Mala memoria

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La falibilidad de la memoria tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como casi todo. ¿Tanto se parecía a Romy Schneider aquel amor de verano? Pues claro que sí. Total, no se puede rebobinar la vida. Cada uno cocina los recuerdos a su gusto. En cambio, no es tan bueno el olvido cuando atañe a algo que no debimos hacer y que no sabemos si hicimos, porque entonces somos los primeros en señalarnos como principales sospechosos. Uno puede no haber pisado un juzgado en su vida, pero cuando le piden el certificado de antecedentes penales, sin motivo aparente, le asaltan las dudas: «No he cometido ningún delito, ¿no?». La memoria es así de graciosa.

Digo esto porque un antiguo compañero de piso me envió la semana pasada una noticia de 2011, el año de nuestro Erasmus. Y en este caso la memoria no solo me falló por el paso del tiempo, sino también por el alcohol, que es una sustancia estupenda para transmitir culpa en diferido. Supongo que el año nuevo despertó su nostalgia y le empujó a compartir la noticia con todos. Pero en lugar de un entrañable recuerdo, lo que me envió fue un susto. «El apartamento español», era el título, y se citaba nuestra calle.

Tras presenciar el vuelo de una silla desde un segundo piso hasta el capó de un coche, una vecina llamó a la policía. Al llegar, los agentes se encontraron con la puerta del piso abierta, con una entrada decorada con señales de tráfico robadas y con trece personas: doce estudiantes españoles y un joven albanés. Pero ninguno manifestó vivir allí. Poco después aparecieron otros dos jóvenes, que alegaron haber estado de fiesta toda la noche, y lo acreditaron mostrando fotos y vídeos. Uno de ellos, imbécil, se delató enseñando un vídeo en el que golpeaba un Fiat Seicento. Pero estos fueron los únicos hechos que motivaron la interposición de una denuncia, pues, en cuanto al delito por el que fueron requeridos, no tenía pruebas para identificar al responsable.

Menuda barbaridad. Instintivamente, busqué una coartada: nuestro piso no era el segundo. Aun así, nos pasábamos el día subiendo y bajando plantas, y el gilipollas lo estuvimos haciendo durante todo el año. Pregunté como por curiosidad pero más bien por necesidad de calma sobre los culpables, y se barajaban dos opciones, pero no estaba entre los sospechosos. Menos mal.

Diría que ni fui yo ni tuve nada que ver con aquello. Pero aquel año fueron tantas cosas las que pensábamos no haber hecho que uno ya no se fía de nada. Esta es la peor mala memoria. Porque fustigarse por lo que uno ha hecho es duro, pero fustigarse por lo que uno no está seguro de haber hecho es para morirse. Aunque lo cierto es que en este caso no tengo ninguna duda. No, no tuve nada que ver. De hecho, ni me enteré. Además, no he conocido en mi vida a un albanés. ¿O sí?

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