Malabo

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Malabo. Malabo. Dicen que fue un rey. Los que llevan este nombre son del valle elevado de Moka. Luego este rey sería listo, y se dio cuenta de que viviendo allá arriba tendría poco que ver con los mosquitos y que por ello no sufriría nunca las fiebres con escalofríos y las temperaturas de volcanes en erupción que asaltan a los que son infectados del parásito. Desde Malabo se ve el pico Basilé, pico al que nadie vio jamás en erupción, salvo el general Hannón, quien, como dicen algunas crónicas rezagadas, recorría las costas africanas en busca de a saber qué cosas, pues qué buscaría tan alejado de Cartago, o de la misma Roma, donde tenía apostados a sus enemigos de siempre.

 

El rey Malabo viviría ahí porque de esta forma evitaría la contingencia de ser apresado junto con su familia por los esclavistas europeos, en aquellos tiempos en que se movían con unas ganas locas de enriquecerse a costa de agraviar y de quitar la humanidad a los demás seres humanos. El rey, listo, se alejaría de las costas de una isla que todavía no tenía un nombre claro, pasó por Fermosa, y se asentaría en las alturas para poder abrigarse por la noche, pues en las costas isleñas, además de estar infestadas de esclavistas, hace calor, tanto calor para que el sudor nocturno impida cualquier acercamiento a la reina de turno. Se sabe que es público que los reyes de antes sabían que lo eran más si se hacían padres de varios hijos, y rodearse de ellos para posar para los mismos esclavistas, que a veces tenían cámaras para hacer fotos.

 

Malabo lleva nombre de rey, pero para vivir hoy en Malabo hay que ser un rey, aunque pequeño y anónimo, pero rey de verdad. Y es que desde que los esclavistas se aliaron con otros reyes que no se llaman como el de Moka las cosas están por las nubes, como si los nuevos quisieran recordarnos que el primero se estableció cerca de ellas por motivos de básica supervivencia. Las cosas de comer, de vestir, de usar, y de beber están por las nubes en la capital de la República de Guinea Ecuatorial. Y eso porque el primer rey, Malabo, no quiso saber nada del comercio de los blancos, que tenían espejos y bisutería alternativa, o claramente oropel, pero que querían ñames y aceite de palma para mover su industria. Y si no, querían el alma de los negros para ir a venderla en Nueva Orleans, un poco antes de agotar su paciencia ante kilómetros cuadrados de plantaciones de caña de azúcar. Malabo no quiso nada de eso y en venganza turbia y nocturna, los descendientes de los negreros llegaron a un acuerdo con los reyes nuevos, los de ahora, para poner todo por las nubes.

 

Y por eso solamente se puede vivir en Malabo si se es un pequeño rey. Rey para tomarse una cerveza, rey pequeño para comprarse un pan, pequeño rey para coger un taxi, reyezuelo infame para pagar el alquiler. Sí, porque como el cemento solamente puede ser importado por los nuevos reyes y construirse una casa cuesta un ojo de la cara, los reyes que no son de la familia de Malabo consiguen hacer la viga de coronación, la cubren con chapas de zinc, la revocan, ponen baños y puntos de luz y la ponen a alquilar a una millonada de francos CFAS. Luego se sientan a mirar de reojo para ver quién se acerca a preguntar. Lo hacen de reojo, ¿pero alguien sabe porque no mira centrado y sí con el otro ramalazo del ojo tan ocupado? Porque precisamente este ramalazo está mirando el arder de un fuego crepitante que presta su brillo al aeropuerto internacional de Malabo.

 

El dueño de la casa recién pintada mira con otro ojo al que se acerca porque cree que lo que pidiera debería tener alguna relación con el fuego del kerosín. Y es que se cree que este fuego que presta su brillo al aeródromo con carnet mundializado es del petróleo que corre a raudales por el Golfo de Biafra, y si hay petróleo, todo el que se acerca a preguntar por el precio de un alquiler tiene un ojo mirando por el goteo de dinero que está fluyendo a sus cuentas y por eso puede pagar por una casa mal hecha cuyo precio está por las nubes, aunque esté a las orillas del mar atlántico ecuatorial. Es la manera en que los que tienen patente de corso para vender cemento en la república democrática de Guinea Ecuatorial quieren que todos seamos reyes y malgastar nuestros caudales en sus comercios.

 

Entonces nadie que no sea un rey puede preguntar por un pisito miserable, ni por un coche de tercera mano, ni por cómo operarse de una hernia umbilical, ni osará preguntar por lo que cuesta tener agua corriente durante las 24 horas de los 365 días de un año ecuatorial. Y es que no hay agua corriente en la capital de la república de Guinea, y si se quiere beber, hay que informarse de lo que transportan los tubos añejos, los instalados unos años después del deceso del rey mokata. Hay que seguir siendo rey pequeño para tener agua para beber y para hacer las obligadas abluciones para merecer el real título. Y ahí empieza la cadena: el agua de los tubos añejos no es tanta ni de calidad para asegurarse la vida, y no todo el mundo puede ir a vivir a las nubes de Moka, donde habría mejor agua.

 

Entonces hay que buscarse dos cosas básicas: un camión cisterna que te abastezca de agua y una maleta gorda dotada de una forma maravillosa de reposición inmediata de los billetes a media que se quitan. De esa forma se tiene asegurada la provisión de agua embotellada en todos los sitios del mundo. Y es necesaria esa doble provisión porque hay que ser verdadero rey, el rey grande, para ducharse con agua mineral. Como todos somos reyes, y muchos, oscurecemos la luna cuando se hace de noche, pues tenemos mujeres guapas que le hacen la competencia a la hermana de la Tierra, y resulta que los cielos de Malabo no tienen luz que lo iluminen en ausencia del sol. Y por eso llevando años con una carestía impresionante de electricidad en Malabo.

 

Mas como no hay rey sin luz, la gente de aquí necesita recurrir a su maleta mágica para adquirir un grupo electrógeno que les ilumine la casa, y aproximarse, aunque sea por remota semejanza, a la realidad del rey sol, que brilla, o sea, que hace brillar los tesoros del rey. Qué asco, decenas de años en la nocturnidad, y solamente porque los que entronizan a los reyes, o el rey de los reyes de Guinea, no sale de noche de su palacio, y no sabe que las casas de los reyes pequeñitos no están alumbradas.  No hay agua, no hay luz, y el infecto mosquito nos quita el sueño durante la noche. ¿Da tanta carestía material para escribir un poema? Ya existe, y dice así (copiar el poema de guineanos.org y poner, si es necesario)

 

Como desde que el rey Malabo ascendió a las alturas no quiso plantar ñame para los fernandinos, los que arriban a la capital homónima lo hacen con la intención de abastecerse directamente de los barcos de los esclavistas, y eso es lo que aquí recibe el nombre de Martínez Hermanos. Claro, es una paradoja para quitarse el sombrero, no digan que no. Ah, MH no está sólo, pues en el horizonte citadino hay otras cabezas que dirigen su alma a la satisfacción de las necesidades de todos los reyes de la capital. Saben que estos reyes necesitan agua, luz, lentejas enlatadas, tomate kétchup, cebollas  no transgénicas, cepillos de bruñir los trajes, contenedor de basura, generador de luz y papeles para hacer facturas, miles de facturas que los reyes no querrán pagar jamás, amparándose en su calidad de tales reyes. “¿Los reyes de la tierra, de quiénes cobran los impuestos, de los propios o de los extranjeros?”, preguntó un día Jesús a los discípulos que estaban cerca, sorprendidos de la salida del maestro suyo. “De los extranjeros”, respondieron los muchachos, que de la doctrina de su jefe y rey no entendían ni jota, y además podría ser que el arameo que hablaban no tuviera esa letra.

 

Para qué llenar lineras y líneas, vamos a hacer la primer conclusión. Los de Malabo están en un callejón sin salida, pues necesitan vivir en una ciudad, pero no tienen ni puta idea de por qué se subió el rey Malabo a Moka, pudiendo vivir en la primera línea de las playas de Arena Blanca. Los de Malabo necesitan del extranjero para seguir siendo rey. Si tiramos del hilo, lo haremos, a lo mejor llegamos a la conclusión de que el rey de todos ellos tiene la misma dependencia del extranjero para seguir siéndolo.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.