‘Malformalismo’, una deconstrucción literaria de Txomin Badiola

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“¿Hay alguien ahí?”.

Así comienza esta obra inclasificable del escultor vasco (Bilbao, 1957). Dividida en tres grandes apartados, el libro adolece de un orden interno difícil de captar para el lector, pero apuesto a que se podría dibujar. Dos constantes funcionan como un túnel subterráneo y sostienen la narración: la conferencia que pronunció sobre formalismo y la silla que le ofrece un desconocido, diseñada por B para la empresa BIOK. Pero no sólo sostienen la narración, también son dos constantes en la vida del artista: su faceta intelectual y su amor por las sillas (y sus formas) de las que conserva una colección. Precisión poética y emoción científica.

La libertad con la que escribe Badiola impide su categorización. Se trata de una suerte de ficción o metaficción, de una reflexión teórica sobre la estética y sus “malas formas” y de un ejercicio de introspección personal.

El autor considera su libro “ficción ensayística autobiográfica”. En literatura los tres términos se contradicen y, sin embargo, se empiezan a escuchar y leer voces que se rebelan contra las constricciones de los géneros literarios. De hecho, el futuro del libro radica precisamente ahí, en lo subversivo. Malformalismo es transgresor, no se limita a poner en evidencia los enigmas de la estética y de sus formas.

A lo largo de las páginas el autor nos va ofreciendo trazos de sí mismo, de su vida, de sus contradicciones, luces y sombras en un baile calculado con precisión. Sin contemplaciones cambia de voz, de lugar, de asunto, de tipografía y hasta de idioma.

Podíamos hablar de un libro deconstruido, pero creo es más exacto la libertad formal y todavía más preciso sería afirmar que, respecto a la estructura del libro, Badiola practica su particular malformalismo. Insistir en su obsesión sobre las formas sería adentrarse en el terreno de los críticos de arte. Constatar simplemente lo obvio: su condición de artista y de escultor implica necesariamente el estudio de las formas y, sobre todo, de las malas formas.

Ya hemos comentado la libertad de Badiola al escribir. Me gustaría ahora ahondar en la honestidad. El término puede resultar anticuado, pero se trata de una condición imprescindible para todo aquel que invierta en la empresa de escribir un libro. La honestidad no implica necesariamente transparencia; las certezas son pocas:

¿Hay alguien ahí?

Lo que queda muy claro es que el artista se desdobla en varias conciencias:

“Mi yo, tan claro cuando mantengo esta existencia aérea, se está borrando poco a poco y siento más y más la pesadez de lo que debe ser un cuerpo. Lo siento ajeno, viejo e irreconocible justo en el momento en que comienzo a sentir también la carga de las miradas de otros ¡Con lo bien que estaba en mi estado difuso! Somos dos”.

Desde las primeras páginas asistimos al desdoblamiento del escritor e incluso éste le confiere un nombre que le diferencia del narrador: el misterioso Igan que se nos revela a ratos como el alter ego de Badiola o el “dominatrix” (la referencia sexual no es gratuita).

La ambigüedad, el equívoco, el amor y la amistad son temas recurrentes de este libro. También el lenguaje como representación y como trampa. Especialmente hilarantes son algunos pasajes basados en la vida real como esa cena de inauguración en la calle 87 de Manhattan. Y es que este libro incluye un anecdotario del mundo del arte que no tiene desperdicio.

Bucea también en sus orígenes familiares en unas páginas especialmente bellas. Destacaría sus descripciones de las fotografías con las que trabaja para despertar la memoria de su infancia; de los paisajes –que revelan una vena romántica del autor– y de los amigos. Badiola demuestra en este libro su dominio del difícil arte de la escritura.

Las últimas páginas consisten en una serie de definiciones atrapadas en una estructura numérica, que evocan a Wittgenstein. El autor no da explicaciones, pueden ser las secuencias de un guion o aforismos que tratan de llamar la atención del lector. Una serie de conclusiones, definiciones y repeticiones que ponen de manifiesto la complejidad de la naturaleza humana y la sabiduría y experiencia del autor.

¿Hay alguien ahí?

Podemos contestar a la gallega,

Alguien, alguien hay…

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