Mafalda contra Franco

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Joaquín Salvador Lavado, Quino, falleció el pasado 30 de septiembre de 2020 en su ciudad natal –Mendoza (Argentina)– a los 88 años. En abril de 1985, El País recogió su protesta por la utilización de sus dibujos con emblemas franquistas. Hijo de republicanos españoles, recuperó en aquella ocasión, después de doce años, de nuevo a sus personajes; a Mafalda con una pancarta inequívoca: “No pasarán”. Me tocó, como joven reportero, conseguir lo que parecía imposible, con la hora del cierre acechándome de un lado a otro de Madrid.

Creo recordar que fue Manuel Summers quien llamó al periódico. Estaba Quino en Madrid y había manifestado su indignación, charlando con algunos amigos, por la utilización de sus personajes con emblemas franquistas. Me encargaron ir a verle, a casa de un amigo suyo. Yo era entonces redactor de la sección de Cultura de El País. “No entiendo”, me dijo, “por qué han elegido a mis personajes, ya que está claro que Mafalda y sus amigos son demócratas y antifascistas”. Le encontré visiblemente molesto y con ganas de denunciarlo.

“Mi familia siempre ha sido republicana”, explicó: “Aunque no vivieron la guerra, mis padres llegaron a Argentina en 1919 y toda mi niñez está marcada por el recuerdo de lo español, siempre del lado republicano. En mi casa, los cajones estaban llenos de escarapelas de la República y la guerra civil se seguía al día. Cada ciudad que caía en manos franquistas durante la guerra era una llorera para todos”. Los padres de Joaquín Salvador Lavado Quino, que nació en Mendoza (Argentina) en 1932, eran originarios de Fuengirola (Málaga).

Aunque estaba acostumbrado, me contó, le sentaba mal la piratería de todo tipo, desde cualquier lado, “pero este es el peor por el que podía haber venido”. Recordó que había dibujado un poster en el que se veía a un policía argentino y a Mafalda mirándole; señalando la porra al lector, decía: “Ven, este es el palito de abollar ideologías”. Un servicio paralelo introdujo a Manolito, que añadía: “Ves, Mafalda, gracias a este palito podemos ir tranquilos a la escuela”.

Quino tuvo que salir de su país por la dictadura militar argentina y se trasladó a Italia. “Muchos amigos desaparecieron y la vida se hizo imposible”. En 1985 había regresado a medias, vivía seis meses en Milán y otros seis en Argentina. No pensaba quedarse quieto con este caso: “Tengo una persona que se ocupa de mis cosas y quiero que vaya a un abogado, aunque sé que es muy difícil pescar a esa gente”.

Salí de allí pitando a Argüelles, donde comprobé que en varios comercios callejeros vendían el dibujo de Guille con la bandera preconstitucional y de otros personajes con símbolos franquistas; no solo de Quino, también estaba Snoopy. En la calle Goya esquina a Núñez de Balboa se instalaba un puesto permanente de parafernalia ultraderechista, donde encontré las mismas pegatinas. Según el dibujante, hasta el Ministerio de Cultura las vendía. En efecto, logré colarme en el edificio de las Siete Chimeneas y allí estaban, en un mostrador en el que se despachaba tabaco y algún material de oficina.  Era jefa de prensa Juby Bustamante –una gran profesional, fallecida en 2014 (creo que nunca me lo perdonó)– y ministro de Cultura Javier Solana, muy aficionado a llamar a los redactores por teléfono a cualquier hora y dirigirse a ellos por su nombre propio.

Me puse en contacto con el periódico: “Tengo la historia, está realmente indignado, y tengo las pegatinas, hasta la del Ministerio de Cultura”. No estaba el jefe de la sección aquel día, Juan Cruz, y me contestó el subjefe, Ángel Fernández-Santos, crítico, guionista, poeta y uno de los mejores periodistas que he conocido nunca. “Muy bien”, me dijo, “pero que quien proteste sea Mafalda”. Quino me dijo que era imposible, que hacía más de diez años que no dibujaba a esos personajes y que no sabría casi cómo hacerlo. Argumenté lo que pude y al final me dijo que lo pensaría.

Ya en el periódico, escribí la historia. No faltaba mucho para la hora de cierre –una barrera infranqueable para la sección de Cultura, no tanto para otras– y Ángel me dijo: “Vuelve a la casa e insístele. Yo aguanto la bronca”. Cuando me vio llegar, Quino me miró sorprendido. “Esto tiene que ser cosa de Mafalda”, le dije, “y ella siempre se ha defendido sola”. Sacó unos folios e hizo tres dibujos: Mafalda con la pancarta, Libertad contestando a la “pegatina pirata” y Guille haciendo un guiño a Manuel Summers (este último no llegó a publicarse).

Con su pancarta de “No pasarán” Mafalda apareció en la portada de El País el 10 de abril de 1985. Ilustrando el reportaje, Libertad contesta a la “pegatina pirata”: “¿Es que a la derecha no le caen simpáticos ni sus propios personajes?”. Estos dibujos, enmarcados, me han acompañado siempre en mi estudio y los rescaté –el archivo de El País recoge el reportaje, pero no los dibujos– para un post en fronterad que se publicó en 2014 con motivo del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades que recibió Quino. No se cumplió el deseo que expresó a Leila Guerriero en una entrevista: que se lo entregara Leonor, “la princesita de Asturias”.

La manipulación de los personajes de Quino no ha cesado. En 2018, José Antonio Luna denunció en eldiario.es que protagonizaban una campaña de los grupos pro-vida durante el debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo en Argentina. De nuevo un montaje contra natura. Según escribe Alex Grijelmo en un artículo a propósito de la muerte del humorista, Quino dibujó a su peculiar pandilla de 1964 a 1973, con cerca de dos mil tiras. La resurrección de Mafalda con su grito antifascista después de doce años, está a la altura de tan gran personaje.

 

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Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.

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