mi asiento y camino de Phnom Penh, rodeado de gente extraña, asumí que Maelys nunca me escribiría porque yo debía escribir esta historia, excusa perfecta. Eso sí, espero y deseo que cambie su rumbo para que, antes de volver a su extrarradio parisino, se aposente por unos días en este sudeste asiático donde un calvo con gafas y melenas que ya le ha dedicado (regalado) una historia en prosa que apesta a poesía, le pueda acompañar con una botella de vino –por supuesto no francés– y un camastro donde mejorar lo de aquel banco.

 

Por cierto, olía de maravilla. ¿O era su sonrisa?

 

 

Joaquín Campos, 01/11/14, Phnom Penh.